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Josep Maria Esquirol: «La escritura es una manera de crear una escuela un poco más amplia: la escuela de los lectores»

Josep María Esquirol escribe en su nuevo libro La escuela del alma: De la forma de educar a la manera de vivir, un ensayo que es también una carta de amor al estudio y a la vida en comunidad

Josep María Esquirol publica su cuarto ensayo junto a la editorial Acantilado, después de La resistencia íntima (2015) —que recibió los premios Ciutat de Barcelona y Nacional de Ensayo, La penúltima bondad (2018) y Humano, más humano (2021).

Pregunta: Una frase de finales de la Edad Media, de Alberto Magno, resume para ti el concepto de universidad: “La universidad es la dulzura de la vida en común de maestros y discípulos en la búsqueda de la verdad”. ¿Por qué?

Respuesta: La resume bien porque primero alude a una comunidad, es decir, a un nosotros. La escuela es un nosotros donde hay una cierta diferencia entre los que enseñan o los que ayudan a orientarse, y los que aprenden o se están orientando. A pesar de esta diferencia, la comunidad es real porque la orientación de la vida nunca se termina de alcanzar del todo, de modo que los maestros son a la vez alumnos, son estudiantes. Es decir, el estudio es para todos, para unos y para otros. Estudio es esta atención permanente que está llena de sentido porque algunas cosas del mundo merecen mucho la pena y ellas mismas nunca se agotan, y la orientación nunca se alcanza definitivamente.

Lo segundo es que esta actividad tiene una cierta dulzura, es dulce. ¿Dulce en qué sentido? Es algo relativo al domingo de la vida ¿Por qué? Porque la vida tiene momentos de mucha dificultad, incluso diría de mucha dureza, pero en cambio la idea del domingo es una idea de aquel espacio —aquel tiempo a la vez— que están al margen de, o después de, o antes de, la dificultad de la vida, que viene representada perfectamente como el día laborable. Esta es la dulzura: lo relativo a la vida en común y lo relativo al tipo de actividad que ahí se hace, que es el estudio. El estudio forma parte de la teoría, y la teoría, el momento de la contemplación, es el domingo de la vida, y la dulzura tiene que ver con eso.

Finalmente, en esta frase encontramos la palabra verdad que nosotros podemos mantener como tal —a mí me gusta mucho esta palabra— pero que también puede cambiarse. Lo importante es decir que este movimiento que hacemos los que formamos esta comunidad es para aproximarnos a un horizonte que merece la pena. Este horizonte puede ser llamado verdad, puede ser llamado belleza, puede ser llamado bien, pero alguna de estas palabras mayúsculas sin ninguna duda. Hacer camino hacia el bien, hacer camino hacia la verdad o hacer camino hacia la belleza, es algo que continúa siendo hoy una muy buena definición de lo que debería ser el espíritu de toda escuela.

P: A lo largo del ensayo utilizas versos o poesía para argumentar. Me acuerdo en concreto de unos versos de un místico alemán que dicen: “La rosa es sin porqué, florece porque florece”. ¿Por qué ayuda la poesía a pensar o a desarrollar filosofía, si aparentemente no están relacionadas?

R: Solo aparentemente porque cuando las cosas se miran más de cerca y se entra en ellas, uno se da cuenta de que hay un tipo de poesía enormemente reflexiva y profunda; y quien dice poesía, dice literatura, o dice cine, o dice pintura. A mi modo de ver, el pensamiento —también se puede utilizar el término filosofía— no se reduce a un ámbito académico, pensar está en todas partes y hay que aprovechar ahí donde esté. A veces te encuentras con un tipo de escritura poética que en muy poco dice tanto que te quedas maravillado, y te llega a dar un poco de envidia, envidia sana. Aquello lo puedes utilizar casi como una imagen, como una descripción, y un discurso algo más conceptual puede ir acompañado de ello. Es decir, es algo que añade, que ilustra; la poesía es una muy buena ilustración de algo que tú estás diciendo de forma más discursiva.

P: Dentro de esta poesía, ¿alguna referencia de poetas que tengan esta capacidad para condensar pensamientos o reflexiones filosóficas en versos muy concretos, que casi te dan envidia?

R: Siempre intento estar leyendo algo de poesía porque me gusta. A parte de los que cito en el libro, te digo dos autores. Estoy releyendo versos de Pessoa, y poemarios de una cantautora y poeta catalana que se llama Ivette Nadal. Sobre todo, el último —que se llama Camino de Texto— tiene unos versos muy bonitos.

P: Otro concepto del que hablas es del umbral que separa la escuela del resto.  Hablas de la escuela como un lugar casi sagrado, un lugar donde se respira diferente y se mira diferente. En este contexto, y con la popularidad actual de los estudios a distancia, ¿para ti estos estudios también son escuela?

R: No resulta fácil responder a esta pregunta. En el ensayo mantengo intencionadamente un sentido un poco vago del término escuela. No quiero que se circunscriba de manera demasiado rápida, ni que se limite a una figura determinada, y por ello, mantengo esta intencionada vaguedad del término escuela. Lo que sí digo es que para que haya escuela tiene que haber unos encuentros verdaderos que son el encuentro con el compañero y con el profesor, es decir, un encuentro con el que tienes al lado y con el diferente. Me parecería demasiado fácil afirmar que todo lo que se produce a través de la pantalla no puede tener el carácter de encuentro. Lo cierto es que hay un tipo de tecnificación del mundo que dificulta o hace más difícil que se produzcan estos encuentros. En este sentido, subrayaría la fuerza que tiene el encuentro físico, el encuentro personal de tú a tú; aunque no por el hecho de que dos personas estén en el mismo lugar asegura que se produzca este tipo de encuentro del que estoy hablando. Este encuentro es algo que te afecta profundamente. Que este tipo de encuentro pueda mantenerse o pueda cultivarse incluso a través de la pantalla no me parece algo que no sea sensato, que no pueda ocurrir. Ahora bien, cuando se entiende la escuela como una situación totalmente técnica, es decir, como algo que tú puedes disponer a través de la pantalla, eso que ya no tiene que ver con la escuela del alma de la que estoy hablado. Hay un tipo de disposición con un dispositivo técnico que debería llamarse de otras maneras, pero escuela del alma seguramente no lo es.

P: Hablas de la relación con el maestro, he investigado que tuviste un maestro que te impulsó a estudiar filosofía y a intentar parecerte a él. ¿Qué recuerdas de ese profesor, y qué hizo despertar en ti esas ganas de ser maestro?

R: En el mejor de los casos, en la vida se dan unos encuentros que te ayudan de una manera especial, que te ayudan a encaminarte de una manera que de otro modo no habrías hecho. Cuando estaba en lo que sería el bachillerato de ahora me encontré con un par de personas —un profesor de física y otro de filosofía— que fueron testimonios que no sólo me orientaron hacia la vida universitaria, sino que eran testimonios de una manera de vivir auténtica, sobre todo eran buenas personas. Esta bondad que imprimían a su enseñanza me resultó un testimonio determinante. Todavía lo recuerdo ahora, y creo que los tomé como ejemplo a seguir. Luego, durante mi vida universitaria, conocí a un viejo profesor italiano que ya me acompañó toda la vida hasta que murió. Nos hicimos amigos y yo también lo tomé como un referente, fue alguien que me ilustró de qué manera uno puede realmente ser un gran maestro. Era una persona muy sencilla pero que vibraba por lo que estudiaba, vibraba por lo que tenía entre manos y esa vibración era muy cálida. Era una persona muy inteligente, pero que precisamente por ser muy inteligente, era a la vez muy cálido, muy amable. Encerraba esta especie de esencia de la vida humana que es la claridad y la calidez. La persona más humana es aquella en que la calidad y la calidez se dan de forma mayúscula, y yo pude vivirlas al lado de esta persona.

P: Actualmente eres Catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona, ¿qué rol es el que prefieres asumir? ¿Maestro o discípulo?

R: Sin duda las dos cosas porque este camino, el camino del estudio —lo que ahora se llama investigación— me continúa dando mucho. Este camino del estudio no se termina nunca. Poder leer textos, prestar atención a cosas del mundo que no se agotan nunca, que tienen mucha hondura, es un placer renovado. Por ejemplo, hay un tipo de relectura de texto que es una auténtica maravilla porque piensas ¿cómo es que esto no lo había visto antes y no lo había sentido antes? Y es el mismo texto que ya habías leído. En la vida reflexiva y de estudio hay algo que continúa dándose como valioso y beneficioso con las repeticiones, y poder vivirlo es un privilegio. Además, poder compartir algunas cosas que tú ves, alguna de las cosas que tu conoces más, también es muy grato. En la docencia, ver como la mirada de tus estudiantes va cambiando conforme va abriéndose el camino de ese estudio, cuando clase a clase vas viendo que ese rostro cambia, es muy bonito. Cuando vives algo como bello y lo puedes compartir, la belleza se incrementa: compartir lo bello es un gozo. Es un gozo la compaginación del estudio personal con la docencia, y también con la escritura porque la escritura, en el fondo, es una manera de crear una escuela un poco más amplia: la escuela de los lectores. Cuando yo leo todavía a filósofos que me han alimentado muchísimo —por ejemplo a Jan Patočka, a Emmanuel Lévinas— me siento formando parte de su escuela y, en este sentido, la escritura se puede entender como una manera de crear y de cultivar la escuela.

P: Es cierto que cuando enseñas o guías te das cuenta de cosas que en el estudio se habían pasado por alto. El ejercicio de enseñar también enseña a uno mismo.

R: Sin duda. Yo me acuerdo de que durante los primeros años dando clases me sorprendía a mí mismo cuando al explicar llegaba a puntos que no tenía pensados, salían de improviso. Pensé: me voy a grabar porque no lo quiero perder. Con el tiempo vas viendo que la oralidad y el estar pensando junto con los demás, ese momento que no es de pura transmisión, ese momento es creativo en sí mismo, y siempre aparece algo, un matiz, o una pista que de antemano no tenías, y eso también forma parte del misterio de esta situación que es una situación tan privilegiada. Yo he vivido mi vida profesional como un privilegio, poderme dedicar a esto, no lo cambiaría por nada, por nada en absoluto.

P: Hablabas antes de un maestro de filosofía y otro de física, ¿llegaste a pensar comenzar una carrera en otro ámbito? La física, por ejemplo.

R: Me fui decantando poco a poco por la filosofía, pero mientras estudiaba bachillerato me gustaba mucho la parte lógica y abstracta. Las matemáticas y la física —junto con la filosofía— eran lo que más me gustaba. Estuve dudando entre hacer física o filosofía y finalmente me decanté por la filosofía, pero dudaba, y estuve a punto de matricularme en la facultad de física. Me acuerdo incluso de que, mientras estaba terminando el bachillerato —que en ese momento era C.O.U.—, me fui a escuchar un par de conferencias que se daban en la facultad de física para ver cómo era aquello y me gustaba también mucho. Esta dicotomía entre las ciencias y las letras yo nunca la he vivido y creo que es algo que es mejor relativizar, no enfatizar.

P: Este ensayo, y otros que has publicado en Acantilado, están centrados en la ética. Sin embargo, después de contar esa fascinación juvenil por la lógica, ¿has focalizado parte de tu estudio en la lógica, juntando estas dos pasiones que tenías en bachillerato?

R: La verdad es que no, la parte más lógica la he ido subordinando cada vez más al contenido. A mi evidentemente me interesa argumentar bien, discurrir adecuadamente, contar las cosas con una cierta lógica, pero es cierto que lo que quiero no es tanto conseguir un discurso perfectamente lógico y completo, sino conseguir decir de manera sensata algunas cosas de fondo. El lenguaje no es que deje de ser lógico, pero da prioridad al acercamiento a lo valioso, aunque sea a veces de forma un poco paradójica y con definiciones que aparentemente no guardan con rigor las condiciones de una buena definición. Hay un momento en que tú tienes que forzar la lógica y el lenguaje para decir cosas de fondo que merecen ser dichas. En este sentido, he ido subordinando el elemento lógico al elemento más reflexivo.

P: Sin embargo, le das mucha importancia a las palabras y utilizas definiciones que no son, como has dicho, las académicas de un diccionario. Por ejemplo, se me ocurre cuando hablas del concepto de soledad, de que cada uno es uno y no es el otro.

R: A veces, para pensar las cosas hay que repensarlas. Es interesante no dar las cosas por sabidas, y este esfuerzo por volver a la base es muy fecundo. Las palabras mismas te ofrecen la oportunidad para ver en qué sentido se acuñan. ¿Cómo es que se acuña una palabra, y porque se acuña de esta manera y no de esta otra? Es como si con esa palabra tuvieses la oportunidad de repensar la cosa misma. Cuando se da esa oportunidad la utilizo porque es una buena manera de hace pensar al otro, de empezar de cero.

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