Con Las Brujas de Monte Verità, Paula Klein desafía las concepciones convencionales sobre el destino de las utopías
Paula Klein (Buenos Aires, 1986) es doctora en literatura comparada, licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y posee un máster de la École des Hautes Études en Sciences Sociales. Actualmente, reside en París, donde ha compartido su conocimiento enseñando literatura latinoamericana y comparada en diversas universidades de Francia. Desde 2022, ostenta el título de profesora titular en la Université Clermont Auvergne.
El enfoque de sus investigaciones se centra en la literatura documental y en la exploración de los vínculos entre la ficción y la no ficción en la narrativa latinoamericana contemporánea. Paula Klein es también escritora, habiendo publicado su primera novela, La luz de una estrella muerta, en 2021. En ese mismo año, Classiques Garnier lanzó su ensayo Petites mémoires et écriture du quotidien. Cortázar, Perec et leurs échos contemporains, que recibió el Premio a la edición PSL-Translitterae.
Su segunda novela, Las brujas de Monte Verità (Lumen, 2023) es un desafío narrativo para cualquier lector que aprecie la investigación sobre las voces calladas históricamente. El libro narra la historia de Verónica, una profesora argentina que, tras convertirse en madre, siente que la propia maternidad ha restringido su libertad. Buscando inspiración para su libro, se sumerge en la investigación de un hecho real poco conocido: la creación de una comunidad naturista en Suiza en el siglo XX. Este grupo, conocido como las «brujas de Monte Verità,» abrazó movimientos como el feminismo, la libertad sexual, el poliamor y el antibelicismo mucho antes de su tiempo.
Acompañada de dos amigas, Verónica se aventura a las montañas de Ascona, donde descubre conexiones sorprendentes entre su propia vida y las de estas mujeres del pasado.
Combinando ficción y ensayo, la novela explora la lucha por la libertad y cómo el pasado puede iluminar el camino hacia la realización personal en el presente.

Pregunta: ¿Por qué has escrito este libro?
Respuesta: Porque hay temas y preguntas que se me vuelven obsesionables, y llega un momento en el que o le sigo dando vueltas y termina en notas, o lo plasmo en algo (y aquí entraría la ficción). La pregunta que me llevó a esto fue: “¿Qué pasa con todas estas obsesiones actuales de querer vivir bien, reconectar con la naturaleza y tener una vida más simple?”. Sentía que alrededor mío, sobre todo post-pandemia, había mucha gente queriendo materializar sueños que parecían casi del pasado. Me puse a investigar en sociedades utópicas justo por eso, y descubro Monte Verità casi por azar, pero me di cuenta de que ya había estudiado el tema cuando di Letras y Artes en Argentina. Y me empecé a interesar por esta sociedad anarquista y utópica… pero me doy cuenta de que está todo contado desde el punto de vista de los hombres. ¡Pero era una comunidad que en un principio tenía una especie de matriarcado primitivo, protofeminista! ¿Qué era lo que pasaba con las mujeres? Entonces la pregunta se fue transformando hacia “¿Qué me dicen las utopías del pasado sobre las utopías actuales y por qué cuando una utopía fracasa se puede decir que fracasa? ¿Hoy en día estamos volviendo a esas ideales hacia esas utopías y no hay ningún germen?” Y ahí la pregunta se extiende al futuro, junto a la ficción como manera de encontrar utopías futuras.
P: ¿Por qué crees que ahora hay este Beatus Ille en alejarse de todo?
R: Cuando estuve leyendo lo que decían los Monte-Veritànos contra la sociedad de consumo, contra los medios, contra el capitalismo… yo sentía que me estaban hablando personas como vos y yo de ahora, pero no. Estaba leyendo textos de 1900 y me resonaban igual que me podían resonar ahora. Creo que es porque estamos hartos. No estamos siendo felices con la vida urbana. Es normal que nos preguntemos cómo vivir de una manera más simple, de conectar con maneras genuinas, y ahí vuelve la naturaleza. Me parecía que estaba bien el no caer ahí de manera ingenua, es la historia de los tiempos. También pensar que muchas de esas utopías en el tiempo, de Emerson, Thoreau, Rousseau… son todo utopías masculinas. En esta, hay mujeres pensando, y es diferente. Es distinto cuando las mujeres vuelven a las naturaleza o las mujeres dicen que hay algo en la naturaleza para darme, pues quien pone el cuerpo en estas utopías de kibutz, son mujeres. Me pareció que estaba bueno, el desromantizarlo y contar lo crudo que fue para esas mujeres (también fue maravilloso para otras, como Ida Hofmann o Mary Wigman). También cuento en la novela qué es lo que pasa a otros personajes más frágiles, pero… ¡el campo en invierno es terrible!
P: ¿Consideras esta novela un estudio de todo lo que pasaron esas mujeres en Monte Verità más que una narración, o que está a caballo entre la ficción y el estudio?
R: Está a caballo entre las dos. Al menos la quiero como bien articulada entre las dos, que la narración entre la narración de Verónica y su crisis existencial creara un diálogo imaginario y ficcional con estas mujeres del pasado. Tras un proceso de investigación largo, es una ficción, porque ellas toman la palabra. Lo dije tras mucho tiempo, por mucho que esté documentada, habla Ida Hofmann, habla Mary Wigman. Y eso lleva a imaginar, porque no todo está en los archivos.
El lienzo de una obsesión
Monte Verità fue una comunidad protohippie fundada en la Suiza italiana a principios del siglo XX, se originó como un sanatorio naturista y evolucionó en una escuela de danza y arte de vida, finalmente convirtiéndose en un lujoso hotel. Inspirados por la «reforma de la vida» alemana, sus miembros abogaron por escapar del capitalismo y vivir en armonía con la naturaleza, promoviendo el nudismo, el veganismo, el poliamor y la liberación sexual. Incluyó a figuras notables como Carl Gustav Jung, Otto Gross, Hermann Hesse y otros intelectuales. A pesar de su búsqueda de la libertad total, surgieron conflictos debido a las contradicciones en sus teorías y la lucha por la emancipación de la mujer.

P: Hablando de tu personaje de Verónica. ¿La consideras una antiheroína?
R: Nunca la habría pensado como heroína, eso seguro, así que tal vez la habría considerado como antiheroína. Creo que tiene algo que tenemos muchas mujeres de mi generación, mujeres que queremos hacer cosas culturales o que trabajamos y nos encontramos con un mundo que te ningunea. Luego está la maternidad, que te complica un poco más, las relaciones amorosas… No sé si la quise como una antiheroína, pero la quise como alguien real, genuino. Alguien que no la está pasando bien, que al menos nos habla para las mujeres de treinta y pico.
P: ¿Consideras tu obra un Good for her?
R: No sé si hace cosas cuestionables, porque hay mucho de la imaginación y aspectos muy romerianos en ella. Es una protagonista que sueña con abandonar a su familia y tener otra vida, pero también es algo que está en todos los tiempos, el separarse de todo. El pensar que esta vida de familia es una vida de esclavitud (a pesar de que ella los ama, tanto a su marido como a su hijo). No sé qué tan cuestionable es lo que hace, tiene un viaje, investiga, y le pasan cosas, pero yo lo veía más como un camino de aprendizaje, un roadtrip de aprendizaje. Ella quiere conectar con algo más de lo sobrenatural, escuchar esa voz de esas mujeres del pasado y que le pase algo en el cuerpo. Siente que su cuerpo está anquilosado y hay un deseo que va llevando la novela hacia lo sobrenatural, pero muy pequeño. ¡Pero le van pasando cosas raras!
P: Sobre el cambio. ¿Crees que hay más miedo al cambio que antes?
R: Creo que estamos muy descreídos como generación del cambio. Más allá de que estemos hablando de política, como generación no creemos que sea posible un proyecto utópico como lo creían los Monte-Veritànos, como lo creía Rousseau, Thoreau… estamos descreídos, como dice Remedios Zafra, “un problema con el entusiasmo”. La sociedad te saca esas ganas, está hecha para anquilosarte y sacártelas. Y mi personaje dice: “No, yo quiero hacerle la guerra a esto. No tendré trabajo, terminaré yendo a los Pirineos”. Hay algo en ella que dice que hay un elogio de la inútil, el decir “Basta con el utilitarismo y que todo sirva para algo”. Para el personaje es un cambio.
P: ¿Cuánto simbolismo hay en tu obra?
R: Sí que hay preguntas que atraviesan la novela: ¿Qué pasa con las utopías? ¿Qué pasa con mi pasado, qué me dice mi pasado del futuro? Pero no hay nada simbólico, solo crea puentes de imaginación entre las sociedades del pasado y las del presente. Quiero que a alguna gente de hoy le pueda resonar algo de esto.
P: ¿Y por qué mezclar el ensayo y la novela?
R: Porque hubo una investigación muy larga. Entonces, la cuestión era: O hago una novela histórica (pero no quería hacer eso). Yo quería hacer una historia con una protagonista que esté pensando y viviendo todo esto, y que cambie a medida que pasa el tiempo. Entonces ella está tomando notas, ella está escribiendo, ella ahora lee esto… me permitía ingresar en 1900 de una forma que no sea muy forzada. Y me surgió una idea de además que la novela se volviese más ensayística al estar ella reflexionando, le doy la palabra. También a los personajes del pasado en primera persona. También aparece en el roadtrip, pues ella cuenta lo que pasa en el museo y ve cosas. A mí me interesan esos géneros híbridos, las novelas que más me interesan son las que juegan con esa hibridación genérica. Me interesan esos cruces. ¡Me interesan los libros complicados! Si son libres, ¿por qué leerlos?
La Paleta de la Libertad
Monte Verità, ubicado en las orillas del lago Mayor en Ascona, Suiza, comenzó como un sanatorio naturista a principios del siglo XX y se convirtió en un experimento social y cultural que atrajo a destacadas figuras intelectuales y artísticas de la época. Su ambiente de libertad sexual, vegetarianismo, nudismo y espiritualidad lo convirtió en un imán para pensadores, artistas y escritores como Carl Gustav Jung, Hermann Hesse, D. H. Lawrence, y Ernst Bloch. Este singular lugar, con su historia de idealismo y experimentación, dejó una huella perdurable en la exploración de nuevas formas de vida y pensamiento en la Europa de principios del siglo XX.

P: ¿Monte Verità es una vía de escape correcta o incorrecta?
R: No creo que podamos hacerle ninguna atribución ética o inmoral diciendo que esto está bien o inmoral. Ellos eran unos locos buenos (experimentaron ellos mismos con sus cuerpos). Experimentaron con el amor, con las terapias orgiásticas, el psicoanálisis… en ese sentido no pensamos que les podamos decir nada. Ellos tomaron ese desafío de: “Nosotros queremos alejarnos de la vida de las ciudades, fundamos esto”. La pasaron muy mal algunos. Varias mujeres se suicidan, viven en condiciones casi precarias, pero se permitían vivir como ellos querían, en base a sus valores, la libertad, su filosofía… y me parece que son personajes novelescos pero muy genuinos también. Está bueno reconstruirlos. Es muy desconocido.
P: ¿Deberíamos reconstruir la definición clásica de utopía?
R: Me parece que está muy bueno plantearnos qué es para nosotros la utopía hoy. ¿Es un lugar? ¡Un estado de ánimo? ¿Un pensamiento, un deseo futuro? Pero me parece que es muy importante porque somos una generación desencantada, el volver a plantearnos el potencial político de las utopías. En ciertas partes el pensamiento utópico te libera. Para mí está bien que haya gente que quiera irse a vivir a kibutz. Pero es esencial reflexionar, en qué momento esas intenciones comienzan a perdurar, y su por qué. Lo que tiene el pensamiento utópico es que es radical, porque te permite pensar mundos posibles y el futuro. Pero me parece que es un género esencial. Si lo abandonamos, de alguna manera, es como decir: “Bueno, que venga lo que venga”. La utopía es una manera de apropiarte de tu futuro. Aunque las grandes utopías del pasado terminasen mal, como dice Rousseau: “El hombre es perfeccionista pero perverso”. Me parece que hay que correr ese riesgo, que está bueno que haya gente que quiera correrlo aunque todo termine mal. Luego podríamos plantearnos qué es lo que pasa con los que sufren, con los niños que no tuvieron el poder de elegir. Si vos sos adulto y querés vivir tu vida así, me parece que está interesante.
P: ¿Crees que este tipo de utopía son una huida hacia delante?
R: Me parece que justamente, por ahí, frente a ciertas personas que son nombrilisme, estas utopías te ayudan a ver, de alguna manera, tus problemas cotidiano de alguna manera. Me gusta esa idea de: “Salgamos del presente”, un volver al pasado para volver al futuro. También decir que nadie inventó la pólvora, que eran cosas que iban pasando. Me gusta analizarlas y ver qué es lo que sale mal, por qué, tirar del hilo para «ver cómo estás intenciones se van tirando al techo», como dice Verónica en cierta parte del libro. No me parece que sea una escapatoria, me parece que es una vía de escape. Que entre aire. Pensar en cosas nuevas.
P: También hablas mucho del sentimiento de libertad. ¿Cuáles crees que son las primeras sensaciones de falta de libertad? ¿Cuándo uno se empieza a dar cuenta que no es libre?
R: ¡Bueno! Te lo respondo desde la protagonista. Ella se da cuenta de que no es libre y que a pesar de todos sus esfuerzos, no puede incorporarse al mundo laboral. Ella estudió arte, quiere escribir libros, además fue madre, que es una pérdida terrible de su libertad, y eso le afecta, afectó a su pareja, una relación que era buena se fue degradando… y ella se cuestiona cómo se puede ser libre hoy, siendo una mujer, con una vida no resuelta en lo laboral… y se plantea eso. Toda la novela es eso, en qué circunstancia podría ella tener una idea de libertad. Pero son preguntas. Incluso el final es medio enigmático. No me gusta dar una puerta y decir: “¡Andáte al kibutz con tus amigas y ahí vas a ser feliz!”. Pero sí me interesaba abrir esas incógnitas y que ella se pregunte. También para su hijo, pues hay un pensamiento para el futuro. ¿Dónde va a ser mi hijo libre y qué quiero para él? Entonces hay un planteamiento de futuro a través del bebé.
P: ¿Un hijo es una limitación de libertad?
R: Cuando tenés hijos… (risas), cuando tenés hijos te das cuenta que es una limitación de libertad en todos los sentidos. Tenés que elegir cosas, negociar… es una limitación concreta de tu tiempo libre, y es normal. Es una felicidad. Una de cal y otra de arena. Es una renuncia que le hacés a sabiendas de que va a ser duro. Es una felicidad con una cuota de amargor. Bueno, sí, renunciaste a tu independencia, pero después vuelve, me imagino. Yo estoy justo ahora en ese momento de tener dos nenes muy chiquitos y que cada momento es una negociación y una batalla. Y también una pena por el tiempo que no les das a ellos.
P: ¿Crees que hay una relación entre la libertad y la responsabilidad?
R: Ser libre implica ser responsable de los actos de uno mismo. Es algo que intenta plantear la novela. ¿Hasta qué punto ellos eran conscientes de lo que estaban haciendo? Cuando deciden crear la comunidad y ser veganos y no darle proteína a los niños. Escuché hablar a una descendiente decir que casi se queda ciega. Cuando ponen en práctica las terapias orgiásticas y la idea de tener sexo con sus pacientes… todo, ¿no? Cuando hablan de amor libre, de libertad de las mujeres, pero lo que ves es que en una sociedad sin métodos anticonceptivos las que pagan el precio duro son las mujeres, que se ocupan de los niños, de las tareas domésticas… No hay libertad si no te haces cargo con lo que viene con eso. Hubo una irresponsabilidad fuerte desde el punto de vista de los hombres. Es muy lindo decir que esto va a ser un matriarcado primitivo. Es muy lindo, así el que: “Vamos ser feministas y nos vamos a reconectar con la diosa de la tierra”, pero cuando empiezan a complicarse las cosas por las ruedas del invierno, porque no hay plata para hacer sustentable el sanatorio. Luego son las mujeres que están ahí y aquí parece importante responsabilizar, responsabilizar a los que crearon este sistema.
Pinceladas de Utopía
Hoy en día, la realización de utopías como Monte Verità enfrenta desafíos significativos. En un mundo cada vez más marcado por la globalización, la tecnología y la interconexión, la creación de comunidades alejadas y autosuficientes como la de Monte Verità parece una tarea formidable. Además, las presiones económicas, políticas y medioambientales actuales hacen que sea difícil encontrar un espacio para la experimentación utópica. A pesar de esto, el espíritu de Monte Verità sigue inspirando a las personas a cuestionar las normas sociales y explorar formas alternativas de vida, incluso si la realización completa de tales utopías se mantiene esquiva en el mundo contemporáneo.

P: ¿Crees que hay algún legado de este tipo de comunas utópicas en la actualidad?
R: Sí, sí, completamente. La parte ficcional de la novela en la que en parte la crisis de Verónica se agranda porque su marido le propone irse a vivir a un ecopueblo en los Pirineos, en kibutz, en una granja de permacultura, cero petróleo. Tomé de inspiración algo que le pasó a una amiga y cosas que iba viendo en mi entorno. Creo que está completamente visible, no sé cómo hacen en España. Por ahí no tanto en Argentina hay otro modelo de campo que también aparece en la novela. Aparece la figura de la amiga con aquella se envía mails, pero me parece que hace bastantes años que estamos con esa idea no de vuelta a la naturaleza, pero como sin hacernos cargo, como una visión de la de la naturaleza del campo de alguien muy urbano, Me parece que era importante reírse también un poco de eso; como tu campo no es el campo real, sino que es el campo de Garcilaso de la Vega, entonces me parecía que estaba bueno plantearnos el querer realmente eso, y ahí me puse a investigar sobre ello y sobre lo que pasaba con esos lugares. Hay muchas comunas, al menos en Francia, comunidades de kibutz en los Pirineos que funcionan bien.
P: ¿Podría existir una utopía como Monte Verità a día de hoy?
R: No, yo creo que no les dejarían nunca. Lo que pasa en las comunidades estilo mormones, cosas muy cerradas en las que no se mete la ley. ¡Andá a saber lo que existe! Tanto comunidades justamente antifeministas, no como completamente las mujeres más encerradas… No sé si sería, no sé si hoy en día alguien quisiese prestarse a tal grado de experimentación en todos los sentidos. Esto fue total: experimentación con el amor, con lo sexual, con las drogas… bueno con la cabeza de la gente, porque estaban los psicólogos queriendo poner ideas políticas. Yo creo que hoy en día la gente quiere una vida más simple, más natural, más fácil. Esto era como un torbellino de ideas, faltan los ideales realmente comprometidos que hay atrás de querer volver una vía más simple, más rústica. Pero bueno, no voy a mandar a todo el mundo a vivir a kibutz (risas). Eso, falta un poco más de reflexión.
P: ¿Qué podríamos hacer para que estas ideas volviesen a florecer?
R: Yo digo leer (risas). ¡Es lo que hago todos los días! Pero si no si no leemos y si no pensamos en el pasado, si no miramos películas… ¡Digo el arte y la cultura como fuentes! Pero los manifiestos y los ensayos me parece que, si no vas por ahí, es muy rápido asumir el campo para la foto de Instagram. Si no sé qué campo es ese, es un campo que no sé entender. Me parece que si no te quedas en algo superficial (o tal vez no superficial pero que le falta espesor). Bueno eso tal vez me pasa por ser muy urbana, y todavía no conecto.
P: ¿Cuál de los ensayos escritos en el libro es tu favorito?
R: A mí me gustó mucho leer los textos autobiográficos de Mary Wigman en los que cuenta su historia. Me parece una mujer que decide bailar cuando está rozando la treintena en una sociedad super machista y le dicen que ya no puede ser bailarina. Esos relatos autobiográficos fueron increíbles. Muestra a una mujer que no se deja plegar por lo que le dictamina su época, y se vuelve una fundadora de la danza moderna y del expresionismo. Tiene una escritura muy cálida, sobre cómo lo vive, cómo lo siente, qué le pasa en el cuerpo… es muy lindo leerlo. También los textos de Lou Andreas-Salomé, eran pensadoras que yo no conocía, también por eso creo que me fascina el tema. Cuando empezás a investigar dices: “Qué locura estas protofeministas”. Algunos textos no los comparto, pues hay toda una reflexión sobre la naturaleza femenina, pero me parecen muy especial. Con lo de las brujas… he leído muchísimos ensayos sobre el poder de la bruja y de la bruja ecofeminista, y de alguna manera me parece que está bueno poner a dialogar esos ensayos más actuales sobre mujeres poderosas con lo que estaban escribiendo algunas, aunque no te leas el ensayo entero, pero saber quién era esa mujer, saber que tenía una teoría sobre el erotismo y el amor libre. A mí me gustó.
La bruja en el cuadro actual
En 1913, Rudolf von Laban llega a Monte Verità con la idea de crear una escuela de danza y conoce a destacadas figuras de la danza moderna como Mary Wigman, quien desarrolla un estilo de baile influenciado por lo sobrenatural. El «Baile de la bruja» que Wigman creó en 1914 desafió las normas patriarcales y conecta a estas mujeres con la idea de las brujas, quienes desafiaban convenciones al escribir, componer, bailar y vivir de manera libre. Su influencia y sus actuaciones provocaron controversia en la comunidad local, que las veía como figuras peculiares y liberadas.

P: ¿Cuál es tu opinión sobre la figura de la mujer estilizado a un elemento maligno como viene siendo el de una bruja? ¿Crees que ahora es más atractivo?
R: Sí. Creo que gracias a todo el trabajo que hicieron las feministas desde siempre, en los años 60, se empieza a revindicar la figura de la bruja como algo positivo. Pasó de ser la poseída, la víctima, la quemada, a ser la revuelta, la rebelión, empoderamiento. El movimiento que menciono en el libro que no es muy conocido, que se llama W.I.T.C.H (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell), como conspiración internacional, eran feministas norteamericanas que dijeron “Vamos a agarrar todo este ritual de la bruja para hacer feminismo contracultural”. Esto tiene coletazos hoy en día. Me parece muy rica esa imagen de la bruja, pues la bruja es la mujer que sabe, que quiere saber, por ejemplo, el cómo producir un aborto, curar… y eso era terrible para la época, pues la mujer tenía que procrear y quedarse en el lado doméstico. Las brujas eran mujeres que querían trabajar, y ser parte de todo esto. Va también por parte de la naturaleza. Hoy en día todos nos planteamos qué hacer con el capitalismo y cómo volverlo más sostenible. Abre muchas aristas el tema de las brujas.
P: Hay muchas comunidades pequeñas que son cerradas y se reportan casos de violencia y maltrato, pero nadie interviene. ¿Por qué crees que se permite esto?
R: Estaba leyendo hace poco el libro de Women Talking. Ellos tienen un sistema cerrado que impide por determinadas creencias religiosas que ahí entren ciertas fuerzas de autoridad. Me parece terrible que eso exista a día de hoy, pero es un hecho. Está bueno saber que eso existe y que no es algo del pasado, por otra parte.
P: ¿Tienes algún referente a la hora de escribir, crear o investigar?
R: Muchísimos, pero para lo de la escritura e investigación tengo a Javier Cercas, el español, tiene muy buenas voces narradoras. Lo leo y lo releo, y vuelvo, y veo cómo se plantea las preguntas. Hay un francés, Emmanuel Carrère, que hace relatos en ficciones no ficcionales, pues siempre va construyendo relatos. María Moreno, para la literatura argentina me parece que es una capa de la investigación ficcionalizada. Después hay muchas jóvenes cronistas latinoamericanas que me interesa lo que hacen, aunque es mucha crónica para mi gusto. Me parece que está bueno leerlas.
P: ¿Hay alguna otra comuna aparte de Monte Verità que te llame la atención?
R: La comunidad de Walden, Thoureau, Claréense, Rousseau… me parece que son pensamientos utópicos que está bueno pensarlos y ver lo que dicen hoy, y después había leído otras que se situaban en el sur de Francia sobre comunidades maoístas… son similares, solo que más en los años 60 y 70
P: ¿Crees que estas utopías son alcanzables?
R: Creo que van a seguir produciéndose, pues son lo propio de las utopías. Por más que digamos que están destinadas al fracaso, son un pensamiento tan potente que solo vuelven a ocurrir en el tiempo. ¡Espero por el bien de todo que siga habiendo gente que se lanza en proyectos radicales!
Monte Verità fue mucho más que una comunidad protohippie en las orillas del lago Mayor en Suiza. Fue un experimento audaz que desafió las normas de su época y se convirtió en un crisol de ideas vanguardistas y estilos de vida alternativos. A lo largo de su historia, atrajo a figuras influyentes de la danza, la literatura, la psicología y el arte, y dejó un legado duradero en la forma en que concebimos la libertad, la creatividad y la emancipación. A pesar de sus desafíos y contradicciones, Monte Verità sigue siendo un recordatorio inspirador de la capacidad de las comunidades utópicas para cuestionar el status quo y explorar nuevas formas de vivir y crear en un mundo en constante cambio. Su espíritu continúa vivo en la Fundación que preserva su legado, y su historia sigue invitándonos a reflexionar sobre cómo podemos forjar utopías en un presente complejo y desafiante. Monte Verità es un testimonio del poder transformador de la búsqueda incansable de la libertad y la autenticidad en nuestras vidas.


