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‘La Chiquita Piconera’ llega al museo Thyssen de Madrid

150 años del nacimiento de Julio Romero de Torres

Para celebrar el 150 aniversario del nacimiento del pintor cordobés Julio Romero de Torres, el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acoge La Chiquita Piconera, una de sus obras más destacadas. Podrá verse hasta el 28 de julio en la sala 45, dedicada a los realismos de entreguerras.

El cuadro viaja desde el Museo Julio Romero de Torres de Córdoba para situar al artista junto a la obra de otros pintores de su época como Pablo Picasso, Edward Hopper, Max Beckmann o George Grosz.

La cúspide de su pintura

Julio Romero de Torres se crio en un ambiente familiar humanista y artístico. A lo largo de su carrera desarrolló un estilo personal con influencias del modernismo, el impresionismo y la pintura de denuncia social.

Destaca especialmente su interés por lo popular y lo folclórico, reflejados en su tributo a la copla popular. En La Chiquita Piconera confluyen su simbolismo, los paisajes de una Córdoba embrujada y una técnica casi fotográfica.

Durante los últimos años de su vida, el pintor volvió a los temas de su juventud y en esa obra retrata a una joven en una humilde habitación. Al fondo, vemos su ciudad natal bajo el cielo del anochecer. Nos transporta hasta el río Guadalquivir, el Puente Romano, el paseo de la Ribera y la Torre de la Calahorra.

Lo más llamativo es sin duda la mirada de la protagonista, melancólica y profunda, que consigue atrapar al espectador. La historiadora del arte María Sivianes Cosme la describe como una mirada hipnótica, que revela tanto la personalidad del artista como de la mujer retratada.

Al igual que sucede en otras de sus obras como Carmen o La Fuensanta, retrata a la mujer andaluza como a una musa. La Chiquita Piconera se convierte en un símbolo de divinidad, al igual que hicieron grandes artistas como Tiziano, Velázquez o Botticeli.

“La última modelo que vieron sus ojos”

María Teresa López fue la principal modelo de Julio Romero de Torres y es el rostro de La Chiquita Piconera. Era vecina del pintor, en la plaza del Potro de Córdoba, y con apenas ocho o nueve años ya comenzó a posar para él.

Foto de María Teresa López dedicada a un amigo de Córdoba en su entrevista en 2003 | Fuente: Mª Ángeles González Delgado

Las habladurías y la crítica social de la época fueron muy duras con ella. Se corrió el rumor de que tenía una relación sentimental con el pintor. “Se sacaron coplas, pero la gente le cambiaba la letra por otras más ofensivas y hacían mucho daño”, explicaba la propia María Teresa López en una entrevista en 2003, poco antes de su muerte.

No obstante, su relación con el pintor fue muy formal. Comenzó con retratos para cuadros pequeños, en rostros de ángeles, y llegó a convertirse en la gran protagonista de su obra. Posó para su último cuadro, La monja, en el que vio cómo el pintor se encontraba ya muy enfermo. “Cuando se cansaba se tenía que sentar en un sillón que tenía en el estudio para descansar”, contaba María Teresa López. “La enfermedad pudo con él y no pudo terminar el cuadro, así que yo fui la última modelo que vieron sus ojos”.

La popularidad del pintor y la modelo se imprimió literalmente en los billetes de la época, pues en el año 1953 aparecían en los billetes de cien pesetas. En ellos se encontraban una fotografía del pintor y de la obra La Fuensanta, cuya modelo era también María Teresa López. Aparecieron además en las colecciones de sellos de correos dedicadas a Julio Romero de Torres. Pero ella se quejaba de que “nunca le dieron ni una puñetera peseta”.

Billete de 100 pesetas de Julio Romero de Torres | Fuente: Mª Ángeles González Delgado
Billete de 100 pesetas de La Fuensanta, firmado por María Teresa López en 2003 | Fuente: Mª Ángeles González Delgado

María Teresa López pasó sus últimos años en una residencia en Córdoba y, finalmente, en otra residencia-hogar en Palma del Río. Siempre se mostró dispuesta a colaborar con los medios y sus testimonios nos permiten recordar y conocer desde otro lugar al gran pintor Julio Romero de Torres.

“El Leonardo cordobés”

Julio Romero de Torres es el único pintor cordobés que ha sido alabado en vida y muerte. Su obra se exhibe hoy en el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza de Madrid, pero en su época también recibió un gran reconocimiento.

Estuvo viviendo en Madrid, donde trabajó y pudo crecer culturalmente, pero nunca dejó de volver a Córdoba, donde tenía su familia y sus raíces. Según el historiador Teodoro Fernández, que ha dedicado su libro Julio Romero de Torres: Vida y obra al pintor, “vivir entre Córdoba y Madrid le permitió que le valorasen y que no se cansaran ni se olvidasen de él”.

El cuadro de La Chiquita Piconera inspiró una copla con el mismo nombre, llevando a la música el mismo ambiente flamenco y folclórico que pintaba Julio Romero de Torres.

Durante su estancia en Madrid, se integró en el círculo intelectual y entabló amistad con Valle-Inclán y la casa de los Machado. El propio Manuel Machado le dedica el poema Las mujeres de Romero de Torres, en el que alaba sus retratos y se refiere a él como “nuestro inenarrable Leonardo cordobés”.

El legado de Julio Romero de Torres

La ciudad de Córdoba, orgullosa del pintor, le dedica el Museo Julio Romero de Torres, situado en el mismo edificio de su casa natal en La Plaza del Potro. El alcalde de Córdoba, José María Bellido, celebra poder compartir La chiquita Piconera con Madrid en el 150 aniversario del nacimiento del pintor.

Su producción cultural destacaba por ser cercana tanto a la élite como a la clase popular, pues en ella podemos ver el retrato de una España y una Córdoba muy folclóricas. La Chiquita Piconera es el testamento artístico de Julio Romero de Torres. Según el alcalde de Córdoba, “transmite el mensaje de lo que quería expresar en la pintura, en un retrato que está lleno de madurez, hondura y misterio”.

A través de esta obra, el visitante del Museo Thyssen podrá viajar a una Córdoba del pasado y reconocer a uno de los grandes pintores nacionales del siglo XX. Podrá contemplar el rostro que ha inspirado tantas canciones y poemas, que tal y como cantaban coplas, era imposible de olvidar.

¡Ay, chiquita piconera,
mi piconera chiquita!
Toa mi vía yo la diera
por contemplar tu carita.
Mira tú si yo te quiero
que sigo y sigo esperando
ar laíto der brasero
para seguirte pintando.
¡Várgame la Soleá,
haber querío orvidarte
y no poderte orviá!

(Copla a La Chiquita Piconera)

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