A pocas horas del estreno de ‘El diablo viste de Prada 2’, las amantes de la moda sólo podemos afirmar que volverá a marcar una época como ya hizo la primera parte. Para entender su éxito, sólo hay que darse cuenta de que más ficción sobre moda, fue un retrato —afilado y preciso— del sistema que dominaba la industria a mediados de los 2000
Corría 2006 y la moda vivía un momento de transición silenciosa. Aún no existía Instagram, el street style empezaba a documentarse tímidamente en blogs y las revistas —con Vogue como líder— marcaban el ritmo de lo que se llevaba. En ese universo, la película introduce a Miranda Priestly, un personaje que remitía inevitablemente a Anna Wintour. Pero más allá de la ficción, lo que construye la película es una estética que encapsula —y amplifica— las tendencias clave del momento.
Si algo define la moda de mediados de los 2000, a la que tanto recurrimos este 2026, es la obsesión por la silueta pulida. Los looks que vemos en pantalla como un protagonista más de la película, están dominados por abrigos estructurados, blazers entalladas, vestidos lápiz y botas altas que estilizan hasta el extremo. El power dressing seguía muy presente, pero con una sofisticación más refinada: menos agresiva, más silenciosa. Firmas como Chanel, Dolce & Gabbana o Valentino definían ese lujo visible, donde cada pieza se convertía en objeto de deseo para aquellas que tomamos de la pasarela nuestra mayor inspiración.
El vestuario —supervisado por Patricia Field— no sólo acompaña la narrativa, sino que la construye. Y lo hace a través de algunos de los looks más icónicos de la historia reciente del cine de moda. Ese momento en el que Miranda explica la cadena de decisiones detrás de ese color se convierte en una lección magistral sobre cómo funciona la industria. Pero también hay otros estilismos clave: los abrigos como protagonistas, las capas de prendas, los vestidos ajustados combinados con botas over-the-knee.
Lo más destacable de Andy Sachs
El arco de Andy Sachs es, en sí mismo, una narrativa de tendencias. Su transformación pasa por adoptar algunos de los códigos más reconocibles de la época: el uso estratégico del negro, los tacones de aguja, las gafas de sol como elemento casi identitario. Uno de sus looks más recordados —el abrigo verde con botas altas negras— sintetiza ese momento en el que la moda deja de ser funcional para convertirse en herramienta de poder.
También es interesante observar cómo la película anticipa tendencias que hoy siguen vigentes. La idea de superposición de capas, el protagonismo del abrigo como pieza central del look o el uso del accesorio como elemento narrativo siguen siendo claves en el estilismo contemporáneo. Incluso el concepto de “uniforme” que encarna Miranda —esa repetición calculada de siluetas y tonos— resuena hoy en figuras que entienden la moda como identidad más que como tendencia.
En paralelo, el universo masculino también refuerza ese momento estético. Los trajes impecables y las camisas perfectamente cortadas muestran una elegancia clásica que contrasta con la presión constante por innovar en el vestuario femenino. Todo responde a una lógica muy clara: la moda como sistema jerárquico donde cada detalle comunica estatus.
¿Por qué marcó una época ‘El diablo viste de Prada’?
Vista desde hoy, la película no solo funciona como entretenimiento, sino como archivo. Un documento que recoge cómo se vestía, pero también cómo se pensaba la moda en un momento en el que el lujo era aspiracional. Realmente las tendencias descendían desde las grandes cabeceras y el acceso a ese universo estaba limitado. Y, sin embargo, muchos de esos looks siguen funcionando. Porque más allá de la tendencia puntual, lo que ‘The Devil Wears Prada‘ entendió —y supo traducir visualmente— es que la moda no es solo estética. Es contexto, es narrativa, es poder.
Por ahora estos son algunos de los momentos más icónicos que ya nos han dejado ver. Nosotras no podemos esperar las pocas horas que nos quedan para conocer la historia y descubrir todas las tendencias que reproduciremos en pocas semanas.


