Ganadora del Oso de Oro, el documental busca iniciar un diálogo acerca de la identidad cultural y la repatriación artística tras el colonialismo
La crítica es unánime: Dahomey es una de las no-ficciones mejor valoradas de 2024. Por si fuera poco, su realizadora, Mati Diop, es también la primera mujer de color en recibir el premio más prestigioso de la Berlinale. Con tan sólo 68 minutos de duración, ha sido presentada a los Oscar en las categorías de documental, y de película internacional. La coproducción de Francia, Senegal y Benín no ha cosechado, sin embargo, ninguna nominación.
En España, tras su paso por las salas de cine, forma parte del catálogo de Filmin desde el 14 de febrero.
Una directora comprometida
Además de su experiencia como actriz (35 shots of rum, 2013; Simon killer, 2012), Diop cuenta también con una prolífica carrera en la dirección. En diversos documentales y cortometrajes, ha explorado diversas temáticas que se aúnan en Dahomey, tales como la identidad africana, la desigualdad geográfica, y el impacto del colonialismo. En Mille soleils (2013) y Atlantique (2019), estrenada en Netflix, dio voz a las experiencias de pobreza, desapego y separación que caracterizan la experiencia de los migrantes de países coloniales.

El viaje del arte expoliado
Aquellos menos familiarizados con el Reino de Dahomey (actual República de Benín) pueden haber escuchado su nombre en The woman king (La mujer rey, 2022), una dramatización de su historia protagonizada por Viola Davis para Netflix.
En esta ocasión, el punto de partida es la repatriación de 26 obras de arte desde París, a su lugar de origen en Benín. Estos objetos tradicionales, junto con muchos otros, fueron tomados en el siglo XIX por tropas francesas. Dentro de sus contenedores de madera, las piezas se lamentan, revelando la tristeza que supone haber sido arrancadas de su pueblo, y llevadas al museo de París. Una vez de vuelta en África, se abre un diálogo entre estudiantes de la universidad de Abomey-Calavi.
Las voces de los jóvenes de Dahomey
El micrófono recorre, uno a uno, a todos los presentes de una gran sala de conferencias en la universidad. A distancia, pero sin perder detalle, Diop retrata las opiniones e inquietudes de los jóvenes benineses, entre las que encuentra dispares sentimientos. Escuchamos críticas al gobierno francés; protestas frente a lo que consideran una burla (han sido repatriadas 26 obras de un total de 7.000); llamadas a la conciencia cultural nacional, señalando que la identidad no puede ser robada si continúa estando presente en las tradiciones.
Aun sin señalar explícitamente ninguna perspectiva concreta frente a las otras -algo que sí hizo en su discurso en Berlín-, Diop brilla en la representación de las múltiples opiniones de los estudiantes. Frente a los ancianos y gobernantes, queda claro en manos de quién está el Benín del futuro.

Factura artística y afrofuturismo
El documental viaja entre ambas propuestas estilísticas: la de la conversación, y la del realismo mágico. La voz de una de las estatuas, la del rey Gheto, describe esa angustia existencial causada por la pérdida de identidad del país colonizado. Acompañada de una banda sonora de sintetizador, en un principio desligada de la temática, funciona muy bien como vínculo entre el pasado, el presente, y el futuro de su cultura.
Los planos cerrados de la cámara de Diop transmiten a la perfección la soledad de la obra de arte en un museo. Es clave el contraste entre la frialdad de estos espacios, con la alegría y regocijo de la población beninesa, una vez estas estatuas recorren en camión las calles de la capital.
Un sentimiento agridulce
Las declaraciones más optimistas, sin embargo, no pueden evitar el ensombrecimiento de la historia expuesta en Dahomey. La soledad de las estatuas, y la frustración de los estudiantes, se combinan en una profunda desesperanza, describiendo como imborrables las cicatrices del saqueo cultural.
Aunque se aprecian el realismo y la verdad, quizá sea necesaria una nota positiva en su conclusión. Como señalan algunos jóvenes, la impotencia de un pasado irresuelto no puede condicionar la vida de los benineses y, por extensión, de todos los africanos. Al contrario, han de abrazar de nuevo las raíces, el arte, lo sagrado de su cultura, y continuar la lucha por la restauración de su preciado patrimonio.


