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‘The Last of Us’ temporada 2: un regreso doloroso que deja con ganas de más

La segunda temporada de The Last of Us arranca este lunes 14 de abril en HBO Max con un viaje semanal de siete capítulos y una tercera temporada confirmada

Hay adaptaciones que nacen con la vocación de sustituir, de corregir, de redimir lo que se hizo antes. Otras, en cambio, tienen la madurez de saberse hijas, no copias: extensiones de un universo que ya era sólido antes de que llegaran. The Last of Us temporada 2 entra, por fortuna, en este segundo grupo. Y su primer episodio lo deja claro desde el primer plano.

En un panorama saturado de adaptaciones que priorizan el espectáculo sobre el contenido, la serie de HBO vuelve a demostrar que entiende perfectamente lo que The Last of Us significa para quienes lo jugaron: una meditación sobre el dolor, la pérdida, el amor como obstinación y el arte como forma de resistencia. En ese sentido, esta nueva temporada no se presenta como una reinterpretación ni una revisión: se sostiene como un espejo narrativo que se atreve a mirar desde otro ángulo lo que ya nos desgarró una vez.

Necesario y esperado: The Last of Us regresa, al fin

El primer episodio arranca con un tono contenido, casi melancólico, que refleja el paso del tiempo –cinco años, según se nos dice– entre los eventos de la primera temporada y el momento actual. Ellie ya no es una niña, y Joel ya no es simplemente un superviviente endurecido: ahora son algo más complejo, más ambiguo, más incómodo. Una especie de familia elegida que aún no sabe cómo quererse sin miedo a perderse. Lo que empieza a construirse en este episodio es una tensión emocional silenciosa, cargada de pequeños gestos, de miradas que esquivan, de palabras no dichas. Mazin y Druckmann no tienen prisa: saben que el dolor más hondo no necesita gritos para hacerse oír.

The Last of us temporada 2 primer episodio
Fotograma del primer episodio de la segunda temporada de ‘The Last of Us’ | Max

De nuevo, aquellos que estamos apegados al videojuego tenemos que comprender la serie como una «hija», un complemento adicional que nos ha otorgado HBO para poder pegarnos a The Last of Us como si fuese la primera vez que lo experimentamos. Aunque difícil, no es imposible.

Visualmente, el episodio es impecable. Desde los entornos naturales que se abren como heridas verdes entre las ruinas de la civilización, hasta los interiores apagados donde el tiempo parece haberse detenido, todo está pensado para mantener una atmósfera de belleza inquietante. La fotografía no embellece la devastación, pero sí la contempla con respeto. El diseño de producción, como ya sucedía en la primera temporada, alcanza niveles de detalle obsesivos. Y eso importa, porque The Last of Us no es una historia de acción: es una historia de mundo. De cómo el mundo se cae a pedazos, sí, pero también de cómo algunas personas —pocas— insisten en seguir habitándolo.

Pedro Pascal y Bella Ramsey vuelven a sostener gran parte del peso dramático del episodio. Él, con una fragilidad disimulada que asoma por debajo de cada frase. Ella, con una energía eléctrica que se agita entre la rabia, el amor y una confusión que no sabe cómo nombrar. Ramsey, en particular, comienza a componer una Ellie más árida, menos encantadora, más contradictoria. Una decisión acertada, aunque incómoda, que adelanta el conflicto interno que atravesará todo el arco narrativo de esta temporada.

Traducción y ¿traición? en la adaptación

El guion no rehúye los cambios con respecto al videojuego. Y eso es importante subrayarlo: esta serie no quiere contentar a los puristas. Su ambición no es replicar, sino traducir. Y como en toda traducción, hay traiciones necesarias, matices que se pierden, acentos que cambian. No todos los ajustes narrativos convencen, y algunos (como la introducción de ciertos personajes o decisiones sobre la presencia de los infectados) pueden generar desconcierto. Pero incluso en sus momentos más cuestionables, la serie se sostiene por una claridad de propósito: esta es una obra que sabe lo que quiere decir y cómo quiere decirlo.

The Last of us temporada 2 primer episodio
Fotograma de Joel en el primer episodio de la segunda temporada de ‘The Last of Us’ | Max

¿Y qué quiere decir esta temporada? Si nos guiamos por este primer episodio, la violencia sigue siendo el núcleo del relato. Pero ha mutado. Ya no se trata únicamente de la lucha por sobrevivir frente a un mundo hostil. La verdadera batalla es emocional, íntima, casi invisible. Lo que está en juego ahora es cómo sobrevivimos a lo que nos han hecho, cómo seguimos adelante cuando la culpa no nos deja respirar, cómo convivimos con el daño causado y recibido.

Es una violencia más sutil, pero también más devastadora. Un resentimiento que se acumula, un trauma que fermenta en silencio. Y en ese sentido, la serie conecta directamente con el tono y el fondo de The Last of Us: Parte II, una de las entregas más divisivas en la historia del videojuego reciente. Una obra que no tuvo miedo de incomodar, de mostrar el coste emocional de la venganza y la fragilidad de nuestros afectos, porque hay historias que no están hechas para agradar, sino para doler, remover, quedarse.

Una nueva etapa… habrá que buscar la luz

Mucho se ha debatido sobre si las adaptaciones audiovisuales de videojuegos deberían aspirar a superar al original. Para quienes crecimos jugando, esa pregunta es innecesaria. El videojuego es un lenguaje en sí mismo, con sus propias reglas, tiempos y posibilidades. Lo que una buena adaptación puede hacer —lo que esta adaptación hace— es ampliar la resonancia de esa historia. No convertirla en otra, sino permitirnos vivirla de otra manera. Escucharla con otros oídos. Sentirla con otras herramientas. Comprenderla desde el afuera.

Porque The Last of Us es eso: un artefacto emocional que se activa en quien lo mira, lo juega o lo habita. El primer episodio de esta segunda temporada es, por tanto, un ejercicio de escucha y de respeto. No exento de errores o decisiones discutibles, pero honesto en su voluntad de diálogo con el original. Y eso es más de lo que la mayoría de las grandes superproducciones pueden decir hoy en día.

Puede que no guste a todo el mundo. Puede que ciertos fans vean aquí una traición, una desviación, una herejía. Pero para quienes entendemos la adaptación como una forma de relectura, como un espacio creativo donde se honra lo anterior sin miedo a transformarlo, esta temporada promete ser lo que siempre debió ser: un complemento valioso, arriesgado y necesario. Un segundo camino hacia la misma herida. Busquemos la luz.

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