Con la entrega de los premios Oscar a la vuelta de la esquina, es inevitable no entrar en el debate de si se debe o no separar la obra del artista. Tendemos a magnificar a nuestros referentes en el arte, especialmente en la música, el cine o la literatura. Pero, ¿hace su obra peor en función de su ideología o actitudes? Hay quienes quedan tachados de por vida. Otros, en cambio, son liberados de la condena de ser cancelados.
Más de una vez he escuchado decir que «el arte y el artista son lo mismo», pero no siempre es así. Las personas somos complejas por naturaleza, nada es blanco o negro. Yo misma he consumido arte de personas racistas o xenófobas. En esos casos, dependía de cómo me afectase o la gravedad de lo que haya hecho o dicho para cancelarle como persona, aunque eso suponga dejar de consumir su arte. Es inevitable que tu percepción cambie si te enteras que tu ídolo ha matado a alguien, que es un agresor sexual o que ha hecho ciertos comentarios hirientes. El error nos hace humanos. Entonces, ¿la cultura de la cancelación es una cuestión de tolerancia o de sensatez?
Entrando en el eterno debate de separar la obra del artista, ahora mismo estoy en el bando de quienes dicen que no se puede. Al final, en la obra creada quedan reflejadas sus experiencias, sus creencias y percepciones, su punto de vista. Poniendo ejemplos conocidos y vivos: Chris Brown. Al cantante estadounidense se le ha acusado de abusos y amenazas, entre otras; y sin irnos muy lejos tenemos a Ágatha Ruiz de la Prada. La diseñadora de moda afirmó que estaba «viviendo como una gitana». Un comentario racista criticado por grandes hitos de la música de nuestro país como Lolita Flores.
Aquí entra en valor otra cuestión, si nuestro consumo genera un beneficio al artista. A parte de diferenciar qué es un delito y qué es una ideología opuesta a la tuya, el hecho de que esté vivo o no favorece a la hora de señalar al artista, por mucho que sea tu referente.
Parece ciencia ficción intentar que la obra no se vea manchada por la reputación del artista. Tan sólo hay que ver el caso más reciente de la actriz madrileña Karla Sofía Gascón. La protagonista de la película Emilia Pérez se ha convertido en objeto de controversia tras aparecer antiguos tuits racistas. Una cosa es señalar y juzgar por lo que se hizo y se dijo en el pasado, pero hay que ser críticos, razonables y, sobre todo, objetivos. Este caso se asemeja más a una caza de brujas que a una persecución contra los discursos de odio que vemos día sí y día también. Tan sólo hay que ver cuántos deportistas, por ejemplo, han sido cancelados por delitos de agresión sexual: 0.
En el campo de la política pasa algo similar. Trump sería el primero en la lista de la «no cancelación» al salir reelegido y venerado por sus fieles votantes. Y, sin irnos muy lejos, en el ámbito nacional tenemos a Errejón o el reciente caso destapado de Monedero.
Lo que está claro es que la reacción ante comentarios ofensivos no es homogénea. También hay que tener en cuenta que no es lo mismo un tuit racista que una acusación por violencia o abuso. Mientras unos siguen forrándose con acusaciones mucho más graves, otros tienen que ver cómo su carrera queda destruida. Y si hablamos de cancelación, la vara de medir no es igual para todos. A las mujeres no se nos pasa ni una. ¿Será entonces una cuestión de género?
La denominada cultura de la cancelación no siempre responde a la gravedad de los hechos, sino a quién los ha cometido. Pero, ¿qué hacemos con el arte? No hay una respuesta universal, cada persona establece sus propios límites. La clave estará en ser conscientes de las consecuencias que puede haber a la hora de consumir o cancelar al artista. No se trata de ser inquisidores, pero tampoco de ser cómplices.
¿Separar la obra del artista? El debate sigue abierto. Juzgar sin contexto resulta ser más fácil, y consumir con los ojos vendados lo es aún más. La obra está por encima del autor… pero con matices.

