Desde hace poco más de un año, la vida cambió drásticamente para todos a la vez, aunque no para todos de la misma forma. La irrupción de la pandemia provocada por la COVID-19 obligó a tomar medidas que pocos sabían que nuestra legislación recogía. El ser humano, que tiende al miedo, sobre todo por el cambio y lo desconocido, se enfrentó a una realidad nueva que aún hoy se mantiene y que parece no acabar. Según la Real Academia Española el miedo es la “perturbación angustiosa del ánimo por un riesgo o daño real o imaginario”. ¿Qué pasaría si ese daño real o imaginario se prolongara durante mucho tiempo? ¿Qué nos está pasando?
El miedo es una emoción vital que todos experimentamos desde pequeños y gracias a la cual seguimos vivos. Es importante recordar que las emociones no son ni buenas ni malas, simplemente albergan funciones necesarias. La del miedo es advertirnos y protegernos, mantenernos alertas ante un peligro para, en último término, sobrevivir. En otras palabras, es un mecanismo de defensa. No obstante, existen, como explica Molo Cebrián en el podcast de psicología Entiende tu mente, dos tipos de miedo: el funcional (que nos hace huir del peligro y realmente nos protege) y el no funcional (que nos entorpece, nos bloquea, nos imposibilita continuar por alertarnos de lo que, en realidad, no constituye un peligro)
Puede ser el miedo entendido y utilizado también como arma de dominación política y de control social, una realidad retorcida a veces difícil de identificar, en la que somos títeres movidos por cuatro políticos impulsados, a su vez, por intereses del capitalismo. Aunque a veces seamos títeres, no somos ciegos, sabemos que el motor del mundo es el dinero, aquí hay poca discusión. El máximo poder se consigue con control y el máximo control se logra a través del miedo. Este nos hace débiles, vulnerables, nos lanza a firmar donde sea con tal de que acabe ya el sufrimiento. El miedo entendido como construcción social pero también como ideología.
Hay quienes fabrican miedo y lo transmiten. Hay quienes crean del miedo una ideología, sin ningún tipo de vergüenza. En un momento crítico como es este, sobran. Sobran infoxicadores y políticos. Ya tenemos bastante con nuestros miedos, más que justificados. Y es que el miedo que caracteriza al último año de nuestra vida como sociedad es comprensible. Miedo a una situación nueva y completamente desconocida, sin precedentes, un virus que no solo nos ponía en alerta por nuestra propia supervivencia, sino también por la de nuestros allegados. Este miedo con el que en mayor o menor medida todos convivimos se respira en el ambiente, se palpa a cada paso.
Hace un par de días, haciendo cola en la farmacia escuché a una mujer decir algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: “ahora tenemos más miedo que vergüenza”. Y me di cuenta, una vez más, de que siempre hay algo por encima y algo por debajo. Y que hay gente que nunca ha tenido vergüenza y hoy juega con el miedo de personas de las que desconocen sus nombres y apellidos. Y me alegra que, al menos, vayamos a ser todos sinvergüenzas de los buenos.
Creo firmemente que podemos convertir el miedo en algo positivo, que nos ayude y nos invite a tomar acción, nos desbloquee. El desasosiego paralizante que es inevitable sentir al hablar con personas que han perdido mucho en estos meses de película de terror nos cala a todos y tenemos que dejarlo ir. Tengo un mantra que me repito cada vez que siento que el miedo va a abordarme: “no hay miedo que le pueda a las ganas”. En este caso, ganas de salir de esta, de volver (o no) a lo de antes, ganas de un paseo sin mascarilla, de compartir un vaso sin miedo, de besar y abrazar, de ser libres. Esas ganas que nos levantan todos los días de la cama, aunque sea para teletrabajar en pijama, porque en el fondo sabemos que acabará.
No pretendo idealizar una vida que no sabemos si nos pertenece. Pero sí creo que deberíamos vivirla sin miedo y con toda precaución. Y es que Tito Litio tenía razón cuando decía que «el miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son”. Yo os invito a romper ese “siempre” y ver las cosas tal y como son, que ya es suficiente. No hace falta que se nos inyecte más miedo, este ya no protege, daña, porque aunque el peligro sea real, no podemos seguir viviendo angustiados. Hacen falta más inóculos de miedo y de coronavirus, de los dos virus más molestos que hoy rondan por aquí.


