Las consecuencias invisibles del «¡Qué “D” estás!, ¡Qué guapa!»
Hace unos años mi tía Rebeca me regaló un álbum de fotos por Navidad repleto de instantáneas de cuando era pequeña. Desde cuando fui la única niña de la casa hasta cuando me tocó compartirla con dos renacuajos. Recuerdo abrirlo con ilusión, sentada en el sillón de casa de mi abuela. Ver los momentos más importantes de mi vida desde fuera se sentía como quien le pregunta a sus amigos: «¿Cómo me definirías en una palabra?»
Las imágenes se sucedían cronológicamente: mis primeros cumpleaños, el nacimiento de mis dos primos, la primera comunión, las navidades en familia, las fiestas… y el verano. A doble página se retrataba una inocente tarde de julio en el jardín de casa con mis primos. Jugando, corriendo y esquivando los chorros de agua de la manguera. Cuando mis ojos vieron aquellas fotografías, la ilusión se evaporó y quedó el poso de una tristeza conocida.
Una niña de 8 años con un bikini de sandías se cubría la tripa con las manos. Miraba a aquella criatura con desprecio. Aquella criatura era yo. Repudiaba el cuerpo que había crecido y que contemplaba ahora la foto desde el sillón de casa de mi abuela. El verano pasado mi mente volvió a ese recuerdo. Cuando sentí que ese cuerpo no era suficiente para que se quedasen a mi lado.
Un pensamiento recurrente: la palabra con «G», la palabra con «D». Una obsesión que llevaba años echando raíces y que solo necesitó unos meses para invadir por completo mi mente. Meses de los que solo recuerdo el cansancio y la tristeza. La oscuridad que se apoderó de mí y en la que cada noche palpaba el huequecito del esternón que se fue descubriendo con el paso de las semanas.
En mi armario se abrió un doble cajón: el regido por el tiempo y el regido por el peso. «Si estuviese más «D» sería más feliz, porque podría hacer esto y aquello; podría comprarme esa camiseta o ponerme ese vestido». Sin embargo, no había colgador en ningún probador que soportase la carga de aquella obsesión, que pesaba como los balones medicinales verde oscuro del pabellón del colegio. Intentaba seguir haciendo mi vida con él entre los brazos, pero no se puede querer a medias, no se puede abrazar con un solo brazo.
Un pensamiento denso. Un manto oscuro que llega y te envuelve. Como el jacinto de agua: una planta maligna que forma largas y gruesas alfombras sobre la superficie de los ríos, bloqueando cualquier rayo de luz solar y desplazando la flora nativa. Tras acabar con la existencia de cualquier ser viviente nace una preciosa y llamativa flor morada que hace que cualquier visitante obvie la desaparición de la demás vegetación. Muy pocos me preguntaron qué había pasado con las otras especies.
Desde el fondo del río solo escuchaba: «¡Que «D» estás!, ¡Qué guapa!» Cada cumplido alimentaba ese pensamiento invasor, esa hierba maligna. Y al final del verano solo quedaron flores violetas. Me he pasado meses retirando las plantas del río. Un año después todavía quedan raíces, así como el recuerdo de aquel manto verde que me arropó cuando tenía frío en agosto.
A ti, que lees esto hoy, solo te pido una cosa: deja de compararme con la versión de mí misma que temblaba en verano. Con la que tenía el plato igual de desordenado que la mente. Con la que se acostumbró a los puntitos blancos y negros al incorporarse y renunció a demasiadas cosas por la belleza de una flor que arrasaba con todo lo que encontraba a su paso.


