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‘Misión Panda en África’: una joya inesperada para guardar como un secreto de infancia

Un viaje animado que celebra la diversidad, la amistad y la belleza de encontrarse con lo desconocido

Hay películas que uno recuerda como si fueran un sueño. No porque se desdibujen con el tiempo, sino porque su paso por la infancia fue tan intenso, tan emocionalmente resonante, que parecían estar hechas solo para ti. Películas que no sabías si realmente existieron o si las habías imaginado.

Misión Panda en África es, precisamente, de ese linaje de películas: una historia tierna, aventurera y visualmente encantadora que tiene todas las papeletas para convertirse en ese recuerdo imborrable que uno guarda en el rincón más cálido de la memoria.

Una coproducción europea con alma clásica

Dirigida por dos veteranos de la animación como son Karsten Kiilerich (nominado al Oscar por When Life Departs) y Richard Claus (Premio Platino por Ainbo, la guerrera del Amazonas), la cinta es una coproducción europea —Dinamarca, Holanda, Alemania, Francia y Estonia unen fuerzas— que fue presentada en la Selección Oficial del último Festival Internacional de Cine de Animación de Annecy. Y es fácil entender por qué: pocas veces una película infantil —o familiar, si preferimos esa etiqueta más inclusiva— logra conjugar con tanto acierto el clasicismo narrativo con una sensibilidad moderna y multicultural.

La historia parte de una premisa tan sencilla como potente: Ping, un joven panda que vive en un apacible pueblo del corazón de China, ve cómo su mejor amiga, la dragona Jielong, es secuestrada y enviada como regalo a un joven rey león caprichoso que vive en África. Sin pensárselo dos veces, Ping decide cruzar océanos y embarcarse en una odisea para rescatarla. En su camino conocerá a toda clase de animales —desde un mono travieso hasta gorilas sabios o hienas nada de fiar— y descubrirá un mundo completamente desconocido, lleno de peligros, maravillas y también, nuevas amistades.

En un tiempo en el que la animación parece debatirse entre las grandes superproducciones que saturan la pantalla con guiños para adultos y los productos de bajo presupuesto que se limitan al entretenimiento mecánico, Misión Panda en África encuentra un punto medio muy estimulante: una película hecha con cariño, sin cinismo, que apuesta por una narrativa directa y emocional, pero no por ello simplona. Como decían sus propios directores en Annecy: es una película que habla de outsiders, de aquellos que se sienten distintos, y lo hace sin necesidad de sermonear ni de caer en la condescendencia.

El gran acierto de la película reside, sobre todo, en su tono. Kiilerich y Claus no tienen prisa. Se permiten el lujo de respirar, de construir el vínculo entre Ping y Jielong desde los primeros minutos con un ritmo sereno, contemplativo incluso, para luego lanzarse de lleno a la aventura, que adopta forma de road movie animal sin carreteras, sin humanos, sin países ni fronteras. En este mundo imaginado —una África tan estilizada como colorida, un híbrido entre la sabana real y los cuentos orales— lo que prima es la conexión entre seres diferentes, la capacidad de entendimiento, la construcción de puentes culturales.

Una animación que acaricia en vez de deslumbrar

Visualmente, Misión Panda en África es una delicia. Su paleta de colores es cálida, casi onírica. Hay una apuesta clara por lo artesanal, por lo hecho a mano, que se percibe en la textura de los fondos, en el diseño de personajes, en la forma en que la luz atraviesa los árboles o se refleja en el agua. Es una animación que no aspira a deslumbrar por la técnica, sino a acariciar por la belleza. Y lo consigue.

Pero si algo convierte a esta película en una pequeña joya es su poso emocional. Misión Panda en África habla, ante todo, de la amistad. De la lealtad incondicional, de ese tipo de vínculos que, cuando uno es niño, parecen más poderosos que cualquier cosa en el mundo. Ping no es un héroe al uso. No busca fama, ni gloria, ni siquiera reconocimiento. Lo único que quiere es volver a estar con su amiga. Y eso, en su sencillez, lo convierte en un protagonista profundamente conmovedor.

La amistad como brújula emocional

La música, delicada y envolvente, acompaña con acierto cada giro del viaje. Los momentos de acción están bien dosificados, con una dirección clara que permite disfrutar de cada escena sin caer en la saturación. Pero es en los detalles donde más brilla la película: en la mirada de un gorila que duda, en el miedo disimulado de Ping ante un océano que no conoce, en la risa compartida con un mono que no deja de meterse en líos.

Es muy probable que Misión Panda en África no se convierta en un fenómeno de masas. Tal vez pase discretamente por la cartelera. Pero precisamente ahí radica parte de su magia. Porque es ese tipo de película que, como decíamos al principio, uno guarda para sí. Como un pequeño tesoro. Como una historia que viste una tarde de domingo de infancia y que te acompañará siempre, aunque el mundo no la recuerde. Y cuando, años después, encuentres a alguien que también la vio, y te diga: “¿Viste de niño Misión Panda en África?”, sonreirás con complicidad, como quien comparte un secreto hermoso y olvidado.

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