‘Sangre en los labios’, el último largometraje de Rose Glass llega a Filmin mostrando un romance forjado con sangre, sudor y lágrimas
Rose Glass nos lleva de la mano para conocer una historia difícil de clasificar dentro de las etiquetas de género cinematográfico. Si con Saint Maud la directora se sumergía en el terror psicológico, con Sangre en los labios es difícil decir si estamos ante un thriller policiaco con mucha parodia o un romance sáfico muy camp.
Tal vez la respuesta sea ambas, una película de venganza plagada de violencia y un humor oscuro enraizado en la crítica al cine negro tradicional. Una exploración entre la obsesión y el amor muy en la línea de A24.

El renacimiento de Kristen Steward en la gran pantalla acompañada de Katy O’Brian es lo que hace que esta cinta funcione tan bien. Ambas actrices se complementan creando un romance muy bestia que puede llevar esta historia a convertirse en una película de culto. Acompañadas por Dave Franco y Ed Harris con unos personajes que solo podemos calificar como grotescos, Sangre en los labios nos devuelve al cine neo-noir de los 90.
Amor, violencia, sangre y dependencia
Nos encontramos en 1989, en la pequeña ciudad de Nuevo México donde Lou (Kristen Stewart) trabaja en un gimnasio. Este empleo le lleva a conocer a Jackie (Katy O’Brian), una culturista vagabunda que sueña con triunfar en Las Vegas. Las dos mujeres comienzan con rapidez una relación muy apasionada en la que la dependencia es el plato principal.
Pero la vida de Lou es más complicada de lo que parece en un principio. Su padre, Lou Sr (un Ed Harris muy intimidante), trafica con armas y es el dueño del campo de tiro local donde Jackie consigue un trabajo como camarera. Obtiene el puesto después de acostarse con el gerente, JJ (Dave Franco), cuñado de Lou, que además maltrata a su hermana.

Los esteroides, las relaciones familiares de Lou y la situación económica de Jackie crean un ambiente perfecto para que la violencia aflore. El resultado es un thriller policiaco que no se toma muy enserio a sí mismo. Los elementos de fantasía, los escenarios y el body horror consiguen que Sangre en los labios encaje perfectamente en el catálogo de A24.
Un toque de magia perturbadora
Dentro de este romance lésbico encontramos la dependencia, no solo entre las protagonistas, sino también a los esteroides. Y es que es Lou la que introduce a Katy a inyectarse estas sustancias para definir sus músculos al gusto de los concursos a los que quiere presentarse.
Desde el primer pinchazo el espectador puede observar cómo se crea una atmósfera perturbadora alrededor de los esteroides. Las inyecciones derivan en un ritual entre la pareja, Lou los consigue y Katy se pincha. La dirección de estas escenas es magistral, podemos ver cómo suda, cómo bombea la sangre, cómo los sonidos se centran en la tensión de los músculos que casi crecen inmediatamente delante de nuestros ojos y nos deja intuir cómo dentro de la culturista se está gestando algo.

Sangre en los labios juega mucho con estas sensaciones, permitiendo imaginar que estos esteroides tienen incluso efectos alucinógenos. Hace que te quedes expectante en cada escena, esperando a que estalle el conflicto máximo. Y cuando al fin lo hace no decepciona. En un tercer acto magistral Rose Glass permite que la magia se adentre en la historia con escenas surrealistas que encajan a la perfección en su América profunda con bares de mala muerte y luces de neón.
El sexo lésbico nunca estuvo mejor representado
La directora hace honor a sus personajes y las muestra en su máximo esplendor sexual. Dándonos a entender que es esta pasión y la necesidad de afecto de Lou y Katy lo que mueve su relación. El montaje que alterna entre entrenamientos en el gimnasio, sudor, comida, poses de culturismo y sexo nos mete de nuevo en la dinámica entre las dos.

El viaje alucinógeno que es Sangre en los labios acierta de lleno con sus escenas más intimas al dejar que los personajes las utilicen en su juego de poder. Permite que Steward y O’Brian usen estas escenas para encender la llama que prenderá la bomba al final de la cinta. Con planos cortos, momentos que no se alargan innecesariamente y pasión que no se limita al acto, sino que se aprecia en los instantes anteriores y posteriores Rose Glass busca el realismo sexual y lo consigue.

