La maldición de Kafka (y de tantos otros)

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¡Kafka! Qué maravilla… esa mente profundamente misteriosa que ha embelesado a los más grandes estudiosos del último siglo… esa imaginación que creó una estética novedosa basada en lo absurdo y lo grotesco… ¡Kafka!, pobre hombre, que murió joven con tuberculosis, que vivió atormentado. ¡Pero qué buena literatura dejó a los amantes de los libros! 

La mente de Franz Kafka (1883-1924) ha sido una de las más brillantes dentro de la literatura del siglo XX. Su vida bajo la penumbra del anonimato, su sutileza al decir las cosas, sus misteriosas metáforas… todo ello ha hecho de Kafka uno de los escritores más interpretados de los últimos tiempos. Personajes tan destacados como Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Albert Camus, Milan Kundera, y una infinita lista de nombres y apellidos biensonantes, han escrito páginas y páginas sobre la vida y obra del autor praguense. Pretendiendo, todos ellos (faltaría más), tener la última palabra. Sin embargo, una de las ventajas de interpretar a Kafka es que se puede divagar y divagar sin que suene extravagante. Por lo tanto, todos aciertan y todos se equivocan. Y, la verdad, sería un gran perjuicio para la fama Kafka si él mismo se levantase de su tumba y desmintiese parte de lo que se ha dicho sobre él. 

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Pero, ¿por qué Kafka da tanto juego? Quizá sea porque nos entregó lo justo para entender que era un genio, aunque nos dejó con las ganas de saber en qué estriba su genialidad. Hay que tener en cuenta que prácticamente ningún periodista le pudo hacer preguntas sobre el significado de sus escritos, cosa que influye mucho en la creación del mito. Otra posible razón de la pasión que suscita el escritor es, puede, su propia vida. Un hombre frágil, de salud endeble, con conflictos internos y externos (especialmente los relacionados con su padre), insatisfecho… La gracia de la vida de Kafka es que es totalmente inseparable a su obra. Esta no se puede entender sin su vida personal. Y, lo que es más importante, su vida personal no se puede entender sin su obra.

Como bien señala Luis Acosta en la introducción a El desaparecido (Cátedra, 2017), lo más importante para Kafka era escribir. La cuestión es, ¿cómo y por qué empezó a escribir? Por lo que se intuye de sus cartas y diarios, el acto de escribir comenzó siendo para él una manera de acercarse a un mundo que no acababa de comprender. El pequeño Franz tenía que soportar a un padre autoritario que no admitía otra forma de hacer las cosas que no fuese la suya, una forma basada en la meritocracia propia de la burguesía laboriosa de finales del XIX. Tampoco la figura materna le brindaba el cariño que necesita una persona en su desarrollo. Otro aspecto que marcó la vida y obra de Kafka fue la culpa que sintió por llegar a desear la muerte de uno de sus hermanos, hecho que terminó por ocurrir. Eran tantas sus inquietudes, que decidió escribir para explorarse a sí mismo y a todo lo que le rodeaba. Si lo hacía bien, podría llegar a conciliar su mundo interior con el exterior; dos mundos aparentemente contradictorios. Estas pretensiones de “psicoanálisis” mediante la creación artística son fruto de la influencia de Freud y, más tarde, de Brentano. Por otra parte, sus ansias de comprender a la gente quedan reflejadas en el interés que le suscitó el socialismo y posteriormente el sionismo debido al elemento de solidaridad que en ambas doctrinas observó. 

Franz Kafka | Fuente: biografiasyvidas.com

¿Y para qué necesitaba reconciliarse con el mundo exterior? Entre otras cosas, para escapar de la terrible soledad que asolaba su alma. No obstante, en muchas ocasiones la escritura supuso el efecto contrario y le aisló aún más. Por ejemplo, es muy destacable que entre el 1912 y el 1917 estuvo en relaciones con Felice Bauer, mujer con la que llega a prometerse en varias ocasiones. La principal razón de que el matrimonio no se llegase a consumar fueron las dudas de Kafka, pues le aterrorizaba pensar que perdería independencia y libertad y, por lo tanto, tiempo para escribir. La relación terminó por el abatimiento que le causó al escritor la falta de reacción de Felice frente al manuscrito de La metamorfosis. Tras terminar definitivamente con la relación, Kafka decide que necesita inspiración, y para ello debe hallar soledad. Esta soledad pronto se le hace insoportable, por lo que mes y medio después de romper con Felice, se promete con Julie Wohryzek, mujer que conoce en una pensión cercana al sanatorio en el que él estaba ingresado por culpa de la tuberculosis. Como era de esperar, las mismas dudas que tuvo con Felice le vuelven a invadir. Esto provoca que en noviembre del 1919 la relación con Julie llegue a su fin. 

Como bien refleja Kafka en sus cartas del año 1921, le perturba enormemente no haber conseguido ni la soledad sana que anhelaba, ni haberse integrado en una sociedad que siempre le fue intrusa

En el 1922 comienza una intensa correspondencia con Milena Jensenská, una mujer moderna y progresista por la cual se volvería a ver ilusionado… y desilusionado al cabo de un tiempo. Por ella se planteó de manera explícita si valía la pena el sacrificio que suponía la escritura frente a la posibilidad de un matrimonio feliz y satisfactorio. Finalmente, el curso de los acontecimientos le obligó a refugiarse en la escritura.

En el 1923 recoge el sueño del amor cuando conoce a Dora Diamant. Se muda con ella a Berlín, pues él siempre pensó que esta ciudad convendría a su carrera como escritor. Ahí saca tiempo para escribir y es feliz con su pareja. Sin embargo, las cosas no le irían bien durante mucho tiempo. Pronto tendrían numerosos problemas económicos debido a la crisis que había irrumpido en Alemania y, además, su salud no hace más que empeorar. 

Dibujos hechos por Kafka | Fuente: Pinterest

En 1924 se ve forzado a regresar a casa de sus padres. Posteriormente es ingresado en un sanatorio cercano a la ciudad de Viena. Ahí, el 3 de junio del 1924, con Dora a su lado, fallece a causa de un ataque de tuberculosis de laringe. 

Murió acompañado, pero, ¿consiguió lo que buscaba?, ¿Obtuvo esa independencia que le permitiría escribir?, ¿Logró escapar de la soledad? Que cada uno saque sus propias conclusiones. Lo que parece evidente es que buscó en la escritura un camino hacia un tipo de satisfacción que el mundo real le denegaba. Y muchas veces lo único que encontró fue sacrificio sin recompensa. O aislamiento. O frustración. Pero otras muchas veces, digo yo, debió encontrar eso que tantísimo anhelaba. Fuese lo que fuese. Por eso se aferró con tal fuerza a la escritura.

Entonces, tú y yo, como buenos amantes de Kafka, nos debemos preguntar si valió la pena el sufrimiento de nuestro ídolo. ¿Qué habría sido de su obra sin una vida así de azarosa? ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a ella a cambio de la felicidad y el bienestar de nuestro querido Franz? Es decir, ¿habría sido más feliz abandonando la escritura y convirtiéndose en un buen marido? De ser así, y espero no estar precipitándome, puede que la felicidad tenga un precio demasiado alto. 

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