Los jóvenes pedimos respuestas ante una realidad con tintes surrealistas
Esta pasada semana, el Barómetro Juventud, Salud y Bienestar 2025, elaborado por Fad Juventud en colaboración con la Fundación Mutua Madrileña, compartía nuevos datos acerca de la experiencia juvenil en España. Se confirmaba así un problema anunciado ya en titulares de los últimos años: nos sentimos solos.
Nueve de cada diez jóvenes afirma haber experimentado soledad no deseada en el último año, y se observa un incremento del 81,6% al 87,5% desde 2023. Mientras la salud física muestra una ligera mejora, estos números sonaron incómodamente cercanos a las inquietudes que vienen rondando mi conciencia.
Labubu, Dubái… y otro efímero vídeo, o pretenciosa columna, sobre ambos. La saciedad no existe, o quizás ahora resulte irreconocible. Leo artículos, escucho podcasts, veo las películas que el cinéfilo de TikTok asegura que me abrirán los ojos. Mientras las tiendas y los algoritmos se llenan de pequeños monstruos, la realidad adopta la imagen de una extraña mutación, y los contornos se desdibujan. Creo que solo busco respuestas. Pero sigo sin saber: ¿qué es un Labubu?
Ángel Munárriz escribe en El País sobre las “mutaciones de la religiosidad y la espiritualidad” que parecen tomar el relevo de la religión tradicional. El Barómetro sobre Religión y Creencias (2025) arroja resultados que contrastan con los mensajes que circulaban en torno al nuevo álbum de Rosalía. Mientras columnas, artículos y podcasts presagian una nueva devoción en la Generación Z, la secularización de los jóvenes, sin embargo, continúa al alza. Pero quizás la interpretación pueda ser otra.
La espiritualidad, el deseo de comunión y la búsqueda de sentido siguen creciendo. El Reuters Institute recoge anualmente datos relevantes sobre el consumo global de medios. En 2025 apunta al ascenso de los creadores de contenido, de los formatos audiovisuales y del podcast. Todos son fenómenos especialmente pronunciados entre jóvenes adultos, que tienden hacia lo aparentemente íntimo y cercano. De pronto me siento incómodamente cerca de los chavales que afirman buscar respuestas y estimulación en la manosfera. Creo que todos buscamos un guía, un gurú, o quizás solo un amigo.
Un ambiente de desconfianza y desconcierto se ha generalizado. Pero, más que la calma previa a la tormenta, es el caos quien parece reinar. Evitamos pensar en los temas delicados: la situación inmobiliaria, el desempleo o la salud mental; y, por otro lado, las guerras, la política y la creciente desigualdad. Pero la vieja promesa del ciberespacio, cada vez más contaminada por IA y el slop, paralelamente satisface cada vez menos.
Mis inquietudes alcanzaron su cenit una noche mientras cruzaba un puente antiguo con una amiga. Había anochecido y, de pronto, comenzó a nevar. Las luces parecían seguir una coreografía sobre el agua, tan bonito que era su bailoteo. El simple hecho de que las cosas pudieran ser así en la vida real me sorprendió. Hablamos entonces de la desorientada existencia que nos despierta cada mañana.
Hoy, una lectura ávida de estudios me ha aportado respuestas. Me di cuenta de que, mientras yo busco entender qué es un Labubu, otros los compran, y otros igual buscan en YouTube a un hombre que le diga por qué no tiene novia. Pero todos regresamos, una vez más, a nuestro mundo algorítmico y artificial. La soledad se ha vuelto la opción a mano. Pero creo que quiero escapar, y sin dejar a nadie atrás.

