Hace unos pocos días Nueva Zelanda anunciaba la prohibición de la venta de tabaco de por vida a todas las personas nacidas a partir de 2008. Esto supone una prohibición a gran escala, con el fin de conseguir una sociedad sin tabaquismo, una sociedad dónde el humo en las aceras, terrazas y balcones quede atrás: un país dónde la nicotina no vuelva a influir en sus ciudadanos.
La medida criticada por muchos acérrimos defensores de la “libertad total» ha sido, en cambio, alabada por la mayoría de los expertos, incluso por muchísimos consumidores de tabaco.
Al fin y al cabo nos encontramos delante de una medida que no busca la prohibición total, dado que los gobernantes son conscientes de que cualquier ciudadano nacido después del 2008 va a poder seguir teniendo “fácil” acceso al tabaco (a través de familiares o amigos mayores). Pero sí se consigue una reducción significativa del consumo, sobre todo de un consumo absurdo y negativo para la salud como es el del tabaco. Esta diferenciación respecto al alcohol es clave para entender la acogida social que tiene esta medida. Dado que, al fin y al cabo, hablamos de una droga que no tiene ningún efecto alucinógeno o diferente al estado normal de nuestro cuerpo (en ese sentido, y que se noten las comillas), la ausencia de algún efecto “positivo” hace mucho más fácil su erradicación de la sociedad.
Esta medida que veremos en unos años como funciona (cuando los nacidos en 2008 y posteriores sean mayores de edad), forma parte de la campaña anti-drogas y adicciones llevadas a cabo por la socialdemocracia oceánica (muchas veces situada como la cúspide de la democracia, moldeadora de países muy adelantados a Europa). Con esta medida, los socialdemócratas neozelandeses vuelven a demostrar un gran avance social, y seguramente una mejoría de vida para sus ciudadanos. Lo que es denigrante es ver como, mientras la izquierda oceánica lleva a cabo reformas anti-adicciones, la izquierda española y europea busca la legalización de todo tipo de drogas. A lo mejor le vendría bien al señor Errejón mirar más hacia Nueva Zelanda y menos hacia Alemania.
Para terminar solo quería agradecer la valentía del gobierno neozelandés, por tomar una medida más en el fin de las adicciones que tanto adormecen y dañan a nuestra sociedad. De nuevo Nueva Zelanda nos señala el camino, como ya hizo con el sufragio femenino.

