Jotadé de Santiago Díaz ofrece una inmersión en los oscuros rincones de la moralidad humana, donde el crimen se entrelaza con las heridas sociales y personales, desafiando al lector a cuestionar las estructuras de poder y justicia
La literatura negra tiene algo de exorcismo: nos permite mirar cara a cara a lo que evitamos en la vigilia, diseccionando los mecanismos ocultos de la violencia, la culpa y el deseo. En Jotadé, Santiago Díaz lleva esta premisa hasta sus últimas consecuencias con una prosa afilada, implacable y profundamente inmersiva. Lo que aquí se despliega no es solo un thriller de alto voltaje, sino una exploración de la moral tambaleante, un retrato despiadado de una sociedad que se ahoga en sus propias contradicciones.
Jotadé (Alfaguara, 2025) comienza con un macabro asesinato: dos hombres son destripados y lanzados desde un puente de la M30 en Madrid, lo que parece ser un ajuste de cuentas entre clanes. Las vísceras caen sobre un descapotable que se hunde en el Manzanares, llevándose consigo a tres chicas que volvían de fiesta. Una de ellas es la hija del comisario, lo que desencadena una exigencia de respuestas rápidas y discretas. En medio de esta presión, el subinspector Jotadé Cortés, el único policía gitano de la comisaría, se ve envuelto en una investigación peligrosa que lo enfrenta a un pasado incómodo. Con una intuición imbatible y un carácter irreverente, Jotadé se adentrará en un laberinto de moralidad tambaleante, donde el crimen se revela no solo como un acto aislado, sino como el síntoma de una sociedad plagada de contradicciones.
La novela nos introduce en un Madrid crepuscular, donde las sombras parecen alargarse más de lo habitual y donde cada personaje arrastra consigo una historia de heridas mal cerradas. La atmósfera densa y el ritmo implacable recuerdan a los grandes exponentes del género, desde el Dashiell Hammett de El halcón maltés hasta el James Ellroy de L.A. Confidential. Sin embargo, Díaz no se conforma con reproducir las claves de la novela negra clásica: las subvierte, las reconfigura y las arrastra hasta la realidad más inmediata.
Jotadé es un antihéroe de manual, un hombre arrastrado por las circunstancias, marcado por decisiones que lo condenan incluso antes de tomarlas. Pero Díaz no se conforma con la figura clásica del detective o el criminal con principios. Aquí, el protagonista es al mismo tiempo verdugo y víctima, cazador y presa. Como en los mejores relatos de Patricia Highsmith, el suspense no está en la resolución del crimen, sino en la psicología del personaje, en la forma en la que la moralidad se desdibuja con cada nuevo giro de la trama.
La gran virtud de Jotadé es su capacidad para combinar un ritmo trepidante con una profunda exploración de los mecanismos de la culpa. La narración avanza con una cadencia hipnótica, sin perder nunca el pulso, con diálogos afilados y escenas que quedan grabadas en la memoria. La crítica social subyacente en la novela es otro de sus grandes aciertos. Como en la mejor tradición del noir, Díaz retrata un mundo donde el crimen no es solo una anomalía, sino una consecuencia lógica de un sistema que devora a los suyos. Las instituciones aparecen corruptas, los vínculos personales están marcados por la desconfianza y la violencia se convierte en una forma de comunicación. No hay concesiones, no hay finales felices, solo la certeza de que nadie sale ileso de la verdad.
Jotadé es una novela que no solo se lee: se experimenta. Es una de esas historias que te obligan a mirar donde no quieres, que te sumergen en el fango de la moral tambaleante y te desafían a encontrar respuestas en medio del caos. Santiago Díaz maneja la tensión con el pulso de un cirujano y la mirada de un entomólogo, diseccionando a sus personajes con una precisión casi cruel. No hay giros de guion gratuitos ni trucos baratos: cada revelación es un golpe certero que resuena con la fuerza de lo inevitable.
El precio de la lealtad y la corrupción
Pregunta: ¿Jotadé es una historia sobre la ley o sobre la inevitable jerarquía de la corrupción?
Respuesta: Jotadé es la historia de un personaje que, para sobrevivir, tiene que saltarse la ley. Es alguien que no encaja en ningún lado. En la comisaría es la oveja negra porque es gitano, y en su comunidad es la oveja negra porque es policía. Para sobrevivir en ambos mundos, no puede seguir la ley al pie de la letra ni respetarlo todo.
P: Entonces, ¿la dicotomía en la que vive Jotadé, entre dos mundos, se inclina más hacia el mundo fuera de su comunidad?
R: Bueno, muchas veces lo arrastran los acontecimientos. Por ejemplo, en Indira, casi toda la actuación de Jotadé es para salvar a su padre, que la lía bastante. Está protegiendo a los suyos de algo condenable, pero que moralmente puede ser aceptable, porque quien muere es alguien malo. En esta historia ocurre algo similar, aunque aquí tenemos la trampa de que él sale de la policía. Pero, en todo momento, sus acciones están motivadas por la justicia. Aunque se salte la ley, siempre busca un equilibrio: roba dinero, pero lo hace para asegurarse de que sus padres y su mujer tengan una vida mejor, incluso si él muere.
P: Y en su vida, ¿qué pesa más: el amor por la ley o la lealtad?
R: Para mí, Jotadé es la lealtad hacia los suyos. Si tiene que saltarse la ley por ellos, lo hace sin dudarlo. Lo ha demostrado desde el principio, como en Indira, cuando protegió a su padre, o cuando descubrió lo que había hecho Lucía y le ofreció su Cadillac para que escapara. No solo protege a su comunidad, sino también a sus amigos, como Lucía y Verónica. Es, ante todo, un personaje leal.
P: ¿Cómo te has sentido con el cambio de Indira a Jotadé?
R: Me he sentido muy cómodo porque Jotadé es un personaje muy agradecido. Su forma de ser, su manera de expresarse—tan malhablada, irreverente y todo lo que quieras—a mí me divierte mucho porque yo también soy un poco así. Me resulta muy sencillo escribirlo. Además, Jotadé tiene algo que Indira también tenía, aunque en menor medida: cada vez que aparece, provoca una reacción en el lector. En una historia con tramas tan duras —asesinatos, corrupción y demás— su humor salva mucho el relato.
P: ¿Es mejor que Indira a nivel de escritura?
R: Es que Indira también tiene mucha profundidad. Indira tiene un enfoque diferente, porque Jotadé, aunque está rechazado por todos—es gitano y poli, lo cual lo coloca en una posición incómoda—, en el cara a cara cae bien. Es un buen policía, tiene talento y es gracioso, así que nadie le echa nada en cara a nivel personal. En cambio, a Indira todo el mundo la menospreciaba abiertamente: se reían de ella, no entendían su TOC, le hacían comentarios hirientes… ambos tienen lo suyo. Jotadé aporta el humor, mientras que Indira tenía esa incomprensión que también funciona muy bien en la literatura. Tener un personaje incomprendido genera mucha conexión con los lectores, porque te posicionas de su parte y sientes rabia e impotencia por lo que le ocurre. Y eso es lo que mola de los libros, que te hagan sentir cosas.
P: Como has dicho, Jotadé es un personaje que se salta la ley, que hace lo que quiere y que tiene muy presente el principio de «todo por los suyos». ¿Cómo crees que esta actitud de tomarse la justicia por su cuenta influye en la percepción del lector sobre la justicia?
R: En la vida real, todos tenemos la ilusión de que la justicia funciona, aunque muchas veces no sea así. En la realidad, lo único que podemos hacer es protestar, salir a la calle con una pancarta, quejarnos… pero no tomarnos la justicia por nuestra mano. Sin embargo, en una novela, como lectores, buscamos precisamente lo contrario: queremos que el personaje cruce la línea, que se salte la ley, que aplique la ley del Talión. Queremos que el malo pague, que si el protagonista tiene una pistola en la mano, dispare. En la vida real no actuaríamos así, pero en la ficción nos permitimos desearlo. Eso es lo que mola de meterte en una historia: explorar esos instintos más viscerales sin consecuencias reales.
P: ¿Entonces la justicia depende de quien la ejerce?
R: Depende de quién la ejerza y de la ficción en la que nos movamos. También depende de cómo te caiga quien la ejerce. En la vida real, no hay justificación para matar a nadie. Pero en una novela, si hay una justificación clara y el personaje te genera empatía o te cae bien, es más fácil aceptarlo.
P: Y hablando de tu visión de la violencia en la ficción, ¿cómo se te ocurrió el asesinato en la M-30?
R: (Ríe) ¿Mola, mola, no? Es que mola mucho. Lo de «te voy a sacar las tripas», ¿sabes que esa amenaza es real? Es una amenaza muy gitana. Me puse a pensar en esa expresión y en los crímenes que cometen los cárteles mexicanos y colombianos. Entonces dije: «A ver, vamos a traer un poquito de eso a Madrid.» ¿Es una locura, no? Lo que pasa es que, claro, cuando empecé a desarrollar la escena, pensé en ahorcar a dos tíos desde un puente. Pero luego dije: «No es suficiente.» Y entonces recordé lo de «te voy a sacar las tripas«. Luego se me ocurrió: «¿Y si pasa un coche por debajo?» Pero no cualquier coche… ¿un descapotable?
P: Con tal de hacerlo más loco, lo que sea.
R: Y además: cuando empecé a planear la escaleta, la historia estaba ambientada en invierno. Pero claro, entonces no podía haber un descapotable. Solo por ese detalle cambié toda la novela al verano.
P: ¿Y hasta qué punto los crímenes son actos de poder?
R: Bueno, siempre se dice que la gente mata por tres cosas: por amor o desamor, por dinero y por poder. Pero yo creo que, en el fondo, todo es poder. Porque el poder es tener control sobre alguien, ya sea a nivel sentimental o sexual. Si alguien se rebela contra ti, sientes que estás perdiendo el poder sobre esa persona. Y por eso, muchas veces, matan. En el ámbito económico, lo mismo: el dinero te da poder, te permite hacer lo que quieras y sentirte por encima de los demás. Y el poder en los negocios, en la política… al final todo acaba llevando al dinero y al control. Así que sí, yo creo que todos los crímenes tienen un componente de poder.
P: En Jotadé no solo hay violencia física, también hay juegos de poder, violencia burocrática, de clases, verbal…. ¿Cuál es la que más te impacta a ti como escritor? ¿Cuál te resulta más difícil de escribir?
R: Bueno, en esta novela en concreto no sabría decirte con certeza. Pero en otras historias que he escrito, la violencia contra los niños es lo que más me ha afectado. Por ejemplo, en esta novela hay un personaje que me llegó mucho: James. Es un niño maltratado, con discapacidad, que encima molesta a la gente que no le quiere. Me daba muchísima ternura y rabia. Una paliza a un niño me duele más que ver cómo destripan a un tipo desde un puente. Porque aunque ese hombre tal vez no se merecía morir así, si se metió en líos con traficantes… bueno, pues entró en ese juego. Pero un niño no se lo busca. Es inocente y, además, indefenso. No tiene ninguna posibilidad de protegerse. Y esa violencia me parece la más cruel.
P: En toda la saga, el pasado pesa mucho sobre los personajes. Tienes una forma de escribir rápida y directa, pero cuando mencionas el pasado, parece que ralentizas un poco la narración. No en cuanto a la evolución del personaje, sino en su capacidad de seguir adelante. En la saga de Jotadé, ¿hasta qué punto el pasado seguirá marcando a los personajes?
R: Es que a mí me encanta, porque yo vengo de la tele, y en la tele una de las cosas más importantes es trabajar la evolución de los personajes, su arco dramático. Los personajes siempre tienen que empezar en un punto y terminar en otro. No tiene que ser completamente opuesto, pero sí diferente. Tiene que haber una evolución para que la gente siga enganchada. Y a mí me encanta hacer esto porque creo que es necesario. Para trabajar bien los personajes, tienes que conocer qué los ha convertido en lo que son hoy en día, lo que les ha ocurrido, qué les ha transformado. Eso viene del pasado de los personajes. Y yo, personalmente, siempre disfruto haciendo flashbacks que cuenten toda esa historia. En esta novela, Jotadé es un personaje que empieza desde cero, pero no puedo ocultar que viene de un pasado. Algunos personajes tienen un pasado que no he querido contar de forma explícita. ¿Por qué? Porque quiero que la gente que no haya leído Indira pueda leer este libro y disfrutarlo, pero también que se queden con ganas de saber más sobre Indira sin que les revele demasiado. Entonces, todos estos personajes tienen un pasado que los condiciona, pero empiezan sus tramas desde cero.
P: En la historia, la justicia es un tema muy importante. Hablas de principios, de un juego de lealtades…
R: Sí, para mí el personaje de Jotadé es el ejemplo de lealtad. Aunque se le puede definir como malhablado, irreverente, alguien que no sigue las normas y nunca encaja, su lealtad es lo que realmente lo define. La lealtad hacia Lucía, su amiga del alma, le hace poner condiciones para que la liberen o la trasladen a otro lugar mejor. También es leal a Lola, a pesar de que Lola al principio lo desprecia porque él ha sido un problema, metiéndose en líos todo el tiempo. Lola, de hecho, siempre pensaba que lo matarían algún día, y Jotadé no pensaba en ella ni en su hijo. Pero a pesar de todo eso, Jotadé es leal a ella, y se mete en líos por ella. También es leal a su familia, a sus padres, y quiere sacarles de donde están. Aunque Jotadé comete muchos errores, lo que lo define es su lealtad. Además, es leal a Verónica en un momento crucial. Jotadé es alguien que se mueve por lealtades.
P: El comisario también exige venganza por sus hijas, ¿no? ¿Qué diferencia hay entre que pida esto un jefe de policía y un jefe criminal cuando el poder real está por encima de todo?
R: Pues no hay mucha diferencia realmente. Si no hubiera sido la hija del comisario, probablemente él no hubiera arriesgado tanto ni se habría metido en situaciones tan complicadas. Si la persona afectada fuera otra, de una familia común, no habría actuado de la misma manera. Lo que pasa es que el poder y la posición de cada quien pueden hacer que las decisiones y la justicia varíen según a quién se beneficien. Al final, cada uno aprovecha las circunstancias a su favor, poniendo sus propias condiciones. Pero, claro, el poder cambia todo.
P: Hablando de justicia y criminales, ¿cómo creaste la familia criminal de los Garza?
R: ¡Me mola mucho! La familia Garza tiene una dinámica que me encanta. La influencia de Los Soprano fue fundamental para crearlos. Me encanta cómo presentan a las familias criminales, los «malos» que no dejan de ser humanos. También, aunque no lo creas, me inspiró una familia real que conocí: la familia Anglés, que tenía diez hijos, pero solo uno de ellos, Kelly, era realmente inteligente. Mientras todos los demás pasaban por la cárcel, Kelly fue la única que no, y al final fue ella quien dirigió los negocios legales de la familia. Al principio, todos eran unos bandarras, pero Kelly los convenció de hacer negocios legales. Con el tiempo, la familia se hizo rica gracias a Kelly, que decidió dejar de hacer gilipolleces y empezar a hacer dinero de manera legal. Esta historia me inspiró mucho para crear a la hija de Garza, que es la más inteligente de la familia. Ella es la que ve que ya tienen una base para hacer dinero legalmente, y se cansa de las tonterías que hacen los demás. Es la única que tiene una visión clara de cómo sacar provecho, mientras los demás siguen metidos en negocios sucios.
P: Gente rara, ¿no?
R: Sí, claro, los personajes tienen que ser raros. Si, por ejemplo, Indira fuera una mujer felizmente casada con dos hijos, que comen verduras y hacen los deberes, sería aburrido. Imagina que llega a su casa, ve una serie con su marido, tiene una vida tranquila… ¡Qué coñazo! Yo quiero personajes cuya vida caótica influya en la trama, porque eso es lo que le da vida a la historia. Por eso, Jotadé está metido en líos por todos lados. Está enamorado de una mujer que no quiere saber nada de él. Además, está atrapado entre querer ser policía o ser más como un delincuente, y eso lo hace interesante.Los personajes raros son los que hacen que la historia tenga chispa.
P: ¿Te inspiras más en la vida real o en la ficción para tus historias, y cuál es la diferencia entre ambas cuando se trata de explicar los eventos o los personajes?
R: Me inspiro de todo un poco. A veces, cuando reviso sucesos reales, como los que puedes encontrar en los archivos de periódicos antiguos, te das cuenta de que la realidad es mucho más sorprendente que la ficción. Por ejemplo, en 1954, encontré un caso en el que un hombre llevaba una cabeza en la mano por la Gran Vía, y te juro que, aunque parece increíble, esas cosas pasan en la vida real. A menudo he visto algo tan raro que he pensado: «Esto no lo puedo poner porque nadie lo va a creer». En la ficción, siempre tienes que dar una explicación a todo, porque si un asesino mata a alguien, debe haber un motivo claro detrás, como una historia de venganza o algún desencadenante. En la vida real, sin embargo, las cosas no siempre tienen sentido; a veces, solo suceden porque a alguien se le cruzan los cables, sin más explicación. Esa es la gran diferencia: en la ficción necesitamos justificar todo, pero en la vida real, a veces no hay razón aparente.
P: ¿Estarías a favor de desatar un poco las ataduras de la ficción, de no justificar absolutamente todo, o crees que siempre es necesario dar una explicación para que la historia funcione?
R: Bueno, en general, creo que una obra bien escrita necesita tener todo bien atado. Me gusta que al final todo tenga sentido y se resuelva, porque me esfuerzo mucho en estructurar la historia de manera que no haya cabos sueltos. Si quitas esa necesidad de justificar todo, puedes hacer lo que quieras, pero eso podría generar un caos argumental. Por ejemplo, si explota algo y no se explica bien por qué, la gente se enojaría y se preguntaría: «¿Qué ha pasado aquí?». Todo tiene que tener una razón, una explicación lógica, incluso si la realidad en ocasiones no la tiene. En la vida real, a veces las cosas simplemente pasan porque sí, sin mayor motivo. Pero en la ficción, la gente necesita entender por qué las cosas suceden, de lo contrario, podría sentirse insatisfecha con el desenlace.
P: Volviendo a Jotadé. Hilario Garza domina el crimen casi como un padrino, pero también hay policías y políticos corruptos. Todos juegan a su propio partido. En Jotadé hay mucha maldad, está lleno de personajes ilícitos. ¿Quiénes son los verdaderos amos del sistema en este mundo que has creado, que ahora veo tan interesante?
R: En Jotadé, el verdadero poder lo tienen personajes como Hilario Garzón y Valentín, que son los que controlan todo lo relacionado con el crimen, desde la venta de fentanilo hasta las decisiones sobre qué drogas distribuir. Estos son los amos de la calle. Pero también están los políticos y las autoridades, como el comisario o el inspector, que, aunque no estén directamente involucrados en el crimen, tienen el poder de mover los hilos y decidir quién vive y quién muere. Estos últimos están más enfocados en mantener su poder dentro de las instituciones. La corrupción está presente en todos los niveles, y aunque a veces se critique que esta corrupción es tan prominente en mis novelas, es parte del conflicto moral que quiero explorar. La corrupción está en la esencia del poder, lo cambia todo, incluso la justicia. Si todo fuera legal y sencillo, no habría tramas interesantes. Al final, los verdaderos amos son una combinación del poder de la calle y las instituciones.
P: ¿Qué has aprendido sobre el poder escribiendo esta novela?
R: He aprendido que el poder, en general, es una mierda. Si lo tienes, puede ser genial, pero si te tienes que someter a él, es frustrante y te llena de rabia. No tiene sentido tener que obedecer sin entender el por qué. Sin embargo, si eres el que tiene el poder, puedes estar tranquilo, disfrutando de tu vida sin que te importe lo que pase. Es un contraste muy grande, dependiendo de qué lado del poder te encuentres.
P: Y por cierto, una de las señas de identidad de Jotadé es, sin duda, sus insultos. ¿Dirías que los insultos y las palabrotas conforman también la identidad de cada uno?
R: Pues sí, totalmente. Aunque, al escribirlo, me doy cuenta de que tengo que equilibrarlo un poco. Si Jotadé está todo el tiempo soltando insultos, pierde su impacto. Si está rodeado de palabrotas todo el tiempo, dejan de llamar la atención. Pero sí, la forma de expresarse de Jotadé, con sus insultos y su manera de hablar, es una de sus características más definitorias. Aunque, ahora que estoy trabajando en la parte dos, a veces me dejo llevar por las burradas que dice Jotadé, pero trato de medirlas para que sigan teniendo ese impacto cuando las usa.
P: En tus thrillers tu forma de escribir es muy directa. La jerga, la violencia, todo está ahí, sin filtro, aunque a veces te moderas un poco. ¿Es una apuesta estilística para ti, o es tu forma de narrar este thriller?
R: Mira, todo lo que he aprendido lo he aprendido escribiendo guiones. Y en los guiones, siempre tienes un problema: mantener a la gente enganchada, que no se cambien de canal. Antes, cuando había cortes publicitarios, si no conseguías que el público se quedara, lo perdías. Necesitas que siempre pase algo, que la historia avance y que cada capítulo termine de manera impactante. Eso es lo que aprendí en la televisión: siempre mantener a la gente en vilo. Entonces, aplico todo eso en mis novelas, porque es la manera en la que me siento cómodo. Me gusta que la historia siempre avance y que haya giros constantes. Cuando escribo, me gusta pensar que la gente se va a meter en la cama a leer un ratito y de repente no va a poder parar.
P: Entonces, ¿tu estilo está muy influenciado por tu experiencia en el cine y en los guiones?
R: Sí, definitivamente. Llevo 30 años escribiendo guiones, y eso me ha enseñado a identificar lo que funciona y lo que no. Los últimos 15 años, me he dedicado a escribir diálogos de series, y eso me ha permitido escribir novelas mientras hacía cine y otras cosas. Ser guionista de diálogos es muy importante porque, por ejemplo, si tienes una escena de dos personajes hablando del fútbol, tienes que saber cómo hacer que esa conversación sea interesante. Porque aunque sea sobre fútbol, tienes que sacarle jugo y no dejar que se vuelva aburrida. Si no logras hacerlo dinámico, la gente se aburre. Y eso es algo que he aprendido a hacer a lo largo de los años.
P: ¿Y qué es lo más importante para ti de Jotadé? ¿Qué te gustaría que rescatara la gente de esta novela?
R: Lo más importante para mí es que la gente sienta lo que Jotadé representa. Es un personaje que, aunque tiene muchas aristas y se enfrenta a situaciones extremas, tiene una humanidad que se puede reconocer. Quiero que el lector se meta en su cabeza y vea cómo, en un mundo tan complicado y violento, uno sigue luchando por lo que cree. La historia tiene un ritmo muy marcado, pero lo que más me importa es que la gente se enganche con la emoción, el conflicto y los giros de la trama.
P: ¿Y qué hay de la continuación? Sabemos que estás escribiendo la segunda parte de Jotadé. ¿Te vas a quedar solo ahí?
R: De momento, son tres novelas. Y después, no tengo ni idea. Sale mañana, y no sé si la gente va a disfrutarla. Pero yo espero que sí, claro. Sé que tengo tres novelas firmadas con Jotadé, y hasta ahora ha funcionado bastante bien. Ya has visto cómo se desarrolla la historia, incluso con escenas como la del vértigo. Estoy trabajando en la segunda, y me lo estoy pasando genial. Creo que funcionará, y si este libro tiene éxito, el tercero también funcionará. A partir de ahí, no tengo claro qué pasará. Tengo algunas ideas, pero mi intención es hacer una trilogía. No quiero extenderlo como Bevilacqua y Chamorro, que llevan ya 20 libros. Prefiero que los personajes terminen antes de que empiecen a cansar al público. No quiero que un día digas: “¿Te has leído el último de Santiago Díaz? Ah, sí, pues ya me lo leeré cuando pueda”. Mi idea es que Jotadé se quede en tres novelas.
P: Entonces, ¿tiene Jotadé una fecha de caducidad?
R: Para mí sí. Podría haber seguido con Indira durante más tiempo, porque la gente la adora. Pero quiero que la gente la eche de menos, no que termine cansándose de ella. Mi objetivo es que, cuando lleguemos al tercer libro, la gente lo esté esperando con ganas. Y cuando termine, quiero que se queden con ganas de más. Aunque nunca se sabe, igual me animo y escribo un cuarto. Pero, en principio, mi intención es que Jotadé termine en tres libros.


