La localidad de Baldornón se convierte en un ejemplo de solidaridad y acogida
Eduardo Galeano decía que “mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo”. La historia de las familias Ustymenko y Nepriakhina tiene como protagonistas a personas corrientes, muy alejadas de quienes acaparan titulares cada día sobre la guerra en Ucrania, y por eso pueden parecer “pequeñas”. Sucede también en un pueblo muy pequeño donde viven menos de doscientas personas, las cuales hicieron cosas a simple vista sencillas, pero que si se juntan todos estos pequeños elementos, se construye una historia que ejemplifica a la perfección cómo el calor de la solidaridad puede acoger a uno en el frío camino que conlleva el exilio.
Anna Nepriakhina vivía con su marido y su hijo Matvii, en ese momento de 10 años de edad, en Kiev. Ella tenía ya seis cafeterías, con el proyecto de su séptimo local ya muy avanzado, mientras que él trabajaba en el gobierno central. Por su parte, los Ustymenko vivían en la pequeña ciudad de Vyshgorod, a 10 kilómetros de la capital del país. Oksana Ustymenko, propietaria de una agencia de publicidad, y su marido, locutor en un programa radiofónico matinal, compartían su día a día con su hija Kira, de 12 años, mientras que la mayor, Sacher, estudiaba en Gdansk, Polonia. Tanto ella como Nepriakhina utilizan la misma palabra cuando son preguntadas por la vida que les fue arrebatada: “era normal, muy normal”.
En la madrugada del 24 de febrero de 2022 la vida de millones de personas cambiaría por completo. La peor de las pesadillas se convirtió en una cruel realidad para los ciudadanos de un país que siempre ha estado bajo la amenaza de su gigante vecino. “He tomado la decisión de una operación militar especial”. De esta manera anunciaba el presidente ruso, Vladimir Putin, la entrada de sus tropas en territorio ucraniano, pocos minutos antes de las seis de la mañana.
Desde entonces, esta “operación militar especial” ha derivado en una guerra que, según datos de la ONU, ya ha causado 14.534 civiles muertos y 38.472 heridos. Aunque las cifras son muy dispares según la fuente a la que uno acuda, se habla ya de registros superiores al millón de bajas en los casi cuatro años de conflicto armado. Además, miles de ucranianos se vieron obligados a salir de sus hogares hacía numerosos países. Naciones Unidas registra más de 6 millones de refugiados de esta nacionalidad en toda Europa, lo que supone la mayor crisis de desplazamiento de población desde la Segunda Guerra Mundial, según asegura la propia ONU. De ese total y según datos de julio de 2024, a España han llegado 211.325 refugiados ucranianos, entre los cuales existen todo tipo de circunstancias, pero una sensación común: la de agradecimiento.
Cuando la normalidad se rompió
La ahora añorada normalidad se terminó en aquel día, cuando millones de personas se despertaron con todos los noticieros narrándoles el comienzo de la ofensiva militar rusa en territorio ucraniano. Anna Nepriakhina reconoce que al principio no era consciente de la gravedad de la situación. “Es horrible porque no entiendes lo que está pasando. No lo puedes entender”, explica. “Me estaba preparando para ir a trabajar cuando mi marido me preguntó qué hacía. Le dije que tenía una reunión importante. Yo dije que tenía una reunión muy importante a la que tenía que ir. Él respondió: ‘¿No entiendes lo que está pasando?’ Yo le contesté que no”.

La familia Ustymenko pudo experimentar una de esas cuestiones que se quedan grabadas con más facilidad en la memoria: el ruido de la guerra. La casa familiar se encuentra muy cerca de la base central hidroeléctrica de Kiev, la cual fue bombardeada durante ese primer día de conflicto. “Primero yo quería ir al pueblo donde vive mi familia. Está a 300 kilómetros de Kiev, pero enseguida nos dimos cuenta de que no podíamos movernos”, cuenta Oksana Ustymenko. “Estuvimos casi una semana encerrados en el sótano de nuestro edificio. Yo tenía miedo incluso a ducharme”, completa. Recuerda qué fue lo realmente más complicado de aquella jornada: “Todavía tengo miedo de pensar en ese día. Lo más difícil era levantar a mis hijos e informarles sobre lo qué estaba pasando. De hecho, fue mi marido quien habló con ellos”, admite Ustymenko.
Las imágenes de los tanques rusos cruzando la frontera dieron rápidamente la vuelta al mundo. Provocaron una enorme conmoción internacional y pronto se tradujo en medidas para hacer frente a un conflicto armado a las puertas de Europa. La mayoría de sociedades europeas mostraron su cara más comprometida con históricas sanciones económicas hacia Rusia e importantes paquetes de ayuda militar para Ucrania, que encontraría en la Unión Europea y Estados Unidos sus grandes aliados.
Además, el flujo migratorio procedente del país agredido se estableció como un reto mayúsculo para estos países, los cuales mostraron una inusual solidaridad. Miles de ucranianos aterrizaron durante los meses posteriores a aquel febrero. Hubo quienes incluso decidieron acoger y ayudar a familias ucranianas de manera desinteresada, ofreciéndoles un hogar y la posibilidad de empezar de nuevo lejos de su tierra. Ese fue el caso de Ana, Carolina y José Luis Rubiera.

El anhelo de un hogar vacío
La familia Rubiera Vigil fue durante muchos años la encargada de atender a los vecinos y vecinas de Baldornón, una parroquia gijonesa de apenas 176 habitantes, según datos de 2022. Casa Rubiera era el bar del pueblo, un punto de encuentro esencial para la vida social de cualquier comunidad, especialmente en un lugar tan pequeño como este. “Un pueblo sin bar es un pueblo sin alma”, destaca Ana Rubiera.
Sin embargo, tras el fallecimiento de su madre, Loly Vigil, y la posterior enfermedad de su padre, Pepe Luis Rubiera, los tres hermanos se vieron obligados a cerrar el negocio. La casa familiar quedó deshabitada, y pronto comenzaron a pensar en una solución. “Éramos conscientes de que son pocos ingresos, pero son ingresos al fin y al cabo, por lo que pensamos que seguro que alguna familia los necesitaba”, explica Rubiera. Su hermano José Luis Rubiera, más conocido como “Chechu” Rubiera, fue ciclista profesional y uno de los principales gregarios de Lance Armstrong. En cuanto supo del enorme éxodo ucraniano, contactó con un excompañero de esa nacionalidad por si conocía algún caso que necesitara ayuda. Así fue como dieron con las dos familias a quienes los hermanos Rubiera terminó dándoles una nueva vida.
“Me acuerdo que me llamó una amiga que vive en Italia con su esposo, que fue ciclista profesional”, cuenta Anna Nepriakhina. Al principio no veía claro dejar su país para ir a un lugar tan desconocido.“No sabíamos cómo llegar a la frontera ni hablábamos el idioma. Era una locura. Pero ella me recordó lo más importante: la seguridad de mi familia”, recuerda.
Cuando Nepriakhina por fin se decide a aceptar la propuesta de los Rubiera, enseguida se acuerda de su amiga, la cual ya estaba con su familia en Polonia. “Yo nunca había oído hablar de Asturias. Para mí, España era Don Quijote y flamenco«, recuerda Ustymenko. «Anna me explicó un poco sobre la oportunidad de empezar a trabajar allí y de tener un hogar», añade entre risas. Gracias a “una cadena solidaria”, según describe Ana Rubiera, consiguieron llegar a Baldornón. Nepriakhina y Ustymenko, acompañadas por sus hijos —Matvii, Kira y también Sacher, que estuvo con ellas unos meses antes de retomar sus estudios en Francia—, se toparon con lo que ambas madres describen como un pequeño “milagro”.

La llegada
Durante el viaje hacia España, a la madre de Kira le surgieron dudas sobre cómo los asturianos los acogerían. “Veía vídeos donde los ucranianos eran muy bien recibidos, pero no me los terminaba de creer”, comenta Ustymenko. Recordaba con tristeza la reacción que mostró su propio pueblo cuando habitantes del Donbass tuvieron que abandonar las zonas ocupadas en 2014. “Me da mucha vergüenza. Yo creo que nuestro gobierno tendría que haber explicado mejor cuál era su situación y sus razones”, completó.
Y es que lo que se encontraron en su llegada fue una estampa memorable. “Estaban todos esperándonos, nos dieron hasta abrazos”, cuenta visiblemente emocionada Nepriakhina. Ese cariño no fue solo fruto de la euforia inicial. Tras unos días de adaptación, se hicieron cargo del antiguo negocio de la familia gijonesa, y la solidaridad del pueblo no hizo más que crecer, tal y como recuerda Rubiera: “La casa se inundó de comida y de recursos que el pueblo les dio. Les hicimos una fiesta enorme y ellos alucinaron al llegar. Al poco tiempo abren el bar con su inglés chapurreado. Todo el pueblo se unió para ayudarles: haciéndoles los pinchos, explicándoles las tradiciones… Fue una solidaridad que volvió por partida doble”.
El obstaculo invisible
No obstante, la ayuda material no fue la única, sino que todo el mundo era muy consciente de uno de los grandes obstáculos al que el refugiado debe enfrentarse: la salud mental. Dos mujeres que viajaban con dos niños pequeños a un país desconocido, con sus parejas participando en una guerra que afectaba a todos sus cercanos.
Ustymenko destaca sobre todas las cosas el esfuerzo de todos sus nuevos vecinos por acompañarlas. “Ahora me empiezo a dar cuenta del miedo que tenían de que entráramos en algún tipo de depresión”. Incluso le ha dado tiempo para construir sus propias teorías al respecto: “No estoy segura, claro, pero creo que tenían un grupo secreto en WhatsApp dónde se turnaban para estar con nosotros. Cada uno de ellos tenían su vida, su trabajo y sus preocupaciones, pero siempre había alguien haciéndonos compañía”, narra agradecida la madre de Kira. Reconoce la dificultad de tener que comunicarse con su inglés en aquellos días: “Terminaba con un gran dolor de cabeza por el esfuerzo que requería cualquier conversación”.

Dos nuevas familias asturianas y un nuevo pueblo ucraniano
La reacción popular, lejos de ser efímera, se ha mantenido a lo largo de estos casi cuatro años. Los Ustymenko abandonaron Baldornón para irse a Gijón a vivir. Por eso, ha sido Anna Nepriakhina quién ha terminado encargándose de Casa Rubiera. Ella continúa encontrándose cosas en la puerta de su casa de vez en cuando, como leña para la chimenea o algo de sidra dulce, bebida favorita de su hijo Matvii. Él y Kira Ustymenko pronto se integraron entre los guajes del pueblo. “Mi hijo tiene mucha facilidad con los idiomas. Se integró rápido y empezó a jugar al fútbol este año”, cuenta Anna Nepriakhina muy orgullosa de su hijo, quien ya ha marcado hasta un hat trick.
Kira Ustymenko está cursando bachillerato, con beca incluida por sus méritos académicos, que no por su situación particular. El Gobierno de España facilitó mucho los trámites burocráticos para los ucranianos, pero no dieron una ayuda real económica. Ana Rubiera critica: “Cualquier promesa de apoyo económico resultó ser una media verdad. Ellas se apuntaron porque les venía super bien, por ejemplo para el coche. Esas ayudas eran muy limitadas: Solo 30 de 600 personas que la solicitaron la recibieron”.
Ambas familias han vuelto más de una vez a su país de visita, una experiencia que aunque alivie su nostalgia, describen como dura. “Es muy estresante. Cuando suena un misil tienes tres minutos para refugiarte y asegurarte de que tu hijo esté a salvo”, relata Nepriakhina. Su marido está lejos del frente entrenando a los futuros combatientes, algo que le permite hablar con él frecuentemente, lo que sin duda agradece. El marido de Ustymenko sí que está en el servicio militar, aunque goza de algunos permisos que le permiten ver a su familia y conocer las playas asturianas.
Oksana Ustymenko se ha acabado por enamorar de esta región, sobre todo de sus playas y, claro, de su gente: “le digo a todo el mundo que tiene que venir a conocer esto”. En realidad, sólo hace falta escuchar a las dos protagonistas de esta historia para notar el amor que han desarrollado por España. Especialmente notable es el cariño que muestran hacia ese pequeño pueblo asturiano en el que ahora uno puede pedir una ración de borsch, el guiso tradicional ucraniano que ambas introdujeron entre los comensales en un lugar que fue, es y seguramente seguirá siendo sinónimo de familia y afecto: Casa Rubiera.

