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Crónica de una muerte anunciada

Tras las dimisiones de los ministros de Finanzas y Sanidad, la renuncia del premier era inevitable por mucho que Johnson no quisiera aceptar un desenlace ya escrito

Así titulaba The Economist la renuncia del primer ministro británico: “Clownfall, Gran Bretaña después de Boris”. En la última semana, las 57 renuncias en el seno del ejecutivo han puesto de manifiesto la erosión del Gobierno de Reino Unido. Lo que el exalcalde de Londres se empeñaba en negar, se concretó el pasado jueves en la puerta del número 10 de Downing Street ante una multitud de cámaras y micrófonos: “el proceso para elegir un nuevo líder debe comenzar ahora”.

The Economist' hace jaque mate con esta portada que se convierte en viral al instante | El HuffPost Noticias
Portada de The Economist el pasado jueves | Fuente: Twitter

Boris Johnson asumió el mandato de primer ministro con el objetivo de materializar la salida oficial del Reino Unido de la Unión Europea tras el intento fallido con Theresa May. Lo que no tenía previsto hacer frente, el todavía premier, era una pandemia que paralizó el mundo durante meses, una invasión de Ucrania que reorganizaría el tablero geopolítico internacional y una inflación que se muestra en Gran Bretaña como una de las más altas del G7.

Sin embargo, lo que más ha desgastado a su gobierno no ha sido estas situaciones sobrevenidas. Durante la época más crítica de la pandemia siguió, en cierta manera, la misma línea que el resto de dirigentes europeos. Asimismo, tras el ataque de Putin a Ucrania, ha sido uno de los aliados más activos de Volodímir Zelenski. Lo que realmente le ha pasado factura, y le ha invalidado a la hora de mantenerse al frente del ejecutivo británico, han sido los escándalos que ha protagonizado. El famoso partygate en el momento más crudo de la pandemia, con sus posteriores mentiras y encubrimientos, y el reciente caso de acoso sexual de Chris Pincher (a quien Johnson había nombrado jefe de la disciplina del Partido Conservador) han terminado por agotar el crédito de la sociedad británica y, principalmente, de los dirigentes ‘tories’.

Una de sus mayores virtudes es moverse en ambientes de emociones fuertes, lo que explica la mayoría absoluta que obtuvo en 2019 con el fin de oficializar el divorcio con Bruselas. Pero la presidencia del Reino Unido ha sacado a relucir, de la manera más fidedigna posible, todos sus defectos ligados a la falta de compostura presidencial. Sus atributos lo definían como un hombre dicharachero, divertido y culto; lo que casaba estupendamente con su oficio de columnista en su corresponsalía en Bruselas durante los años noventa. Sus artículos, tal y como afirman miembros del Partido Conservador, contribuyeron al cultivo del euroescepticismo en la sociedad británica. No obstante, una legislatura al mando de un aparato burocrático como el británico requería mucho más: su indisciplina, hipocresía y falta de honestidad terminaron por arrebatarle lo que definió en su renuncia como “el mejor trabajo del mundo”.

En la pasada cumbre de la OTAN celebrada en Madrid, los dirigentes europeos ya advirtieron que se encontraban ante un presidente con las horas contadas. Pese a que salvara la moción de censura interna a la que se expuso en su propio partido a principios del mes de junio, la huida hacia delante que lleva protagonizando desde que estallara el partygate ha llegado a su fin con el escándalo de uno de sus últimos nombramientos, Chris Pincher. Ha sido la gota que ha colmado el vaso. A pesar de la resiliencia numantina que mostraba el premier, su mandato no se sostenía y el último empujón se lo dieron sus propios ministros en forma de dimisión. Por si fuera poco, la transición no tiene pinta de que vaya a ser dulce, puesto que Johnson ha anunciado que permanecerá como primer ministro hasta que los ‘tories’ encuentren un sustituto, mientras que los propios miembros del Partido Conservador exigen que renuncie de inmediato y anuncie un ejecutivo interino.

Boris Johnson, el mayor fan del Museo del Prado: se aparta del resto de líderes y se pasea en solitario para admirar los cuadros
Boris Johnson en el Prado durante la cumbre de la OTAN | Fuente: Twitter

Lo que parece estar claro es que nadie va a lamentar la salida de Boris Johnson, y menos en la Unión Europea. En Bruselas ya ansían un nuevo líder británico que facilite y se muestre más colaborativo a seguir negociando los muchos frentes que siguen abiertos por el Brexit, empezando por el conflictivo Protocolo para Irlanda del Norte. Al fin y al cabo, tras casi tres años como premier, una de las mejores estampas que ha podido dejar en su legado Boris Johnson fue la ofrecida por el británico en los pasillos del Prado, con un semblante de contemplación, ensimismado y encandilado por los cuadros que tenía la suerte de presenciar.

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