Los actores Nur Levi y Juan Diego Botto participan en Sobre las hojas de hierba, un recital homenaje a Walt Whitman orquestado por el pianista Alejandro Pelayo
Quien no conoce los entresijos de la capital ignora que en Madrid la cultura palpita en cualquier esquina. En el barrio de Lavapiés, un pequeño local cultiva las diferentes facetas del arte desde hace tres décadas. El número 31 de la calle del Doctor Fourquet se bautizó como la Sala Mirador porque, desde su balcón, la urbe se extendía en su totalidad hasta la línea del horizonte.
Pero sobre las tablas Madrid se queda pequeña. El teatro funciona como nave del tiempo y el público viaja hasta el Nueva York del siglo XIX. En ese contexto, Walt Whitman publicó Hojas de hierba, la obra maestra que continuó reeditando hasta el año de su muerte. Los letraheridos de nuestros días han podido redescubrir su literatura en Sobre las hojas de hierba, un recital homenaje al poeta estadounidense que celebrará su última representación esta noche.

Las luces se apagan, el espectáculo comienza. La expectación del público se traduce en toses nerviosas que liquidan la quietud del silencio. Tres siluetas irrumpen en la penumbra. La primera de ellas, la actriz Nur Levi, toma la palabra. Recita en inglés uno de los poemas del autor. Aunque la pasión de su palabra podría declararse idioma universal, la traducción al español del texto se proyecta en la pared para que los versos calen en todos los asistentes.
Nur Levi se pierde de nuevo en la oscuridad. El foco apunta al segundo de los actores, Juan Diego Botto. El Premio Nacional de Teatro 2021 da la bienvenida a los espectadores. Define el encuentro como una “conversación entre amigos” sobre la vigencia de la obra de Whitman, calificada de “basura profana y obscena” por los críticos de su tiempo. Los lectores vieron dinamitar uno a uno los principios del canon norteamericano. Whitman burló los tabúes de su época con sus claras referencias a la homosexualidad. Además, se sirvió del verso libre para ensalzar la grandeza de la existencia. Esta épica estadounidense tendía la mano al ciudadano corriente y denunciaba las vejaciones a la naturaleza humana, como la esclavitud.
Whitman se convirtió en el poeta del pueblo, pero su pluma también ensalazó a personajes ilustres. Uno de sus poemas más famosos, ¡Oh, capitán! ¡Mi capitán! fue concebido como homenaje a Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos, después de su asesinato en 1865. Los actores se sumergieron en sus versos con la maestría de quien siente como propio el dolor ajeno. “¡Oh, capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas; / levántate —por ti la enseña ondea— por ti suena el clarín”.
Entre versos y teclas
No es el clarín sino el piano lo que acompaña las penas del poeta en la intimidad de la Sala Mirador. El tercer integrante del recital permanece inmóvil en segundo plano. El foco ilumina sus dedos inertes sobre el piano. Cuando hunde las yemas en las teclas, la luz se extiende como un halo al resto de su figura, al mismo tiempo que sus melodías llenan cada esquina del teatro.
El músico Alejandro Pelayo recibió hace unos años el encargo de componer una pieza original en homenaje a Whitman. Partitura en mano, pensó en sazonar sus composiciones con los versos del escritor neoyorquino. Whitman muere en el mismo día que la isla Ellis empieza a admitir inmigrantes. Doce millones de personas llegan a Estados Unidos y 1892 establece el punto de partida de la nueva América. Con estos mimbres, nace una música de transición bajo el influjo del blues y el folklore americano. El jazz daba sus primeros pasos en un país también en construcción.

Alejandro Pelayo muestra en sus piezas un minucioso estudio del contexto sociocultural así como de la obra del autor. Música y poesía casan de manera tan armónica que el oyente cree escuchar un producto indivisible. Las creaciones de Alejandro Pelayo y Walt Whitman distan un par de siglos, pero el pianista cántabro habría compuesto con éxito la banda sonora que acompañara al poeta en sus largas jornadas de escritura.
Un canto a los marginados
Aunque el final de la función acechase, siempre queda tiempo para recordar el poder reivindicativo de la literatura. “Estos versos se enfrentaron a censores que no querían que sus hijos se convirtieran en maricón, ateo, rojo, o peor, artista”, recordó Juan Diego Botto. Whitman nunca ha tenido más vigencia que en las últimas décadas, cuando las civilizaciones posmodernas se afanan en tirar por la borda siglos de avances sociales. La homofobia, el clasismo y la polarización política aún corroen los cimientos de la sociedad contemporánea. Ahí reside la importancia de escapar a la censura del arte, pues, como escribió Whitman “no dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”.
Iniciativas como el homenaje al célebre poeta estadounidense en la Sala Mirador fortalecen la vida cultural de su región. Cuando el espectáculo termina, el público repara en que ha enriquecido su capital cultural mientras se prestaba al deleite de los sentidos. El hastío vital desaparece por una hora, y el fragmento que el público reclama como bis antes de deshacerse en aplausos nunca tuvo tanto sentido: “La herida de estar vivo es pequeña en comparación con celebrar la vida”.

