Han pasado las navidades y, con ellas, una temporada de toses, mocos y jornadas agotadoras entre estudios y trabajo. Que acabe ya este mes. Para alguien que pasa sus días en centros comerciales, la locura del consumo de enero es una experiencia arrolladora. Las rebajas, las compras masivas y las tiendas abarrotadas son un reflejo de algo mucho más profundo: una sociedad atrapada en un ciclo de consumismo desmesurado. Pero lo peor no es la acumulación de tareas o la falta de personal que hay siempre en los trabajos, sino la deshumanización que se genera en estos entornos.
Las personas parecen haberse convertido en números, simples engranajes de una máquina que nunca para. Trabajamos para que otros vivan experiencias de disfrute, pero a menudo sacrificamos las nuestras, horas con amigos, familiares o simples momentos de descanso. Mientras nos esforzamos por dar lo mejor, somos testigos de un trato carente de empatía.
Mercantilizar todo
Se ha logrado convertir todo en mercancía: objetos, conocimiento e incluso a las personas. Somos piezas de un sistema que busca beneficios, sin detenerse a pensar en las consecuencias. El conocimiento, que debería ser una herramienta de emancipación, se particulariza y se vende al mejor postor.
Vivimos en una sociedad donde incluso los sueños parecen haber sido convertidos en derechos transaccionales, “comprar” un hijo a través de un vientre de alquiler, o alquilar la idea de felicidad a través de experiencias prefabricadas. ¿Qué pasa con aquellos que no pueden pagar ese precio? El sistema no sólo deja atrás a los que no cumplen sus exigencias, sino que perpetúa una desigualdad cada vez más profunda.
Al mismo tiempo, se genera otro problema descomunal: los productos que utilizamos tienen un ciclo de vida fugaz. Desde nuestro primer zapato usado hasta la última camiseta que llevaremos, todo termina en un vertedero. Millones de toneladas de ropa y productos son enviadas cada año al sur global, convertidas en basura que sofoca comunidades enteras. El consumismo masivo no solo deshumaniza a quienes producen y venden, sino también devasta al planeta, y a quienes menos tienen. Mientras tanto, sigamos comprando de manera masiva y enfadándonos con trabajadoras que no encuentran una talla a tiempo.
La tristeza como conocimiento
Sin embargo, hay algo en el dolor que se convierte en sabiduría. como si cada golpe nos enseñara algo que no podríamos aprender de otra manera. Pero no debería ser así. El dolor no debería ser el precio que pagamos por entender cómo funciona este sistema. Las relaciones se han transformado en transacciones de poder.
En palabras de Habermas, el sistema capitalista está siempre a la ofensiva, buscando nuevos espacios para mercantilizar. Incluso nuestras emociones, nuestras conexiones y nuestras luchas se convierten en productos que explotar. Vivimos en un mundo que dicta cómo actuar y qué desear, y que encuentra constantemente personas dispuestas a justificar su obediencia bajo la promesa de una vida mejor, que irónicamente, nunca llega.
¿Hacia dónde vamos?
En un mundo con bienes suficientes para todos, ¿por qué nos tratamos tan mal para acceder a ellos? Aceptamos las reglas de un mundo que nos deshumaniza. En la Grecia clásica, se abolieron las deudas que llevaban a la esclavitud. Nosotros atrapados en una versión moderna de esa misma dinámica, podríamos encontrar formas de resistir.
Quizá sea el momento de transformar el dolor en acción, de reclamar la humanidad y de recordar que somos algo más que piezas en una máquina. El cambio no es fácil, como diría Shakespeare, a veces el bufón es el único capaz de decir la verdad. Esta verdad duele, pero también libera.

