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No le quitemos todo a las letras

Desde que me mudé —y supongo que también por la falta de conexión a Internet a mi antojo— he vuelto a retomar el hábito de la lectura como parte de mi rutina diaria. Gracias a mi falta de conexión con el resto del mundo estoy volviendo a conectar —valga la redundancia— con la introspección genuina que proporciona el hecho de leer páginas de manera voraz. Además, gracias a acabar mis estudios universitarios, por fin puedo leer lo que se me antoje, sobre todo diversas recomendaciones que tenía pendientes y apuntadas por algún rincón del móvil. 

Viviendo en una época en la que el medio audiovisual es el dominante —no sé si por evolución humana o más bien por desgracia— soy consciente de que el dominio de las letras ha quedado relegado, más bien, al más último de los planos. Una pena. Servidor es el primero que cuando consulta Instagram lo único que hace es «visualizar» —que no apreciar— las fotografías que me aparecen, rara vez me detengo a leer los pies de foto. ¿Nos regimos únicamente por un lenguaje exclusivamente visual? Reflexionar sobre esta cuestión y sobre la manera en la que yo —y muchos más— actuamos, me hace considerar que sí. 

¿En qué momento hemos aceptado y asumido asumido que todo se puede expresar con imágenes y sonido? ¿De verdad se ha instaurado la creencia de que la comunicación que se realiza con un vídeo es, de alguna manera, equiparable con la surgida a través de un texto?

Entiendo que semejante análisis queda a juicio de cada individuo, pero a lo que no estoy dispuesto a atestiguar es a la pérdida de la escritura como herramienta de comunicación, tanto de información como, sobre todo, de sentimiento. ¿No han sido los escritores, hasta hace no tanto tiempo, los mensajeros de sentimientos, imaginación, información e ideas? ¿Acaso se nos olvida que nuestra especie ha podido evolucionar y mejorar gracias a la escritura? ¿Que la sabiduría y la cultura han contando como medio mayoritario el textual? No pretendo indagar en la tradición oral de la literatura, porque eso es caso aparte. 

Ya casi nadie lee libros. La inmensa mayoría de la sociedad se limita a consumir contenido audiovisual, porque la tarea intelectual resulta, en ocasiones, demasiado ardua para cumplirla. Esto no consigue más que los individuos se acomoden y no decidan indagar en diversos aspectos de la realidad, simplemente consumen lo que alguien previamente ha producido, dirigido, compuesto pero, sobre todo, masticado. Leer, como actividad, está tornándose en una actividad de nicho, cada vez somos menos los que conseguimos interesarnos por un libro, dar el primer paso de comenzarlo y, lo que es más importante, terminarlo. De sacar algo de provecho del mismo ni me aventuro a preguntar.

Incluso yo mismo soy ejemplo viviente de todo esto. No soy capaz ni de expresar un treinta por ciento de todo lo que siento, de mi manera de ver el mundo y de cómo percibo a las personas a través de una mera conversación. Gracias a la escritura configuro el mundo tal y como surge en mi cabeza, que al fin y al cabo es la única manera que conozco de interpretarlo. 

Ya lo dijo Milena Busquets en su libro Gema: no se conoce a la gente a no ser que se la lea, y no es sin la escritura como llegamos a conocer —aunque sea solo una ínfima parte— cómo es cualquier ser humano en su interior. A través de la palabra escrita, cualquiera puede mostrar con mayor facilidad y fiabilidad un pedacito de su mente, de todo lo que lo ha conformado a lo largo de la totalidad de su existencia.  

Las letras nos lo han dado todo, no se lo quitemos todo a las letras.

 

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