Rubén Cañadilla explora la feminidad, la resistencia y los milagros que se obran en el seno de una comunidad
Meseta nos acerca a la vida en un pueblo de la Mancha cuyo nombre su autor se ha inventado. La primera novela de Rubén Cañadilla enseña un lugar que no existe pero que muestra unas vidas tan realistas como fantasiosas. El autor crea su Macondo particular a través de Matalasuegra, allí podemos observar como la religión, la violencia y la comunidad se entremezclan en la crianza de un bastardo.
Hay libros que te destrozan. Hay libros que consiguen transportarte a lugares tan fantásticos que al despertar de su embrujo puedes llegar a sentirte decepcionado con la realidad. Y hay protagonistas tan estrafalarios que sueñas con llegar a ser un poco como ellos, tanto que asumes sus rasgos por simple admiración.
Meseta no es uno de estos libros. Esta historia te sana. Te lleva a un lugar tan cotidiano que se mezcla con tus vivencias. Te atrapa en la vida de alguien tan excepcional como habitual, alguien que podría ser tu vecino, que podría ser tu familia, que podrías ser tú.
Antes de poner los ojos en blanco y pensar que te estoy vendiendo humo lee bien lo siguiente. Me he criado en una ciudad, en una casa de ateos, en la época en la que puedo conocer a gente igual que yo con tan solo una búsqueda rápida en la red, en un ambiente en el que puedo pasar desapercibida por muy extraña que sea. Y aún así he conseguido conectar muy profundamente con Pedro, el protagonista de esta historia.
Se necesita a un pueblo para criar a un niño
Pedro es hijo de madre soltera en una época en la que los visillos son la mayor fuente de información de su pueblo, Matalasuegra. A Pedro le cría una trinidad de mujeres: su abuela Antonia reza porque no se desvíe del camino, su tía Trini le mima hasta la extenuación y su madre, la Mari, se desvive por remendar su reputación y la relación con la devota matriarca de la familia.

«Una cara de angustia, lágrimas de silicona y un mato lleno de brillos dorados. El paso de la Virgen de Valdecobre fue el primer recuerdo que se gestó en la vida de Pedro […] Cuando su madre lo aupó , quedó deslumbrado no solo por la muñeca gigante que resultó ser la Virgen de Valdecobre, sino por aquellas imágenes grotescas de hombres semidesnudos martirizados y con el cuerpo ensangrentado.»
El culto y las convenciones sociales rodean a Pedro en todos los aspectos de su vida. Desde el colegio de monjas al que asiste hasta las tardes de siesta y Ave Marías en casa de su abuela. Pero, aunque todos se afanan para que el niño tenga una vida recta y correcta, no hay rosario que arregle lo que no se ha roto. El niño crece y encuentra referentes a seguir en los lugares más sencillos, cambia a la Virgen de Valdecobre por una profesora atea y juvenil y las tardes de rezos con su abuela por coreografías y discos de divas.
Todos hemos conocido a un Pedro alguna vez, esa persona que se esconde detrás de tantas caretas que le resulta imposible volver a encontrarse. Pero quien sabe, tal vez la respuesta a todas sus preguntas se encuentre en sus inicios. Porque es posible que reciba la llamada de alguna de esas estampitas que adornan la cruz de su habitación.


