Hace unos días, España enmudecía con esta noticia: un grupo de unos diez menores, considerados no imputables por la ley, propinaba una brutal paliza a dos hombres de 50 años en Sevilla, quienes regresaban de haber pasado la tarde con sus familiares y amigos, tras preguntarles si eran homosexuales.
No nos sorprenden ya este tipo de titulares. Desde el terrible asesinato homófobo del joven coruñés Samuel Luiz, a quien le arrebataron la vida al grito de ‘maricón’, los delitos homofóbicos no han dejado de aumentar. Este incremento ha resultado en el mayor número registrado desde 2014, año en el que se inició el recuento oficial de este tipo de infracciones.
Once años después, nos encontramos con un dato desalentador compartido por el Observatorio contra la LGTBI-fobia: 318 incidencias registradas durante el pasado año. Sin embargo, este no es el único dato preocupante que arrojan las estadísticas. De los 1.161 detenidos el año pasado por delitos de homofobia, la quinta parte era menor de edad. ¿Cómo es posible que niños sean capaces de coartar libertades, reprimir orientaciones y condicionar la seguridad de miles de personas al salir solas a la calle?
Estamos en un momento crítico donde los jóvenes, que históricamente han sido agentes de cambio y renovación social, parecen estar abrazando discursos homofóbicos y retrógrados que destruyen los avances en derechos humanos.
Una parte de la respuesta está en cómo nos informamos. Vivimos en una era dominada por las redes sociales y algoritmos que amplifican las burbujas informativas y refuerzan las cámaras de eco. Los discursos populistas y simplistas encuentran un terreno fértil en estos espacios, donde la polarización y la desinformación prosperan. Para muchos jóvenes, estas plataformas son la principal —si no la única— fuente de información. Y cuando la información se reduce a titulares sensacionalistas y narrativas emocionales, el pensamiento crítico se resiente.
Es urgente apostar por la educación y la cultura como herramientas para contrarrestar esta tendencia. La educación no solo debe enfocarse en transmitir conocimientos técnicos, sino también en formar ciudadanos críticos, capaces de analizar y cuestionar la información que reciben. Necesitamos enseñar a los jóvenes a identificar discursos de odio, a comprender las implicaciones de las políticas que apoyan y a valorar la diversidad como una fortaleza, no como una amenaza.
El periodismo también tiene un papel crucial que desempeñar. En un momento en el que la crítica desde los medios es cada vez menos frecuente, es fundamental que los periodistas recuperen su función como guardianes de la verdad y promotores del pensamiento crítico. No se trata de adoctrinar, sino de proporcionar a la sociedad las herramientas necesarias para interpretar el mundo.
Como fiel defensora de los derechos y libertades no puedo evitar sentir una mezcla de tristeza y preocupación por el oscuro camino que parece estar tomando nuestra sociedad. Pero también creo en la capacidad de cambio y en la importancia de no rendirse ante la desesperanza.
La lucha contra el retroceso en los valores sociales y culturales es una tarea de todos. No podemos permitir que el odio, el machismo, la homofobia y el racismo se normalicen en nuestras conversaciones. Es momento de apostar por la educación, la cultura y el periodismo como pilares fundamentales para construir una sociedad más respetuosa y democrática.

