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Aquellos que bebían demasiado

La literatura está impregnada de un aroma (o una peste) a alcohol. Nada es veneno, todo es veneno: la diferencia, como siempre, está en la dosis

Cuando realizo reportajes hablando de literatura y sus elementos, normalmente hay un libro que es protagonista. En este caso, La leyenda del santo bebedor es lo que me animó a buscar efemérides y publicarlo en el día de hoy. Pero aquí no se habla solamente de la obra de Joseph Roth. En realidad, utilizo las literaturas como pretexto para reflexionar acerca de una angustia muy extendida que me invade cuando veo todos los aspectos de esta adicción.

No es el único que he incluido. Me da pena pensar que me he dejado joyas atrás, pero no puedo hacer nada, porque inevitablemente es cierto. Pregunté a mis amigos sobre libros que tratasen el tema del que iba a escribir. Algunos me dijeron títulos que pude considerar como opciones. Mi amiga Lucía, sin embargo, me respondió: “Si leyese te podría decir, pero el problema es que no leo, y sí bebo”. También me pareció una respuesta válida.

Pero creo que es mucho mejor empezar por El Principito. Es una figura casi anecdótica que está cargada de una tristeza circular. Este personaje va a parecer destilado con todo lo que va a venir a continuación, pero no hay que poner menor detalle en él por ello, pues la frase con la que podemos empezar a esculpir este texto, así como la naturaleza cíclica de la adicción lo sintetiza con acierto:

 Bebo para olvidar que tengo vergüenza de beber

La frase plantea que la persona que se refugia en la bebida parece adormecer un sentimiento de culpa (o vergüenza) que la propia bebida ha generado. En este caso, el acto de beber surge de un intento de evadir esta culpa, pero en realidad la refuerza por cada trago que toma. La frase también sugiere un aislamiento doloroso. En lugar de enfrentar su vergüenza o buscar ayuda, el borracho opta por evadir su propia realidad y se sumerge cada vez más en la soledad que el alcohol fomenta.

Muchos escritores han defendido (y defienden) su adicción al alcohol como una herramienta para escribir mejor. Creen que construyen una identidad única y una pluma singular entorno a su adicción, y es, entonces, una excusa más para no dejar de beber. Esto es, en realidad, una percepción distorsionada. Puede que la creatividad no provenga del alcohol, sino de la pena irremediable que les crea la adicción al mismo, lo cual también sirve como máscara del verdadero problema, que es individual.

Esta tristeza puede dar lugar a obras intensas, cargadas de verdad, pero también funciona como una máscara, un velo que oculta el verdadero problema. Más que una herramienta, el alcohol actúa como una barrera, una forma de escapar temporalmente de un sufrimiento íntimo que queda latente y que, en lugar de resolverse, se agrava con el tiempo.

Es entonces cuando novelas como La leyenda del santo bebedor entra en juego. Presenta una exploración conmovedora y ambigua sobre la recaída y el alcoholismo a través de Andreas Kartak. La novela se centra en el deseo de Andreas de redimirse, de llevar una vida mejor y cumplir la promesa de devolver un dinero que ha recibido. Sin embargo, su lucha contra la adicción se convierte en una prueba constante que, a través de sus recaídas, expone los desafíos del autocontrol y la fatalidad.

El alcohol en la novela no se presenta solo como una adicción o una debilidad, sino como el refugio y condena que atrapa a Andreas en un ciclo de ilusiones y fracasos. Cada recaída cancela las oportunidades de redención y lo aleja de sus intenciones originales, lo que sugiere que, para él, el alcohol tiene un poder simbólico: representa una fuga de la realidad, un intento de escapar de la miseria y la pobreza, pero al mismo tiempo, es lo que lo hunde cada vez más.

Es doloroso ver la realidad en La leyenda del santo bebedor y ver su ficción en el día a día. El alcoholismo que sufre Andreas no es simplemente una falta de voluntad, o una debilidad, sino una lucha contra una dependencia que llega a determinar las decisiones, relaciones y oportunidades de vida. La adicción al alcohol que escribe Roth para Andreas representa un ciclo de ilusiones y fracasos en la que la sensación de pérdida y autodestrucción se convierten en una sombra que dificulta cada vez más su capacidad de escapar de la fatalidad.

Es curioso, sin embargo, hablar de fatalidad cuando se habla de adicciones. ¿Significa esto que estas situaciones ya están escritas? Bueno, aquí hablamos de literatura. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

En la literatura, la fatalidad a menudo se utiliza para dar un ambiente trágico a las historias, en las que los personajes, a pesar de sus esfuerzos o deseos, se ven atrapados en una serie de acontecimientos que los llevan a un desenlace predeterminado (normalmente, fatal). Es común en obras donde el destino, la suerte o las decisiones pasadas marcan de forma irreversible el futuro, como en las tragedias griegas o en personajes como Andreas Kartak de La leyenda del santo bebedor, cuya vida parece estar predestinada al fracaso, a pesar de sus intenciones y deseos de redimirse.

La redención de Andreas es ambigua y depende de cómo se interprete el final. Andreas alcanza una suerte de reconciliación con su vida y consigo mismo, un segundo tipo de redención que funciona a forma de cierre emocional más que de una transformación. Si lo centramos en el alcohol, me temo que Andreas no deja de ser alcohólico en ningún momento de la obra, y eso (en la literatura) está bien, pues la historia no sigue una estructura adecuada para que Andreas deje de ser alcohólico. En la realidad, sin embargo, se tornaría como un problema.

En Bajo el volcán de Malcolm Lowry, el alcoholismo es el hilo conductor de la tragedia de Geoffrey Firmin, el Cónsul, quien se adentra en un abismo autodestructivo en el contexto del Día de Muertos en Quauhnáhuac, México. Firmin representa un tipo de dependencia distinta a la que vemos en Andreas Kartak de Leyenda de un santo bebedor de Joseph Roth. Mientras Kartak anhela una redención que se ve frustrada por sus constantes recaídas, Firmin parece aceptar su destino fatalista con resignación, atrapado en un ciclo de aislamiento y embriaguez que lo aparta de sus relaciones y de sí mismo.

Lowry ambienta la narrativa en un México cargado de simbolismo, donde dos volcanes, el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, son testigos mudos del inevitable descenso de Firmin. Como el personaje de Kartak, Firmin busca una forma de escape, pero en su caso, el alcohol no es solo un refugio sino una condena en sí misma. Su adicción le proporciona una «lucidez trágica», una conciencia de su degradación que no le permite ni ignorarla ni redimirse, situándolo como una figura de tragedia clásica. Tal como en el prólogo de la novela se describe, Firmin es un “loco en llamas”, una metáfora de alguien que, atrapado en su dependencia, se consume a sí mismo mientras ve pasar la vida con una mezcla de resignación y horror​.

Tenemos más ejemplos en literatura. Jake Barnes en Fiesta de Ernest Hemingway, Holden Caulfield en El guardián entre el centeno de J.D. Salinger y Don Birnam en Días sin huella de Charles R. Jackson comparten una relación con el alcohol que refleja una lucha contra el sufrimiento existencial más que una simple adicción. Para Jake, la bebida es una forma de anestesiar un dolor físico y emocional tras la guerra, mientras que Holden la utiliza como un refugio contra la vida adulta que no sabe cómo afrontar. En el caso de Don, el alcohol es una condena autoimpuesta que lo consume, sin que logre encontrar consuelo o redención en él.

Lo que conecta a estos tres personajes es su incapacidad para escapar del vacío emocional que el alcohol agudiza. La bebida no los salva; los distancia cada vez más de la paz que buscan, dejando en claro que el verdadero problema no radica en la adicción en sí, sino en lo que tratan de evitar: su dolor interior. Sus vidas se desarrollan en contextos de profunda alienación, donde el alcohol no es solo una válvula de escape, sino un ciclo sin fin de ilusiones y desilusiones, que siempre regresa más fuerte, más inmenso, más destructivo.

Es también curioso examinar cómo los tres autores de esas tres novelas también tenían problemas con el alcohol. Hemingway tuvo una vida marcada por el alcoholismo. Aunque era conocido por su estilo de vida bohemio y sus borracheras, también sufría de una depresión crónica y ansiedad, lo que empeoraba su dependencia al alcohol. Su relación con el alcohol fue destructiva y contribuyó a su trágico final, ya que Hemingway se suicidó en 1961, y se cree que su consumo excesivo de alcohol jugó un papel importante en su deterioro mental y físico.

Aunque la adicción al alcohol no es tan central en la vida de Salinger como lo fue para Hemingway, él también tuvo problemas con el consumo de alcohol, particularmente en sus primeros años. Salinger pasó por un periodo de introspección y aislamiento después de la Segunda Guerra Mundial, y aunque se distanció de la vida pública, algunos informes indican que la bebida formó parte de su vida en ciertos momentos. Sin embargo, no fue tan destructivo o evidente como en otros autores de su época.

Charles R. Jackson fue un alcohólico empedernido y su obra más famosa, Días sin huella, refleja profundamente su lucha con el alcoholismo. La novela es un relato semi-autobiográfico sobre la adicción de un escritor a la bebida y cómo esta lo consume. Jackson pasó gran parte de su vida luchando contra su adicción, y murió a causa de complicaciones relacionadas con el alcohol en 1968.

A medida que uno se mete en la literatura se va dando cuenta de cómo el alcohol ha sido un compañero nocivo para el escritor. Carson McCullers, autora de El corazón es un cazador solitario y Reflejos en un ojo dorado, luchó con el alcoholismo durante gran parte de su vida. A pesar de ser una de las escritoras más admiradas de su tiempo, McCullers tuvo una existencia marcada por la soledad, la enfermedad y el alcohol, lo que influyó directamente en su obra.

Dorothy Parker también enfrentó problemas con el alcohol, utilizándolo para lidiar con la depresión y sus fracasos personales. Aunque es conocida por su aguda ironía, su vida estuvo llena de dolor y auto-destrucción, con el alcohol como una forma de evasión. Sus escritos, cargados de desesperanza y frustración, reflejan el impacto de su adicción y la lucha constante con sus emociones.

Lucia Berlin también luchó con el alcoholismo a lo largo de su vida. La autora de Manual para mujeres de la limpieza vivió una existencia marcada por la inestabilidad emocional y la adicción, lo que influyó profundamente en su escritura. Berlin utilizaba el alcohol como una forma de escapar de su dolor y de las dificultades que enfrentaba, incluyendo su vida personal turbulenta y la pobreza. Sus historias reflejan las luchas cotidianas de mujeres que enfrentan la adversidad, y aunque su vida estuvo marcada por la tragedia, su obra está impregnada de una sensibilidad única. El alcohol, al igual que en muchas de sus personajes, es una constante presencia en su vida, reflejando tanto el sufrimiento como la búsqueda de consuelo en medio de la desesperación.

La adicción se convierte en una sombra ineludible, un peso constante que persigue a quien la sufre. Como ocurre con cualquier adicción, su desenlace inevitable es el dolor, una espiral de sufrimiento que se agrava con el tiempo y que dificulta cada intento de liberación. La ironía está en que lo que muchos de estos autores interpretan como una vía para «sentir más profundamente» es, en realidad, una forma de enterrar su dolor más profundo, una escapatoria que nunca les permite enfrentar su vulnerabilidad de manera plena.

En ese sentido, el alcohol se convierte en un «refuerzo» oscuro: la promesa de creación y catarsis que nunca se cumple, y que en cambio perpetúa la angustia existencial, manteniéndolos atrapados en un círculo vicioso de sufrimiento y evasión. Es un ciclo que se nutre de sí mismo. En la vida real no hay suficientes estructuras adecuadas para arreglarlo.

Hay, sin embargo, una estructura para el alcoholismo, Los Doce Pasos. Estos fueron creados por los fundadores de Alcohólicos Anónimos en 1935 y se han utilizado desde entonces en muchas organizaciones de apoyo a adicciones. Se basan en principios espirituales y psicoemocionales más que en evidencia científica formal. Los pasos están diseñados para ayudar a las personas a superar la adicción al alcohol (y otras sustancias) mediante la reflexión personal, la aceptación de la impotencia ante la adicción y la reparación de daños causados a otros.

Esta es la raíz con la que comienza Borracha menor, de Sofía Balbuena (Caballo de Troya, 2024). Si son muchas (y buenas) las reflexiones que hace la autora alrededor de toda su obra, es una, muy temprana, que llama mi atención. Capítulo 4, página 19:

Vivir en un país de alcohólicos no ayuda

Según el Ministerio de Sanidad, la edad media de inicio en el consumo de alcohol se sitúa en catorce años, independientemente del género. En España la cerveza es más barata que el agua. Nos lo venden como libertad, como independencia, como pertenencia. Pero, ¿a quién pertenece el que bebe?

En Borracha menor, Balbuena cita en numerosas ocasiones Black Out de María Moreno. Una de estas citas es la siguiente: “El alcohol es una patria. Por eso no se la pierde (…) El alcohol es un Dios, por eso se puede creer en Él sin que esté presente, y por eso también se puede dejar de beber”. Sofía, sin embargo, añade después de estas líneas: “Ojalá”.

Borracha me parece menos grave ser demasiado inteligente o ligeramente tonta

Testimonio y crítica. Alcohol como anestesia. A veces parece aplacar los pensamientos más altos y convertirlos en un murmullo lejano. Y volvemos al inicio del artículo: esta adicción desarma. Lo hace porque nadie cree ser tan auténticamente genuino como cuando estaba sobrio. Porque “da chispa”, porque tu entorno te reafirma lo divertido/a que eres cuando te emborrachas, con algo de inconsciencia. Te desarma porque dejas de creer en ti y empiezas a creer en alguien parecido a ti que solo puedes construir a costa de algo.

Balbuena también señala cómo el estigma asociado al alcoholismo se torna especialmente severo para las mujeres, quienes parecen estar obligadas a sentir una especie de arrepentimiento adicional, una carga de vergüenza social que los hombres no enfrentan con la misma intensidad.

Este doble rasero refuerza una visión patriarcal donde el comportamiento de una mujer se juzga con más dureza, especialmente si desafía las normas de autocontrol y sobriedad impuestas por la cultura. Aún en lugares donde se sigue idealizando la «pureza» femenina, el alcoholismo se convierte en una transgresión condenada. Las mujeres que beben son vistas como «desviadas» o «dañadas» de un modo que los hombres rara vez enfrentan. En este sentido, Balbuena evidencia cómo el consumo de alcohol en las mujeres no se queda en una lucha personal, sino una batalla contra una cultura que impone más pesos sobre sus hombros.

O quizás simplemente son felices de un modo más definitivo porque no beben como bebo yo, y no se despiertan a las fisuras de su propia vida como yo cada vez que amanezco con resaca

Hay una comparación silenciosa en Borracha menor, tal vez una de las que más duelen. Mientras que algunos viven “más felices de un modo más definitivo”, ella se encuentra atrapada en un ciclo de alivio temporal que no resuelve sus problemas subyacentes. Aunque no afirma directamente que encuentra su vida menos satisfactoria que los demás, sugiere que el hábito de beber le está impidiendo alcanzar una felicidad más estable (¿más genuina?) en contraste con aquellos que no sufren esta desconexión. Se trata de ver qué habita entre los silencios.

Otras veces estos silencios son más difíciles de identificar porque se rellenan constantemente, y aquí es donde entra Beber, de Pere Aznar (Aguilar, 2023). Si bien este ensayo autobiográfico hace un recorrido desde que comienza a beber, no es hasta la página 52 que uno verdaderamente ve el tono (ya pronosticado) que Aznar escoge para su narración.

Quiero creer que soy buena persona (…) Beber y ser un trozo de mierda en consecuencia, te lleva a seguir bebiendo para no sentirte culpable por beber y ser un trozo de mierda en consecuencia. No lo llaman círculo vicioso porque quede bonito, lo llaman así porque es vicioso, cien por cien

Es con estas palabras que el ensayo adopta una visión interesante. ¿Quién eres cuando no eres consciente de lo que hace tu cuerpo, cuando tu consciencia está en otro lugar? En ocasiones, al abusar tanto del alcohol surge una identidad paralela. Una visión distorsionada de uno mismo que actúa sin inhibiciones y que, al despertar, deja atrás una serie de decisiones, palabras y acciones que el “yo” sobrio ni siquiera reconoce como propias. Se trata de una fricción dolorosa entre lo que uno cree ser y en lo que el alcohol le convierte.

Aznar reconoce esta despersonalización al principio de su ensayo y teme ser, en el fondo, aquello en lo que se convertía cuando bebía demasiado. Y temer convertirse en esa versión desinhibida de uno mismo es, en el fondo, algo bueno. Al temer la posibilidad de perderse en una versión desinhibida de sí mismo, se reafirma su voluntad de elegir quién quiere ser.

Beber no se queda, ni mucho menos, en lo superficial. Donde pone el ojo pone la bala. Recordando el inicio (ya lejano) del artículo, vemos cómo la edad en España se empieza a beber es a los catorce años. En el libro, Aznar relata uno de sus episodios en los que se pasó bebiendo y luego retrata la reacción de pura despreocupación en una parte de su entorno.

Son cosas que pasan, no te rayes

Y luego, dice:

Lo digo para que juntos tratemos de entender qué coño, qué demonios, qué cojones nos pasa a veces.

Y en realidad va de eso el asunto.

Se ha visto en múltiples ocasiones (en la vida, en realidad, pero aquí voy a decir:) en la literatura cómo el alcoholismo no es solo un hábito o una fase; sino una herida en la identidad. Está siempre en el aire la pregunta de si uno se puede liberar de este ciclo autodestructivo y poder fundar un club de los 89 (Pere Aznar dice que aún no existe un club de famosos que mueren de viejos por haber tenido una perfecta salud), y en realidad, sí que se puede.

Stephen King, en Mientras escribo relata el perfecto instante en el que reconoció (reconocer, en el sentido de ver) que era alcohólico: cuando encontró la basura de su garaje repleta de botellas de alcohol. En 1987, su familia intervino y lo confrontó. A partir de entonces, King decidió dejar el alcohol y las drogas, y ha mantenido la sobriedad desde entonces. Raymond Carver consiguió dejarlo en 1977, tras recibir ayuda de Alcohólicos Anónimos y después de un período difícil que incluyó varios intentos de rehabilitación. Su última década fue mucho más estable y creativa, produciendo algunas de sus obras más maduras. Mary Karr, autora y poeta estadounidense, cuenta su propia con el alcohol en Lit, sus memorias, donde cuenta su proceso de recuperación y cómo encontró en la sobriedad un camino hacia la espiritualidad y la estabilidad. Desde entonces, Karr ha vivido sin alcohol y ha escrito abiertamente sobre su experiencia. Augusten Burroughs, con su libro Dry, narra su lucha y su recuperación del alcoholismo. Aunque la adicción lo llevó a tocar fondo en varias ocasiones, finalmente encontró la manera de mantenerse sobrio, y desde entonces, ha trabajado como defensor de la recuperación.

Hemos hablado de fatalidad al inicio. La adicción no es un destino predeterminado, sino una batalla constante, donde incluso la derrota momentánea puede ser el inicio de un efecto mariposa. No creo que esté todo perdido. Nunca lo está. Hay ejemplos de sobra para desmentirlo.

Este artículo tiene en realidad una carga tan personal que no merece la pena decirla, porque la narración sería condicionada, y entonces el artículo debería leerse otra vez. Algunos lo sabrán y otros no. Qué más da. Ya ha terminado. Estas líneas están desperdiciadas.

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