6.7 C
Madrid
lunes, 30 marzo, 2026
6.7 C
Madrid
lunes, 30 marzo, 2026

Rodrigo Cortés publica ‘Cuentos Telúricos’, unos cuentos ni cuentos ni telúricos

Cuentos Telúricos es lo nuevo de Rodrigo Cortés con Random House, y lo que sigue es una crítica de lo que no me ha gustado de la antología (dos palabras) y lo que sí me ha gustado (el resto de palabras)

Empezaré destacando lo que no me ha gustado de Cuentos Telúricos de Rodrigo Cortés —que publica Random House después del éxito de Los Años Extraordinarios y de Verbolario, y antes del éxito de los libros que están por venir, si es que vienen, aunque intuyo que vendrán, o más bien adivino, como si la lectura de Cuentos Telúricos me hubiera convertido en el personaje de uno de los cuentos (en Madame Polina, por ejemplo, que solo es capaz de adivinar lo que sabe, o lo que cree saber, como es mi caso)—  para parecer un crítico avezado y temible, y que no se note que todo lo que escribe Rodrigo Cortés me gusta y me fascina, y que lo leo embobado como si escuchara una melodía extraña que apenas entiendo, y que al entender que no entiendo creo que doy por entendido. ¿Me siguen?, creo y espero que no, pero a lo que íbamos, a lo que no me ha gustado.

Lo que no me ha gustado de Cuentos Telúricos son dos palabras, es el título: cuentos telúricos. Lo de cuentos porque no son cuentos, y lo de telúricos porque no son telúricos y porque tuve que buscar en el diccionario qué significa telúricos y entiendo que algunos de los que lean están líneas también tendrán que hacerlo, y no pienso facilitarles el trabajo —me disculpo por ello— para que se vayan acostumbrando porque otra cosa no, pero muchas palabras raras sí que aparecen en el texto (además de gente rara, y animales raros, y situaciones raras, y cuentos —que no son cuentos— raros). Así que dejo un espacio en blanco para que se tomen su tiempo y busquen qué significa telúricos, y mientras aprovecho y tomo aire y descanso de tanta subordinada, que imitar a un autor superventas —que también es director de cine, y también ha trabajado con Robert de Niro, Sigourney Weaver, Ryan Reynolds y Uma Thurman (no con todos juntos, se entiende)— le deja a uno cansado.

Me explico. Me explico por partes.

Lo que escribe Rodrigo Cortés en Cuentos Telúricos no son cuentos, y no aprovechen que tienen el diccionario abierto para comprobarlo porque se entiende que es una exageración, o si no se entiende lo aclaro entre paréntesis (es una exageración), aunque sí son cuentos pero cuentos que no tienen con qué compararse, cuentos imposibles, cuentos que nunca hubiera pensado que se pudieran escribir, y no será por no haber leído cuentos por culpa de —o más bien «gracias a»— Rodrigo Cortés que se pone a hablar de Salinger, o de Richard Matheson, o de Roald Dahl o de lo que sea y le entran ganas a uno de leer cuentos y lo termina haciendo, aunque lo que de verdad apetezca sea seguir escuchándole hablar; qué bien habla Rodrigo, qué bien. Qué bien escribe, también.

«(…) es muy difícil rematar los cuentos, mi niña, es difícil conseguir que resulten didácticos y asombrosos al mismo tiempo, pero a la vez ejemplares y a la vez interesantes y a la vez musicales y a la vez inesperados, y que a la vez te interesen a ti». Eso es lo que dice un abuelo que lo puntualiza todo a su inteligente nieta en uno de los cuentos telúricos, y eso es, exactamente (o mejor, «precisamente») lo que consigue Rodrigo Cortés al escribir ese cuento y los otros veintidós (si no me fallan las Matemáticas, insospechada invitada, en forma de sumatorios y de físicos enamorados, en esta fiesta de la Gramática y la Sintaxis que es Cuentos Telúricos). Eso es, repito a riesgo de sonar repetitivo, lo que consigue Rodrigo Cortés: que sus cuentos sean asombrosos (no faltan autómatas que aprenden a volar solos, niños negros vestidos de sheriff, caracoles que dan clases de religión a ratas), que sean inesperados (esto no lo detallo para que sigan siéndolo aunque al decir que son inesperados dejen de serlo o lo sean un poco menos), que sean musicales (canciones telúricas podrían llamarse) y que sean —aunque no lo intente, no lo quiera y trate de evitarlo— didácticos y ejemplares.

Lo otro que no me gusta es lo de telúricos, pero eso no hace falta explicarlo, o no me apetece explicarlo, o no tiene que quedar explicado, por lo que sea.

Lo que sí me ha gustado es el resto, lo que no es el título. Lo que va desde la primera letra, la L con la que empieza la antología («La mañana del último día del último mes del verano era siempre la peor»), hasta la última letra, la e con la que termina («Así es, así será y así ha sido siempre»).

Actualidad y Noticias

+ Noticias de tu interés

La Mina del Podcast: ‘Mistery Show’

La cuarta joya de la ‘Mina del Podcast’ es Mistery Show, un podcast true crimen sin crimen de por medio En cualquier lista que reúna los podcasts más exitosos se distinguen cinco grandes categorías que apenas cambian entre un top y...

La Mina del Podcast: ‘Hechos Reales’

La tercera joya de 'La Mina del Podcast' es Hechos Reales, un podcast donde se cuentan historias que parecen de ficción, pero que sucedieron de verdad El 13 de enero de 1999, Michael Jordan anunció que con un 99% de posibilidades...

Josep Maria Esquirol: «La escritura es una manera de crear una escuela un poco más amplia: la escuela de los lectores»

Josep María Esquirol escribe en su nuevo libro La escuela del alma: De la forma de educar a la manera de vivir, un ensayo que es también una carta de amor al estudio y a la vida en comunidad Josep...

Descubre más desde El Generacional

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo