Hace unos días cumplía 20 años, un mazazo como pocos, y es que cumplir años siempre sienta mal. La última noche en mi ciudad natal empecé a darle la vuelta a varios temas que me rondaban la cabeza, entre ellos uno de máxima actualidad y era el porqué de mi pésimo cumpleaños. Y el porqué de mi tristeza por este.
Hoy ya estoy en Barcelona. He vuelto a aterrizar en una ciudad en la que carezco de hogar, y esa cuestión me ha estado rondando la cabeza los últimos meses. Muchos de vosotros seréis estudiantes en el exilio académico como yo y estas navidades habréis vuelto a las ciudades o pueblos que os vieron nacer o, como mínimo, crecer, en búsqueda de ese hogar que decidisteis abandonar para estudiar en la gran ciudad. El concepto «hogar» es muy complejo. Ya me explicaron cuando llegue a Barcelona, que llar (hogar en catalán) no tenía el mismo significado cálido y profundo que le damos en castellano. Por lo que debido a su complejidad trataré de tomar todas las precauciones posibles para expresarme lo mejor que sé.
La pérdida del hogar o el adiós temporal es algo a lo que muchos de nosotros nos estamos enfrentando estos días. El domingo 8 de enero sufría mi vigésimo cumpleaños, algo que como comprenderéis no es de mi máximo agrado. Mientras pasaba por ese día con una triste sensación, los hechos reforzaban mis sentimientos, y es que “solo” tres personas se acordaron de felicitarme en aquella región en la que estudio, cuando personalmente considero cercana a más gente. Pero ¿por qué me sentía así?, ¿y por qué sentimos esa usual tristeza el día de nuestro cumpleaños, o si tienes suerte, el día posterior?
Me gustaría abordarlo por orden. En primer lugar, aceptar la propia esencia del día de tu cumpleaños “la gente en los cumpleaños no felicita por cordialidad, no se inventó para eso. Se inventó porque es un día duro y al cumpleañero le hará ilusión sentirse un poco menos desgraciado”, estas palabras de Carlotta Cosials me parecen muy acertadas sobre nuestro aniversario de nacimiento.
¿Es lógico sentir menos cercano a aquello que no te acompaña o no te alivia en tu día de cumpleaños? Sí, sobre todo si te has creado unas expectativas diferentes. Pero la cuestión principal está en la propia existencia de ese sentimiento. ¿Por qué no puedo sonreír la mayor parte de mi día, si estoy en mi hogar, con la gente que me hace sentir ese hogar, lejos de aquello que no?
Y es que como había adelantado el concepto hogar es complejo y, sobre todo, al ser abstracto, personal. Mi definición de felicidad en este día pasado, que le transmití a una amiga en uno de mis ejercicios de expresión personal, era la siguiente: “Realmente lo que quiero es pasarlo con una persona que me hiciese sentir en casa, que su presencia anulase la propia dureza del cumpleaños”
Ahora bien, una vez leído lo que (de verdad) quería, ¿por qué lo que lamento es la no felicitación o cuidado tanto en las palabras como en los regalos de las personas a las que yo considero cercanas? El afecto y la recepción de cariño por aquellos componentes que consideras como íntimos puede ser ese hogar buscado, aunque sea por tan solo un tiempo. Por eso nuestro cumpleaños es día de celebración y todo el cariño y afecto demostrado motivo de alegría y reconforte. Antes de seguir explayándome sobre el concepto de hogar, tengo que aclarar que es equivocada la asunción que hacemos al relacionar exclusivamente hogar con pareja.
Pero, entonces, ¿qué entendemos como hogar?
Siento que todavía no puedo ni empezar a contestar a esta pregunta sin contextualizar otros pensamientos o bases que yo ya tengo preestablecidas, pero que el lector de este texto no tiene por qué compartir. Aceptando que las trataremos más adelante vamos a darlas como entendidas y compartidas.
Nosotros hemos sido criados en una sociedad occidental; y me atrevería a decir que la mayoría de quienes estéis leyendo esto en España. El aprendizaje obtenido ha correspondido al que se nos ha inculcado, es decir, al aprendizaje de unos determinados comportamientos sociales. Hemos sido criados en el absoluto individualismo. Mil ejemplos podría poner, pero me atrevo a asegurar que todos sois capaces de pensar en un momento de soledad involuntaria, de aprendizaje individual forzado y de solitarios enfrentamientos de unos sentimientos sociales. ¿Cuántos de nosotros hemos llorado solos sin saber afrontar ciertas situaciones de nuestras vidas? ¿Cuántas veces hemos podido compartir nuestra desidia y cuentas otras muchas veces no hemos sido capaces?
Como animales sociales que somos, hemos terminado viviendo en sociedades complejas que poco tienen que ver con las primeras tribus que nuestros milenarios antepasados constituyeron. Pero como animales sociales se nos ha obligado a afrontar problemas sociales individualmente. ¿Cuántos de nosotros hemos llorado por un tema al que no le encontrábamos solución, por la soledad, por la desesperanza, por la tristeza infinita que nos han causado ciertos actos, reacciones o palabras? ¿Por qué al final de una discusión entre dos personas que se estiman, terminan las dos llorando solas?
Yo recuerdo decenas de ocasiones en las que lloré solo en mi habitación, incapaz de afrontar ciertos comportamientos de los que no entendía su motivo, que solo sabía que dolían y no entendía el por qué. De mi casa aprendí que “un hombre no llora, ni una mujer tampoco; pero menos un hombre, pues eso es mostrar debilidad”. Muchos aceptaréis la última parte del razonamiento, pero esta solo es cierta si aceptamos que las personas en sí son en su conjunto malas. O en su defecto aceptar que la sociedad en sí genera conductas “maliciosas” (algo en lo que sí que podría estar de acuerdo). Pero aceptar esta premisa es aceptar el error de base del que goza nuestra sociedad y la toxicidad e individualismo que aprendemos de esta. No está visto como símbolo de debilidad llorar en tu hogar, pero sí fuera de él, ¿por qué? Porque la demonización y el antagonismo aprendido de hogar contra no-hogar, domina nuestras mentes hasta los niveles más insospechados. No es culpa nuestra, es normal y lógico nuestro comportamiento, teniendo en cuenta que terminamos siendo esclavos de nuestro marco teórico.
¿Qué es el hogar? ¿Qué entiendo por hogar?
El hogar es nuestro sitio seguro, y una vez adentrada en la vida adulta y abandonado el domicilio familiar solemos denominar hogar o a nuestra persona en solitario o al espacio construido por nosotros y una pareja consolidada. El hogar no es más que el espacio que buscamos desesperadamente desde niños; es esa promesa de no volver a llorar nunca solos que nos hicimos al más profundo de nuestro ser. El hogar es esa persona que escucha las angustias y tristezas que nunca nadie se propuso escuchar, que combate las nuevas contigo y las debate a tu lado, como ese ser social que en tus días de soledad buscabas desesperadamente. La persona que forma ese hogar es la que se propone afrontar las nuevas angustias y tratar de curar las antiguas. Es la determinación y ejemplificación máxima de que somos un ser social por encima de todo; la respuesta al fracaso de sociedad que hemos construido o, mejor dicho, que hemos heredado. La soledad absoluta y voluntaria es, bajo mi punto de vista, o la máxima tranquilidad y pausa en los finales compases de tu vida, o la representación de una desconfianza generalizada en la sociedad o la significación de la profunda ruptura que sufres por dentro, gradual dependiendo del nivel de esta. He de repetirme y es que considero que no solo una pareja puede conformar un hogar, este puede trascender a la pareja sentimental en la edad adulta y al hogar familiar.
Aceptar que somos seres emocionalmente dependientes y que necesitamos de relaciones sociales complejas para ser felices y sentirnos bien no es aceptar una debilidad. La debilidad nace cuando retrotrayéndonos hemos sido incapaces de formar ese espacio seguro, ese hogar itinerante o permanente en el que poder mostrarnos vulnerables sin ser criticados o juzgados. Con esto no quiero decir que la soledad momentánea deba ser repudiada. Aprender a sobrevivir solos y sobre todo a vivir con nosotros mismos es uno de los deberes personales más importantes de nuestras vidas, pero este no va reñido con lo que en este texto comentamos.
En definitiva, nuestro hogar es aquel sitio al que podemos tirarnos con los brazos abiertos un día malo, contarlo todo, desahogarnos por dentro, como cuando de pequeño nos desahogábamos con una pared, y tener la seguridad de saber que esa persona es un espejo (bastante nítido, aunque no al 100%) capaz de entendernos y darnos el cariño y la compresión que necesitamos. El hogar no es más que la confianza máxima; el hacer literalmente parte de nosotros a una persona que era ajena y a la que corrientemente relacionábamos con el “no-hogar”, es decir, con lo antagónico.
Dentro del no-hogar, existen 3 grupos de personas. Por un lado, aquellas ajenas a las que no consideras cercanas y ante las que jamás llorarías voluntariamente. Después encontramos aquellas personas que consideramos cercanas, que muchas veces queremos y estimamos, y que pueden ser en ocasiones nuestro hogar itinerante. Por último, están aquellas personas que en el pasado conformaron tu hogar, y hoy ya no lo hacen.
La conformación de una “familia”, de unos amigos íntimos con los que llorar, genera también ese hogar itinerante. Pero muchas veces, incluso al tenerlo, no dejamos de buscar a esa persona que nos acompañe. Y es que, en sí, esto ocurre debido a que las relaciones de pareja como todo lo que experimentamos son un constructo social, la naturaleza no nos determina a relacionarnos íntimamente solo con nuestra pareja amorosa/sexual, o a convivir solo con ella. Nuestra naturaleza, si eso, nos determina a procrear y nos da ese instinto animal que hemos aprendido a utilizar en nuestro favor. Pero ni nos determina la atracción ni dónde ni con quién debemos desarrollar esa confianza.
La creación de la familia hizo que relacionásemos hogar exclusivamente con las personas que lo solían formar, los progenitores y los hijos. Es decir, desde niños aprendíamos que una vez que fuésemos adultos nuestro hogar consistiría en la persona con la que tendremos a nuestros hijos. Por eso muchas veces se nos hace muy difícil sacar el hogar de ese espacio con el que lo relacionamos, y es que inconscientemente estamos destinados a pensar en la familia como nuestro hogar. El amor libre y la libertad, tanto romántica como sexual, revolucionó para una mayoría esta situación. Actualmente en nuestra sociedad poca gente se plantea que debes estar con alguien a quien ames. Y aunque esto nos ha llevado infinitos dolores de cabezas, ha permitido que mucha gente sea capaz de amar y de aprender a vivir con ese “privilegio”.
El amor es en sí la búsqueda efectiva de ese hogar, de ese espejo que nos escucha y nos refleja. Cuando amas sientes a la otra persona como parte de ti, pero no desde un sentido posesivo, sino más sentimental que otra cosa. No solo has introducido a esa persona (conformante antes del no-hogar) en tu máxima intimidad, sino que a su vez has sido introducido tú en la suya. Este acto es grandísimo y muy significante. Es la base de la confianza que estructura el amor. Has hecho con tus decisiones que esa persona forme parte de ti y has encontrado (si sabes elegir bien) a una persona que más o menos conforma ese espejo que andabas buscando. Es decir, has aceptado que tu intimidad y tu yo pase a formar parte de la vida de otra persona, que sean dos y no uno solo tu hogar. Has cambiado tu espacio más personal y lo irás adaptando y haciendo crecer junto a esa persona, has hecho a alguien extraño parte de ti. Y realmente muchas veces lo has hecho sin ser siquiera consciente de lo que estabas haciendo, porque realmente te ha salido natural, como te sale natural pensar contigo mismo.
Por eso cuando yo hace un año hablaba de la nula existencia de las almas gemelas, no tenía tan en cuenta como lo hago ahora, que muchas veces la creencia en ese “príncipe azul” o alma gemela, es una necesidad que nos han generado. Aceptar que no existe una persona con la que estes destinado a estar juntos es dar el primer paso contra la predisposición social o contra al menos una de los más aceptadas. En nuestra vida nos cruzaremos con varias personas con las que congeniaremos, con algunas conseguiremos formar algo, y con otras no.
Amar es el sentimiento más grande que se puede experimentar, en base a que es la conformación de un hogar, es la aceptación de alguien ajeno en tu vida, en tu círculo, en tu familia, en ti. Es la transformación de una persona antes ajena en parte de ti. Este análisis fruto de una sociedad individualista que entiende el yo como lo máximo, como el fin, lo único que estará siempre contigo. Es el que me lleva a la conclusión de que solo existen dos sentimientos que se sitúen por encima de nuestra sociedad: el amor romántico a nuestra pareja y el amor de un padre hacia sus hijos. Son amores por lo que a lo largo de nuestra historia miles de personas han destruido sus lazos con la vida en la sociedad en la que nos enmarcarnos, ya sea a través del suicidio tras un desamor o a través de la rebelión contra los poderes armados al ver pasar hambre o morir de esta a sus hijos.
Solo son esos dos únicos sentimientos, que a pesar de seguir las dinámicas propias del sistema se sitúan por encima de los marcos de este. Me aterra tanto pensar que el resto de mis relaciones están determinadas y “envenenadas” por la sociedad en la que me he criado al igual que me genera el anhelo de la búsqueda de esa persona y de ese amor. La lucha contra la clásica concepción de hogar, y estas dos últimas afirmaciones, es lo que más me hace estar lejos de esa necesidad romántica y sentimental construida. La superación de estos conceptos tanto a nivel individual como colectivo es también otro de los motivos principales de mi posicionamiento ideológico.
Este al final es el resumen de una serie de pensamientos y dudas que llevo arrastrando hace ya un año y medio, por las que muchos de mis amigos habrán identificado conversaciones a medias que plasmo en este texto, o ideas que tanto yo como ellos desarrollaron y expusieron en esos momentos. Este texto no es más que mi opinión personal, en base a las observaciones que he decidido practicar, tanto ajenas como propias. La relevancia y validez que le deis a este texto es ya exclusiva responsabilidad de quien este leyendo esto.
Al final, soy consciente de la contradicción que supone la búsqueda de ese hogar, mientras repudias todas las circunstancias sociales que lo estructuran. Cabalgar contradicciones nos hace conscientes de nuestras limitaciones actuales y nos ayuda a poder superarlas. Ser consciente de que ya la propia necesidad de ese hogar significa el error de base de nuestra sociedad y del sistema sociopolítico, no va reñido con saber que como ser social educado bajo este sistema, necesitas también ese hogar y que tu imaginario tenderá a estructurarlo y buscarlo dentro de las formas aprendidas.

