La nueva película de Paula Ortiz narra la biografía más mística de Santa Teresa de Jesús, la religiosa que pasó su vida entre lecturas prohibidas
Santa Teresa de Jesús fue beatificada por el Papa Pablo V en el siglo XVII. También fue reconocida como la primera mujer Doctora de la Iglesia Católica el siglo siguiente. La monja avilesa, después de escribir más de cuatrocientos textos que tratan desde obras místicas hasta villancicos, marcó la historia del catolicismo y ha sido objeto de estudio desde su fallecimiento.
Convivió a comienzos del siglo XVI con el látigo de la Inquisición, que la perseguía insaciablemente por el peligro que suponían sus herejías. Hasta esa época retrocede Paula Ortiz –la directora zaragozana artífice de La Novia (España, 2015) o Al otro lado del río y entre los árboles (España, 2022)– para relatar la historia de la monja desde una perspectiva mucho más mística que biográfica. Santa Teresa –interpretada con sublime teatralidad por Blanca Portillo– se enfrentará al interrogatorio de un inquisidor (Asier Etxeandia) mientras se tambalea entre la realidad consciente y las visiones divinas.
Blanca Portillo (Teresa) y Asier Etxeandía en Teresa (2023) | Fuente: BTeam Pictures
El predominio de lo estético
De nuevo, Paula Ortiz antepone la estética a la narrativa en Teresa. Deja constancia de ello en los bellísimos encuadres donde pequeñas luces tintinean en la oscuridad, o en el hecho de escoger un formato cuadrado para rodar el filme –dejando aire suficiente en la parte de arriba de la imagen para representar el espacio entre la monja y su superior–. En varias secuencias, se sirve de este aire para conectar la divinidad con el suelo del convento: como en una caricia desde el cielo, o en una reveladora lluvia.
La película es una poesía continua de imágenes. Una exposición reiterada de retratos del costumbrismo católico, interrumpida muy de vez en cuando por leves zooms de aproximación hacia el rostro de sus personajes. Como ya demostró en La Novia, la directora es partidaria de las películas bonitas a la vista y de impregnar las imágenes de simbolismo. Pero quizás, ese planteamiento –fiel a la innovación estilística que la caracteriza– sea el que la condena a perder el hilo narrativo. Pues el relato biográfico de la mártir se va diluyendo progresivamente en la belleza y el misticismo de los planos.
Greta Fernández, Ainet Jounou y Blanca Portillo en diferentes representaciones de Santa Teresa | Fuente: Bteam Pictures
La caída a los infiernos de la narración
La mayoría de las secuencias referidas al averno –ya sea por sus carencias narrativas o por sus complejidades simbólicas– encriptan la historia y convierten el visionado en un trabajoso reto de descodificación. Incluso se complica todavía más, aunque aquí el relato siga su curso con más firmeza, en los flashbacks de la infancia de la protagonista.
Por tanto, son los diálogos –con la lírica propia del Cantar del Mío Cid o un poema del estilo– los pilares que soportan todo el peso narrativo. Aunque desgraciadamente, captar tal elevada sintaxis o incluso percibir todos los sonidos requiere un esfuerzo importante. Y es que esa tendencia de Paula Ortiz al susurro –ya presente en La Novia– no solo desconecta de la narración, sino que también lleva al espectador a replantearse incluso su propia sordera. Esta densidad textual, de la que surge la intención de expresar con imágenes lo que las palabras no alcanzan, no resulta del todo efectiva en la película.
Así pues, apoyada en el eco de estos cuchicheos, la directora narra una especie de biopic místico en el que su estilo cinematográfico –inteligente pero no tan funcional en esta ocasión– abarca más protagonismo que la propia Santa Teresa.


