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Capitalismo y poliamor

De la monogamia al poliamor: ¿revolucionarios o esclavos del sistema capitalista?

La sociedad de masas dio paso a la sociedad de consumo, y esta sentó las bases de un nuevo paradigma: la era del hiperconsumo. Una realidad marcada por el exceso: redes sociales adictivas ,videojuegos que demandan atención constante, información a golpe de clic y objetos que llegan a nuestra puerta en cuestión de horas. Esta saturación de estímulos no solo ha transformado nuestras pautas de consumo, sino también la forma en que nos relacionamos. En la era del capitalismo, deseo infinito y disponibilidad constante, cabe preguntarse: ¿es el hiperconsumo el fin de la monogamia?

Son muchos los intelectuales que han teorizado y analizado las consecuencias del nuevo paradigma de consumo. Byung-Chul Han, desde una mirada tecnológica e informativa; Gilles Lipovetsky, explorando la transformación del consumidor y la evolución del consumo en la sociedad postmoderna; Eva Illouz, trazando un puente entre el amor y las dinámicas del capitalismo emocional… Todos coinciden en una cosa, el capitalismo no se conforma con el ámbito económico, gobierna prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.

Hagamos un experimento mental: sentémonos un momento en el pupitre de un alumno de tercero de la ESO. En la pizarra, escrita en mayúsculas, una sola palabra: capitalismo. En nuestra mano dominante, un bolígrafo azul; en la otra, uno rojo. Sobre la mesa, una docena de rotuladores de todos los colores. “El capitalismo —dice el libro de texto— es un sistema económico y social basado en la propiedad privada, la libre competencia y la búsqueda del beneficio individual”. Este mismo sistema es el que explica por qué tengo una docena de rotuladores sobre mi mesa. Pero, ¿y nuestras relaciones? ¿Dirige también el sistema económico nuestras pautas afectivas y conductuales?

Según diversos sociólogos y filósofos (ya mencionados) el amor también está atravesado por intereses económicos y utilitaristas. El ejemplo más evidente es Tinder, aplicación que condensa lo más representativo de la sociedad del hiperconsumo: tecnología, algoritmos y redes sociales. Le confiamos a un software —como si fuese una moderna celestina digital— nuestros gustos, prejuicios y esperanzas, para que nos “conecte” con la pareja perfecta. En esta dinámica, algunos usuarios se venden, otros compran, y lo hacen con una lógica puramente capitalista: el amor se mercantiliza.

Sumergidos por completo en esta realidad, aceptamos el amor como un bien de consumo. Pero entonces, ¿cómo vamos a comprometernos con una sola persona entre un océano de posibilidades infinitas? ¿Cuántas flechas puede tener Cupido en su carcaj? ¿Estamos renegando del amor tradicional? ¿De aquel guion predecible de nacer, crecer, conocer a alguien, comprometerse y morir juntos? ¿El “hasta que la muerte nos separe” ha sido reemplazado por un más actual “hasta que el amor se acabe”? ¿Tenemos que elegir? ¿O ya hemos elegido sin darnos cuenta?

La flexibilidad es premiada; la variación, la nueva norma; y el compromiso es rechazado —o quizá transformado—. El amor se vuelve temporal, prescindible, descartable. Así lo explica el sociólogo polaco Zygmunt Bauman en su obra Amor líquido: las relaciones interpersonales en tiempos de posmodernidad están marcadas por su falta de solidez y su tendencia a ser fugaces y superficiales.

Esta última idea también es muy interesante: cómo, en la actualidad, rechazamos lo profundo y premiamos lo superficial. Cómo un libro se vende más si su portada tiene más colores, más dibujos, más adornos. Cómo se ha normalizado el culto al cuerpo, calando en las capas más jóvenes de la sociedad y creando fenómenos como el de los Sephora kids: niñas y niños obsesionados con rutinas exigentes e interminables de maquillaje y skincare. O las constantes operaciones estéticas: liposucciones para lograr resultados que, con meses de gimnasio, también podrían alcanzarse, retoques pre envejecimiento para evitar la más mínima arruga. Esta inmediatez constituye un gran aliado del «amor líquido». La búsqueda constante de una rápida satisfacción nos lleva a la dificultad, y al rechazo de “quedarse con algo” en un mercado de infinitas opciones.

Y es en ese nuevo mercado donde muchos han visto una gran oportunidad de negocio: las apps de citas. Se sustituyen los escaparates por un teléfono móvil y una plataforma digital, los maniquíes por fotos de nosotros mismos. Las etiquetas informativas de las prendas ofrecen, a veces, más datos que nuestro perfil: nombre, edad, distancia. “Sobre mí”: una pequeña frase, doce palabras, ni doce segundos en leer. Abres la app. Ves una foto. No te gusta, deslizas. Otra foto. No te gusta, deslizas. Otra. Te gusta. Match. El algoritmo ha funcionado.

Esta mercantilización del deseo y las emociones ha sido objeto de estudio por parte de muchos sociólogos. Entre ellos, destaca Eva Illouz, que en 2019, tras años de investigación, acuñó el término “capitalismo escópico”: una aplicación del sistema económico al plano de la sexualidad. Una vez más —y siguiendo la lógica patriarcal que tristemente nos sigue rigiendo— este sistema tiende a explotar, especialmente, los cuerpos de las mujeres para el placer de los hombres.

¿Cómo construir intimidad cuando perteneces a una red mercantil donde todo está en oferta, donde todo es reemplazable, y lo único que permanece inalterable es el sistema? Ya no funciona. No es por ti, es por mí. O silencio. Ghosting. Sin implicación emocional, sin resolución de conflictos. Y vuelta a las manos invisibles del mercado. Al algoritmo. Illouz concluye que Tinder es una plataforma que cataliza la fusión del “yo personal” con el “yo del ideal comercial”. El sujeto se convierte en marca y, el deseo, en búsqueda de clics.

Una vez aceptadas las pautas impuestas por el yo comercial, las lógicas sentimentales tradicionales parecen derrumbarse. La monogamia ya no es la norma, sino una opción más entre muchas. Puedes elegir: monogamia, poligamia. Poligínica o poliándrica. Esta multiplicidad de opciones construye un nuevo relato donde el poliamor se presenta como una forma de libertad, una expansión del deseo y de la satisfacción. Más vínculos, menos ataduras. Más libertad, menos límites.

¿Pero es este nuevo régimen sentimental realmente una manifestación de libertad?
¿O es simplemente una nueva máscara del sistema capitalista en la era del hiperconsumo? Queremos más experiencias, más opciones, más emociones. Nunca es suficiente. El sistema —que ha aprendido a leer nuestras carencias— nos ofrece respuestas inmediatas: nuevas apps, nuevas formas de vínculo, nuevas maneras de no comprometerse con nada. Una libertad que se parece demasiado a un catálogo cerrado.

Pero no nos engañemos: esto no es nuevo. El poliamor, en distintas formas, ha existido desde hace siglos. Lo que sí es nuevo es su envoltorio. Hoy se nos presenta como una ruptura, como una disidencia, como una revolución sentimental. ¿Pero lo es realmente? Si de verdad estuviera desafiando al sistema ¿no estaría siendo combatido, silenciado, censurado? En cambio, se promociona, se diseña, se monetiza.

No se trata de juzgar las formas de amar. Toda relación libremente elegida, que no se base en la violencia ni en la imposición, merece respeto. El problema aparece cuando la pluralidad remplaza a la profundidad, y cuando esa supuesta libertad afectiva, regida por los mismos mecanismos que la economía capitalista, solo proporciona insatisfacción. Quizá la pregunta no es si debemos ser monógamos o poliamorosos. Quizá la pregunta es si estamos eligiendo de verdad, o solo adaptándonos al nuevo molde que nos ha ofrecido el sistema.

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