Jonathan Glazer articula con La Zona de Interés una de las películas más aterradoras sobre el holocausto
No hizo falta llenar los encuadres de vísceras en Midsommar (Ari Aster, 2019) para aterrorizarnos, con Florence Pugh y unas cuantas flores fue suficiente. Tampoco tuvieron que correr ríos de sangre en El hombre de mimbre (Robin Hardy, 1973) para que los ciudadanos de Summerisle -padres fundadores del folk horror– quedaran grabados permanentemente en la retina del cinéfilo. Y es que los jumpscares tramposos asustan un rato, pero el verdadero terror emana de la cotidianidad. Cuando los monstruos -aunque vistan de traje, hagan la comida y cuiden de sus hijos- están en casa. Esa maldad, invisible en la pantalla pero presente en otras disciplinas, es la que de verdad perdura en la memoria. Dentro y fuera de las salas de cine.
No está al alcance de cualquiera el ingenio necesario para confeccionar este retrato. Sí lo está, sin embargo, para el filósofo de la contemporaneidad cinematográfica Jonathan Glazer. Después de enfrentar a Nicole Kidman contra su difunto esposo reencarnado en un niño de diez años (Birth, 2004) o confiar los propósitos de los extraterrestres a Scarlett Johansson (Under the Skin, 2014), el director inglés ubicará su nueva película La zona de interés en una de las etapas más terroríficas -y bien manidas- de la historia: el holocausto nazi.
Mucho más allá de La lista de Schindler (Spielberg, 1993) o filmes del estilo, la vuelta de tuerca a la que nos tiene acostumbrados Glazer se presenta en una familia aparentemente normal. Desarrollan su desenfadada vida en una casita pared con pared con Auschwitz. Por lo que mientras el teniente coronel y padre de familia (Christian Friedel) supervisa el funcionamiento del campo de concentración, su mujer (Sandra Hüller) y sus hijos corretean por el jardín indiferentes ante la hecatombe que se sucede día tras día en el patio del vecino.

Reflexión existencial y formal
Aparentemente, la familia Höss vive sin preocupaciones en un pueblo montañés alemán. Se pone en escena con travellings desenfadados casi de Wes Anderson, una paleta de color esperanzadora y reconfortante, y movimientos repetitivos de cámara que ilustran la rutina en sus acciones y la normalidad más absoluta. Pero en esta casa huele raro. Más bien suena raro. Y es que -al igual que en aquella secuencia de Birth donde la música advertía del peligro- la producción de sonido es el instrumento glazeriano para ilustrar la maldad. Gritos, sollozos, maquinaria industrial, disparos… Todos esos indicadores de tragedia acompañan durante toda la cinta, en un tono ligero pero tan perceptible como aterrador, a la estampa familiar de ensueño.
La atrocidad reside en el fuera de campo. Lo hace además de manera ininterrumpida, consiguiendo impregnar de la maldad más absoluta todo aquello que puede parecer habitual y cotidiano. No hay desarrollo de los personajes, tampoco una narración homogénea. Glazer se basta de las formas cinematográficas para reflexionar -como nadie había hecho en la historia del séptimo arte- sobre la (des)humanización de los alemanes fieles al nazismo. Quizás, cuando se abandona este dispositivo de autor y se adentra en la psicología de los protagonistas la obra pierde fuerza. Y aunque remarque un poco más si cabe la perversidad inherente a la condición humana de los Höss, no aporta nada que no haya dejado claro la propuesta cinematográfica.

No obstante, no es para nada disparatado situar a La zona de interés en lo más alto del ranking de las mejores películas del 2023. Glazer -como el Midas del siglo XXI- convierte en oro todo lo que toca. Y por si no era suficiente con el atraco más estrambótico que se recuerda en la pantalla (Sexy Beast, 2000), la sutil catástrofe que presenta el filme deja constancia de que el director británico cree en el cine como la manifestación artística más pura, no como mero entretenimiento al que acompañar con palomitas y nachos con queso.


