Devaluación política

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Fuente: Flickr.com

La bronca, el insulto y el espectáculo ya son habituales en las sesiones de control cada semana en el Congreso de los Diputados

Cualquier persona a la que medianamente le interese la vida e historia política de nuestro país convendrá conmigo en que ser elegido diputado/a, más allá de que nuestro sistema electoral es completamente anacrónico (democráticamente hablando), constituye todo un privilegio y una grandísima responsabilidad.

Este razonamiento, tan lógico y básico en cualquier régimen democrático, se sostuvo como un valor fundamental durante los años de la Transición y posterior consolidación de la democracia por encima de las ideas políticas, partidos e intereses.

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Es decir, cuando una persona accedía al Congreso por voluntad popular, se la presuponían una serie de valores mínimos de comportamiento, educación y respeto necesarios para compartir un espacio común. Ser parte del poder legislativo llevaba consigo el importantísimo concepto de ejemplaridad.

“Ser parte del poder legislativo, llevaba consigo el importantísimo concepto de ejemplaridad”

Esta idea tan importante en la política institucional no solo ha desaparecido completamente, sino que lo que “gusta” en las redes sociales, y por tanto, a la gran mayoría de votantes, es precisamente lo opuesto: quedar siempre por encima del otro. Y para lograrlo, todo vale. ¿Dónde han quedado los valores en la política?

Hoy en día, creo que ya se puede constatar que, en España, desgraciadamente, la ruptura del bipartidismo en el año 2014 ha traído más aspectos negativos que positivos en lo relacionado con el sentimiento de representatividad y de hastío respecto a la clase política existente. Ese No nos representan tan gritado el 15-M en la Puerta del Sol de Madrid, podría volver a ser hoy, diez años después, compartido por una amplia mayoría de la ciudadanía española.

Durante estos últimos años, la política se ha vuelto un mero espectáculo televisivo al que todos los ciudadanos asistimos de público cada semana y que es narrado por los periodistas como si fuera un partido de fútbol. Fíjense qué bien organizado está el show, que incluso el lenguaje utilizado en la Cámara ha pasado a ser el nuestro, el que utiliza cada uno de nosotros en su cuenta de Twitter cuando intenta hablar de política.

“La política se ha sometido en un mero espectáculo televisivo al que todos los ciudadanos asistimos como público cada semana y que es narrado por los periodistas como si fuera un partido de fútbol”

Atrás quedó esa aura y la imagen de hombre de Estado que tenía Adolfo Suárez, la respetabilidad de Anguita, la dureza dialéctica bien entendida de políticos como Rubalcaba, Carmen Calvo o Soraya Sáez de Santamaría, la sabiduría de García Margallo o el pragmatismo y la retranca – que decía Pablo Iglesias- del propio Mariano Rajoy.

Ya no queda nada eso, ahora se ha sustituido por argumentos vacíos de contenido, por oponerse a todo lo que plantee el adversario independientemente del argumento y por no tener ningún tipo de respeto ni decoro por la sede de la soberanía nacional. Ya ni siquiera podemos pedir que los que se hacen llamar nuestros representantes, se comporten y actúen de forma digna.

Fuente: flickr.com

“Ya ni siquiera podemos pedir que los que se hacen llamar nuestros representantes, se comporten y actúen de forma digna”

No hay más que mirar cualquier debate parlamentario para darse cuenta de la enorme falta de educación y decoro de la mayoría de sus señorías. En un alto porcentaje de ocasiones en la que hay una persona en la tribuna exponiendo la postura de su grupo parlamentario sobre una proposición de ley, gran parte del hemiciclo se encuentra totalmente hipnotizados por el teléfono móvil.

Y por si fuera poco, hace unos días Meritxell Batet, Presidenta del Congreso, en su función de moderadora del debate, se vio obligada, tras varios espectáculos dantescos en días anteriores, a pedir más respeto y el cese de los insultos personales. Agravios continuos que avergüenzan a la ciudadanía, que no reflejan ni el comportamiento ni la forma de ser de la sociedad y que demuestran que es muy difícil caer más bajo.

Esto no solo provoca un descontento generalizado y la pérdida de prestigio de la democracia española, sino que tiene una consecuencia mucho más preocupante para una sociedad democrática y es la devaluación más absoluta del valor de un escaño político en el Congreso.

Así que, dado que parece que no volveremos a votar hasta 2023, no estaría demás exigirles que eleven un poco el nivel, que vuelvan a colocar la ética y los valores donde corresponden y que vuelvan a ejercer aquello a lo que dicen dedicarse, POLÍTICA.

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