El martes 3 de diciembre la Euroliga confirmó que Abu Dhabi hospedará la Final Four de 2024/2025 con el voto casi unánime de la junta
La capital emiratí se confirmó como sede de la fiesta de final de temporada del baloncesto europeo en 2025, en una decisión tomada por los dueños de los clubes de la Euroliga. Solo Real Madrid y Olympiacos votaron en contra.
David Escudé, concejal de Deportes del Ayuntamiento de Barcelona, involucrado en la propuesta de Barcelona como sede para la Final Four, ya auguró en octubre el desenlace de esta pugna, en la que también estaba la ciudad serbia de Belgrado. El concejal aseguró entonces en el marco del ciclo de conferencias Hacer Metrópoli, Barcelona 2030, que habían entrado «ciudades cuyo criterio era economicista 100%», y que «no entrarían en subastas con Abu Dhabi, que pone cantidades indecentes de dinero sobre la mesa».
Así, este mismo martes se ha confirmado que la Euroliga, junto a IMG, empresa productora y distribuidora de la competición desde 2015, han acordado con Abu Dhabi la disputa de la próxima Final Four en la capital de Emiratos Árabes, apenas cuatro meses antes de su celebración. La competición de baloncesto más importante a nivel europeo se decidirá, por primera vez en su historia, fuera del territorio del viejo continente.
Un acuerdo que ‘asegura’ el futuro de la competición a medio plazo
El acuerdo entre la empresa productora norteamericana y Euroliga va más allá de la presente temporada. De acuerdo con el portal Eurohoops, Abu Dhabi pagará 50 millones de euros para albergar el evento, además de un derecho a presentar candidaturas a dos Final Four futuras. En este sentido, la Euroliga ha afirmado que estudiará estas candidaturas a su debido tiempo ya que «otras ciudades han mostrado un gran interés en ser sede», y quieren mantener sus opciones abiertas.
Esta inyección de capital sin precedentes ha activado una cláusula que extiende el contrato entre Euroliga y la empresa IMG hasta el año 2036, al lograr 100 millones de euros en ingresos desde la formación de este contrato en 2015. Un acuerdo que, de no lograr este objetivo, hubiese finalizado en 2025. Esta extensión, además, avala la estabilidad de la competición para los próximos 12 años. Ya en junio las partes involucradas (Euroliga, IMG y equipos) anunciaron su intención de mantener la estructura de licencias de la competición hasta 2040, por lo que todo encaminado a mantener el status quo deportivamente hablando.
Otras implicaciones del acuerdo
La ampliación del concierto entre Euroliga e IMG supone también un freno a cambios institucionales o en la propiedad que parecían más o menos cercanos. Por un lado, puede supone un obstáculo a la entrada de la empresa BC Partners a la propiedad de la Euroliga. El fondo de inversión estadounidense mostró hace unos meses su interés por formar parte del accionariado principal de la competición, respaldado en parte por ser propietarios de los derechos de televisión, entre otros, en Grecia y en Serbia, dos gigantes del baloncesto europeo en todos los sentidos. La revitalización económica que supone la entrada de Emiratos Árabes puede no solo aumenta el valor monetario que la Euroliga da a su producto, si no que también matiza su intención de vender una parte de la propiedad.
Por otro lado, también será un escollo parael posible desembarco de la NBA en Europa, como ya ocurre en África. Esta llegada de la NBA, sobre la que se pronunciaron hace un par de años ambas asociaciones, tiene como principal escollo la exclusividad que los equipos europeos firman con IMG, una exclusividad que ahora se prolongará hasta 2036.
Una decisión beneficiosa para todos, menos para el aficionado
Con la firma de este acuerdo, todas las partes implicadas salen beneficiadas. La Euroliga revaloriza su producto, gana en tranquilidad y asegura su cuota de poder y de control. IMG extiende automáticamente un contrato que estaba a punto de entrar en último año de vigencia sin tener que renegociar unas condiciones que le son favorables, a la par que elimina posibles competidores. Y los clubes por su parte abren la puerta a una vía de ingresos muy lucrativa que les mantenga saneados económicamente, o a flote al menos, durante los próximos 12 años. Todas las partes ganan, salvo una. Una que da sentido no solo al baloncesto si no al deporte en general, tan elemental y necesaria como denostada en los últimos años. Todos ganan, menos el aficionado.
Y es que este traslado de la Final Four de la Euroliga es un ejemplo más del éxodo ininterrumpido de eventos deportivos europeos en dirección a Oriente Medio. Una decisión basada única y exclusivamente en criterios económicos (inalcanzables para Europa), con la visibilidad y la lucha en pro de los derechos humanos como cortina de humo habitual, y con la tradición, el espectáculo y por encima de todo, los aficionados, como principales víctimas.
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La Euroliga sigue, entre otras, la estela del mundial de baloncesto de 2027, el mundial de fútbol de 2022 (y otras tantas competiciones futbolísticas), el circuito de pádel, de golf, o el calendario de campeonatos como la Fórmula 1 o Moto GP. Un proceso paulatino e inexorable en el que empresas dueñas de estas decisiones, no siempre privadas, han ido dando la espalda al motivo de ser de todas y cada una de estas competiciones en busca de un mayor beneficio económico, a veces por avaricia, a veces por necesidad y en otros casos, las dos a la vez.
La Euroliga se suma a una tendencia que parece no tener fin
Poco a poco, el aficionado va viendo como a costa de su tolerancia, su sentimiento y su pasión, el deporte profesional, idealmente propiedad de la gente que lo vive y lo siente, se va transformando en una herramienta política y económica que, cada vez más, está solo en manos de unos cuantos. Arabia Saudí, Catar y Emiratos Árabes Unidos, por ahora, se han convertido en protagonistas coyunturales de una historia que el aficionado veía venir, pero que no está pudiendo, o no está sabiendo parar.
La industria deportiva se expande en la dirección que indican quienes se han hecho dueños de ella. Propietarios sin vinculación personal ni deportiva, con «objetivos mayores» que cumplir o fondos de inversión, entre otros, son figuras cada vez más habituales en los equipos y organizaciones que toman las decisiones. Son la cara visible de un proceso de expropiación popular que arrancó hace ya muchos años, pero que últimamente no deja de recordarnos que cada vez es más grande, más difícil de parar. Así, al aficionado le queda poco más que resignarse e ir a ver cada semana al equipo de su ciudad, porque lo seguirá haciendo, pero sabiendo que si ese amor y esa pasión da grandes frutos, seguramente se recojan a miles de kilómetros de distancia.
El deporte de alto nivel, cada vez más negocio y menos deporte, escucha y mira menos, o nada, a quien lo sustenta, quien le da sentido y le dota de alma. Un transcurso deshumanizador y cruel que va tensando una de las relaciones humanas más bonitas y sinceras que existen, una relación resistente al paso del tiempo y de las generaciones, a los altibajos y las decepciones, pero que quizás no pueda, o no quiera, resistir al deseo económico de quienes entienden el deporte en números y divisas.

