Con Montesquieu apunto de ser enterrado en el más profundo de los ataúdes, la política española vive el episodio más surrealista de su historia
Resulta increíblemente difícil definir el estado de la política española en estos momentos. Tanto es así que a mi mente vienen los espejos cóncavos y convexos del Callejón del Gato de Madrid que, con brillantez y excelencia, describe Ramón María del Valle Inclán en Luces de Bohemia.
Esos espejos, que dieron vida al esperpento valleinclanesco, podrían hoy también utilizarse como la analogía perfecta para entender la realidad política del país. Porque cuando la ciudadanía acude a ese pequeño y pintoresco callejón a mirarse en ellos observa, al igual que lo describe el clásico autor, la realidad totalmente desfigurada. Y mientras, ellos, desde la cúspide de la pirámide social, desde la comodidad de su cargo, miran con sorna la escena a la vez que continúan con su partida de ajedrez.
Se ríen porque han logrado su objetivo, que no es otro que seguir ahí. Gobierno y oposición. Y lo han hecho mediante eufemismos y trampantojos, utilizando hábilmente esa sutil ventaja que les da ser las blancas en el tablero: siempre mueven primero. Comenzaron unos llamando sustitución a una destitución; los otros continuaron llamando derogar el sanchismo a desear fervientemente pactar con él y ahora, renuevan una vez más el vocabulario utilizando concordia cuando la realidad, por mucho la intenten endulzar y pintar de colores, no es otra que amnistía.
Resulta sorprendente lo fácil que resulta cambiar la percepción de la gente, lo sencillo que es ajustar la realidad a un espejo cóncavo para que los demás la perciban como uno quiere. Porque es evidente que, como decía Gabriel Rufián, la relación no es por magnanimidad, sino por necesidad; porque es palmario que la medida de gracia no será por convencimiento, sino por conveniencia y finalmente, también resulta inequívoco que no piden nuevas elecciones, sino clemencia y atención mediática para sobrevivir políticamente después de una derrota sin paliativos.
Gabriel Rufián en un mitin| Fuente: Wikimedia Commons
Los eufemismos y trampantojos son dos herramientas que en política resultan tan efectivas como degradantes. Logran, a través de la oratoria y de la imagen en televisión, modificar la percepción para que la ciudadanía no pueda sino reírse al verse reflejada en el Callejón del Gato. Solo así, mediante el uso tergiversado del lenguaje, pueden conseguir que clavar el último tornillo en el profundo y olvidado ataúd de Montesquieu para mandarlo después al agujero más oscuro de la historia, se acabe viendo como una medida totalmente necesaria.
Ese es el surrealismo de la política española que delante de nuestros ojos, tanto a izquierda como a derecha, se languidece cada día más entre sesión y sesión del Congreso de los Diputados. Y lo hace además en tiempos de supuesta regeneración democrática y de una teórica máxima exigencia en el comportamiento de los cargos públicos, lo que sin duda les otorga un mérito indudable.
Porque no cabe otro adjetivo más que ese, el de surrealista, para calificar la noticia de que se está preparando otro indulto para compañeros de partido condenados por corrupción y para definir a los de azul mirando continuamente a su espalda por miedo de que la ‘operación Casado’ vuelva a ponerse en marcha. Ante eso, no cabe otra que la resignación y reforzar el convencimiento de que la política española, en su totalidad, se encuentra en una decadencia y decrepitud absolutas difícilmente recuperables.
Y así, con su vida patas arriba, la ciudadanía continúa inmersa en una vorágine diaria de titulares, declaraciones, zascas y desprecios observando como los políticos de su país juegan con sus mentes, votos y su realidad de la misma forma con la que Valle Inclán definía lo que se reflejaba en aquellos espejos, con enorme esperpento.


