HARTÍSIMAS

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Acoso callejero
Acoso callejero

París, la ciudad de las luces tiene aún muchísimas sombras. Ojalá no escribir esto, ojalá no tener que vivirlo día a día. Estamos hartas de actitudes forjadas como constantes, interiorizadas y normalizadas. Hartísimas de que los hombres sientan el dominio, la seguridad y la prepotencia de acosarnos constantemente. Ir por la calle y que te silben, piropeen, persigan, griten, pidan matrimonio, se masturben o se insinúen en espacios públicos completos desconocidos no es normal. No puede serlo.

Estamos hartas de andar con miedo, de tener que ir acompañadas o con alguien al teléfono, avisando de cuándo llegamos o mandando ubicación por si nos tienen que venir a buscar. De necesitar a otros para poder caminar. Una dependencia injustificada pero que aquí se nos hace necesaria. Hartas de pedir que nos controlen el camino porque tenemos miedo de no llegar a casa, al museo, al super o a clase. Hartas de no caminar libres, tranquilas, en paz. Estoy harta de que mi protección a un hombre sea otro hombre. 

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No andes con auriculares, estate alerta, mira atrás, a los lados, a los coches. Controla que nadie te persiga. Eso suena en nuestras cabezas. Podrías pensar que he cometido un crimen, pero no, tan solo soy una mujer caminando sola a las cuatro de la tarde por el centro de París. Estamos hartas de no poder sonreír porque si sonríes te estás insinuando y automáticamente van a venir a querer probarte. Somos carne. Somos producto. No podemos evitar la mirada masculina de deseo, los silbidos, persecuciones, piropos, pero sobre todo, el sentimiento dominante, los ojos brillantes y la baba. Nos ven vulnerables, necesitan vernos vulnerables. Sentimos impotencia. Rabia. Desconcierto. Miedo.

No soy solo yo, no eres solo tú, somos todas. Todas y cada una de las mujeres que vivimos en París somos víctimas. El acoso callejero y sexual es supremo, tanto o más que nuestro hartazgo.

Y al pensar en la solución creo en la educación y en la ley. Intento darle una vuelta pero me viene la cara del señor que me ha acosado hoy y no sabría cómo explicárselo. No sé cómo decirle a alguien que ni me ve, para quien solo soy un cuerpo que tocar y penetrar, que me está haciendo daño. Que nos molesta, perturba y angustia. Que así no va a conseguir nada. Que así no se liga. Que da asco. Mucho asco. 

Hablo de París, donde llevo viviendo poco más de un mes. En 40 días aquí he sufrido más acoso callejero que en toda mi vida en España. Desconozco la situación en otras ciudades u otros países, supongo que habrá lugares peores, ojalá no sea así. Con todas las mujeres con las que hablo, y por las que he hablado aquí, me cuentan experiencias inmerecidas y asquerosas. Situaciones incómodas que no entendemos. Pero que nos tienen hartísimas. Yo echo de menos Madrid. No es perfecto ni idílico, pero allí por lo menos caminar no es un acto de valentía, sino algo cotidiano que disfruto tranquila. 

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