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Attila Veres, escritor de ‘Negro tal vez’: «No me interesa crear monstruos, sino explorar cómo los seres humanos se convierten en monstruos»

La visión única de Attila Veres en Negro tal vez: una exploración profunda de la deshumanización, el horror existencial y la transformación de sus personajes más allá de lo humano

Attila Veres en Negro tal vez empieza bien tranqui. Su sinopsis, más concretamente, porque la primera línea es: “Probablemente dios ha muerto, pero sin duda el diablo existe”. La frase en sí merece dar más de una vuelta, pero en lo primero que me fijo es en “dios”, que no Dios. Y aunque parezca mínimo, el cambio de una mayúscula a minúscula en una figura como nuestro “Todopoderoso” resalta mucho, implica una transformación en la percepción del concepto.

Mientras que «Dios» con mayúscula invoca la figura elevada, única, y sagrada, «dios» en minúscula parece despojarlo de esa posición trascendente, acercándolo a lo humano, a lo cuestionable, e incluso a lo mortal. Curiosamente, mientras «dios» se ve relegado a la minúscula, el «diablo» parece ocupar su lugar innegable en la vida humana.

Traducido por Judit Faller y Andrés Cienfuegos, con un prólogo de Mariana Enriquez y publicado en España por SextoPiso, Negro tal vez es mancharse en el fango. Es caerse en el vómito y saber que tenía que pasar. Es un recordatorio constante de que tan solo por existir llevaremos en la espalda un malestar.

Hay, sin embargo, cargas mayores que otras

“No creo que haya mucha diferencia entre el horror del que escribo y lo que temo en la vida real. Podría decir que mi mayor temor, como escritor, es perder por completo la noción de escritura”, dice Attila Veres mientras tomamos un café en Madrid. Sin embargo, hubo un momento en el que casi se decidió que Negro tal vez jamás existiría.  “Cuando tenía como veintitantos, simplemente dejé de lado la idea de tener que escribir, porque pensé que no tenía ideas lo suficientemente buenas o que realmente no valía la pena escribir cosas que no me importaban porque simplemente no eran lo suficientemente interesantes.”

Y es que, el mercado editorial, dominado muchas veces por tendencias comerciales y criterios rígidos, deja poco espacio para la experimentación y las voces que necesitan tiempo para madurar. Esto genera un círculo vicioso: autores emergentes que se autocensuran y renuncian a sus proyectos porque no se sienten alineados con lo que «deberían» escribir según las normas del sistema. Sin embargo, Veres no cayó en esta trinchera: “Y, no sé, no puedo explicarlo del todo, pero llegó un momento en el que me di cuenta de que, finalmente, tenía ‘eso’. No solo ideas, sino ciertos estados de ánimo o cosas que realmente podía expresar con palabras”.

Quería explorar estas historias porque eran historias que yo quería leer.

Suelo sentirme atraída por este tipo de literatura porque la encuentro menos convencional. El horror, lo raro, lo que no se quiere narrar y lo que se teme leer son algunos de los temas que no inundan las librerías, pues nadie los escribe. Y cuando se dice “nadie”, en realidad, nunca es nadie, siempre hay alguien. Y si no lo hay, uno debe tomar la iniciativa: “Sabía que nadie las escribiría porque eran mis ideas, así que de alguna manera tuve que hacer el trabajo yo misma y escribirlas. Así que eso fue lo que hice, y así son las historias.”, afirma Veres, y después, especifica que tardó unos cuatro o cinco años en hacerlo (sin dedicarse a tiempo completo a ello).

El horror como herramienta, no fin en sí mismo

Lo que hace a la obra de Attila Veres tan única es, tal vez, la propia visión que el autor tiene de ellas. “No pienso en mis historias como historias de horror. Pienso que tratan cosas horribles, pero nunca me lo propongo: simplemente intento escribir una historia y normalmente eso me lleva a lugares bastante oscuros”. Esta predisposición que comenta rodea por completo Negro tal vez: personas que viven en una pobreza rural a las que persiguen situaciones escabrosas. Sin embargo, hay algo que diferencia su obra de las demás, aún sin querer entrar en el género de terror (pero tampoco evitándolo): Attila Veres tiene voz propia.

Es algo que él mismo exige en el género: “Como lector necesito escritores con voces propias, con sus propias perspectivas de la vida y ciertos aspectos de nuestra realidad. No necesito que sigan un diseño o se muevan en una dirección específica, sino que encuentren su propia voz particular. Buenos textos. Voces únicas reconocibles: no leo libros de terror como tal; leo a escritores de terror que admiro”.

Veres también plantea una visión interesante sobre el lugar del horror en la literatura contemporánea: “La relevancia es lo que importa. No se trata de escribir historias que den miedo, sino de escribir historias que importen, que resuenen, que tengan algo que decir”. Esta intención de trascender el género no implica rechazarlo, sino integrarlo como una herramienta para explorar verdades más amplias.

En Negro tal vez, las historias de Attila Veres no solo juegan con la oscuridad y lo perturbador, sino que también tocan una fibra profundamente humana: el miedo a lo cotidiano, a lo inevitable, a las sombras que todos cargamos pero rara vez nombramos. Los personajes de sus relatos no enfrentan monstruos clásicos o terrores sobrenaturales fáciles de identificar; sus luchas son con los vacíos, con las fracturas de la vida, con un malestar que parece enquistarse en lo más profundo del ser. No obstante, hay algo que frecuenta las doce historias que encontramos en Negro tal vez; las relaciones (y su forma de relacionarse) entre los personajes.

And they were roommates

“No son relaciones de una forma clásica, sino que se centran en cómo la otra persona te cambia (a veces de forma literal, porque trabajo mucho con la metamorfosis), o cómo uno cambia a la otra persona y si ese cambio es bueno”, dice Attila. Bromeo diciendo que si escribe historias románticas. Se ríe, y contesta: “Bueno, normalmente el cuento termina con ellos siendo felices juntos. A lo mejor para el lector es un poco terrorífico”.

Además de las relaciones entre los personajes, lo primero que noté en Negro tal vez fue su incorporación de lo humano. Aunque lo más adecuado para definirlo, en realidad, sería llamarlo la destrucción de lo humano.

“Muchas veces, intento redefinir o definir qué significa ser humano, pero desde la perspectiva de mis protagonistas, mis narradores o mis personajes. A menudo, estos personajes están gravemente dañados emocional o psicológicamente”, comenta Attila Veres: “Por lo general, son personas que están en un lugar incierto, dudando de sí mismos. No están seguros de si las emociones que sienten (o no sienten) son normales porque no tienen una percepción clara de cómo se sienten los demás. Entonces, se preguntan: ¿Ya estoy roto? ¿Ya estoy en un punto de no encajar como persona normal?.”

En Negro tal vez, Attila Veres presenta a personajes cuya transformación no busca la felicidad ni una redención tradicional, sino el abandono de su humanidad. A lo largo de la obra, estos personajes no persiguen preservar su esencia humana, sino liberarse de ella, y esta liberación no implica necesariamente la muerte. Su metamorfosis les permite trascender más allá de lo humano, alcanzando un estado que, aunque alejado de la condición humana, les resulta más natural o adecuado a su ser esencial.

También explica que, aunque sus personajes experimentan un profundo malestar emocional, no todos buscan la muerte. Muchos no tienen intenciones suicidas, pero la ansiedad que atraviesan es un tema central. En su obra, la búsqueda no es de redención ni de la felicidad convencional, sino una tentativa de dejar atrás su humanidad. «En mis historias, los personajes buscan abandonar lo que los hace humanos, no necesariamente morir, sino transformarse en algo diferente. Y en esa transformación, no siempre se convierten en algo mejor, a menudo son algo peor», dice Veres.

Este proceso de dejar atrás lo humano no implica necesariamente convertirse en monstruos en el sentido tradicional. “No son cadáveres ni copias vacías de lo que eran antes. Simplemente dejan de ser humanos, y esto les resulta más natural”, explica el autor. La transformación no es un acto de mejora, sino una forma de liberación del sufrimiento humano: el miedo y la ansiedad que estos personajes cargan se desvanecen cuando dejan de ser humanos.

Lo que distingue a los personajes de su Negro tal vez es que, al dejar atrás su humanidad, no siempre se convierten en versiones mejores de sí mismos. De hecho, en muchas ocasiones, su transformación los lleva a convertirse en algo más oscuro, peor incluso, pero paradójicamente, esto los libera. La ansiedad, el miedo y el constante sentimiento de no encajar que caracterizaban su vida humana desaparecen, y aunque en su nueva forma puedan ser considerados monstruos o esclavos de su propia esencia, se sienten más cómodos y en paz con su nuevo ser.

Sin embargo, esta deshumanización no es el único elemento de alta gravedad en Negro tal vez, pues la incomodidad existencial y las decisiones extremas juegan un rol fundamental en todo el subtexto implícito que lo recorre. Veres explora no solo el sufrimiento interno, sino también las influencias culturales de su país natal, Hungría, un lugar donde las altas tasas de suicidio son una realidad silenciosa que, según él, moldea profundamente el pensamiento colectivo.

Inevitable volver a casa

Veres reconoce que la experiencia de vivir en un país con una de las tasas de suicidio más altas de Europa marca a nivel personal a sus habitantes, incluyéndolo a él. “En Hungría, cuando las personas llegan al fondo, emocional o físicamente, pueden sentir que la única salida es la muerte”, comenta. Esta mentalidad está tan arraigada en la sociedad que se convierte en una parte casi inconsciente del paisaje emocional colectivo. Veres, quien ha conocido de cerca el sufrimiento relacionado con el suicidio, señala que este contexto cultural influye directamente en la psicología de sus personajes. Muchos de ellos atraviesan estados de desesperación y ansiedad, donde el suicidio aparece como una opción entre dos extremos: morir o transformarse en algo radicalmente distinto.

“En Hungría, la gente también es muy antagonista con los escritores que abordan el género fantástico”, comenta Veres. A pesar de que el género ha ganado popularidad en muchos otros lugares, en su país de origen, este tipo de literatura suele ser recibido con escepticismo. El autor señala que, a diferencia de otros países como los Estados Unidos, donde la gente puede imaginarse fácilmente un monstruo atacando una gran ciudad, en Hungría no existe un paisaje fantasioso tan accesible. “No tenemos un Los Ángeles o un San Francisco que se presten fácilmente a la fantasía. Los húngaros simplemente no lo creen”, explica.

Veres atribuye esta resistencia a que muchos autores húngaros que se atreven a escribir en este género carecen de la habilidad para capturar la realidad de su entorno. “A menudo es un reciclaje de los mismos tópicos, sin sustancia. Se olvida la esencia de la realidad, y por eso no se cree en ello”, señala el escritor. La falta de autenticidad en estos relatos provoca que el público se desilusione y, como resultado, se genere un rechazo hacia la literatura fantástica local. Destaca que, para que lo fantástico funcione, debe estar arraigado en una realidad tangible y reconocible. En sus obras, el entorno húngaro no es solo un telón de fondo, sino una pieza clave en la construcción de la atmósfera. “Cuando comencé a escribir, sabía que tenía que crear algo que los húngaros pudieran reconocer. Necesitaba construir una realidad sólida, porque si no, simplemente no iba a funcionar”, afirma.

Y es que, lo que queda claro en la obra de Veres es que, aunque sus relatos pueden inquietar al lector con su atmósfera oscura y perturbadora, la verdadera «maldad» o el «horror» no reside en los elementos fantásticos o monstruosos, sino en las realidades internas de sus personajes: su lucha por encontrar un sentido en un mundo que parece condenado al vacío. La narrativa de Negro tal vez no busca escandalizar, sino desnudar las grietas emocionales y existenciales de sus protagonistas, invitando al lector a enfrentarse a una realidad más cruda, menos resolutiva y, en última instancia, más humana.

El éxito en la voz de Attila Veres radica en su capacidad para abordar estos temas desde una perspectiva profundamente personal y, al mismo tiempo, universal. Aunque las historias que cuenta son profundamente húngaras, están tejidas con hilos que cualquier lector puede reconocer. Las tensiones existenciales, los miedos y las luchas internas no son exclusivos de un lugar o una cultura; son una condición humana que se extiende a lo largo y ancho del mundo. Con su enfoque único y su estilo de narración que desafía las convenciones del terror y lo fantástico, Veres ha logrado crear una obra que no solo provoca miedo, sino que también ofrece una reflexión filosófica sobre la vida, la muerte y lo que significa ser humano.

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