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Estamos cansadas y esta vergüenza no nos pertenece

Violencia estructural, vergüenza impuesta y resistencia feminista: el peso del patriarcado y la lucha por nuestra voz

«Nosotras sufrimos violencia estructural por el hecho de ser mujeres, independientemente de nuestra profesión», dice Ana Marcos en A mí no me ha pasado nada (Por qué normalizamos la violencia sexual contra las mujeres) (Debate, 2025). Erróneamente, muchas personas piensan que este texto es una crónica de su investigación con el caso específico de Carlos Vermut, cuando en realidad es un recorrido por sus reflexiones mientras investiga sobre los casos de abusos en el cine español.

Leer A mí no me ha pasado nada fue una experiencia agridulce. Fue encontrar frases como «Cuando se grita en las manifestaciones ‘yo sí te creo’ es porque sabemos que nuestra principal prueba de cargo es nuestra palabra» y morir de rabia. Ana Marcos también menciona que no entiende cómo permitimos, como sociedad, que la vergüenza de las personas que han sido violadas sea suya y no del violador. La cultura patriarcal ha impuesto una narrativa en la que nosotras, las víctimas, nos vemos obligadas a justificarnos, a explicar dónde estábamos, qué llevábamos puesto, si bebimos, si nos resistimos lo suficiente. Mientras tanto, los agresores rara vez cargan con el peso de sus actos. La vergüenza, que debería ser del perpetrador, se nos traslada, convirtiéndose en una carga que no nos pertenece y que se suma al agotamiento de vivir en una sociedad que minimiza y normaliza la violencia contra nosotras.

Estamos cansadas. No se trata de un cansancio individual ni circunstancial, sino de una extenuación colectiva que se dilata a lo largo de la historia. Estamos cansadas de justificarnos, de demostrar constantemente nuestra valía, de cargar con expectativas imposibles. Pero también estamos cansadas de la vergüenza que nos han enseñado a sentir por ocupar espacio, por hablar, por envejecer, por desear.

Pero deshacerse de la vergüenza no es un proceso inmediato ni lineal. Arrastramos siglos de condicionamiento, de gestos reprimidos, de palabras contenidas. Nos enseñaron a hablar bajito, a pedir permiso, a no incomodar. Incluso cuando intentamos romper con estas imposiciones, la culpa acecha: «¿seré demasiado dura? ¿demasiado ambiciosa? ¿demasiado visible?» Nos pesa el mandato de la modestia, la idea de que si nos atrevemos a alzar la voz, si reclamamos lo que nos corresponde, seremos castigadas por ello.

Esta carga emocional no solo nos condiciona individualmente, sino que también estructura el mundo que habitamos. En El segundo sexo, Simone de Beauvoir analiza cómo la mujer se construye bajo la mirada del otro, internalizando la expectativa de ser un objeto para la aprobación ajena. Judith Butler lleva esta idea más allá: la feminidad no es algo innato, sino una repetición de normas impuestas que, a fuerza de repetirse, parecen naturales. Y una de esas normas es la vergüenza: avergonzarnos de ser demasiado ruidosas, de querer demasiado, de existir sin pedir disculpas.

Pero estamos aprendiendo a desprendernos de esa culpa. Si nos dicen que estamos siendo «demasiado», respondemos: «¿demasiado para quién?». Nos damos cuenta de que la vergüenza es una estrategia de control y que deshacernos de ella es una forma de resistencia. Y aunque todavía sentimos su sombra, ya no la aceptamos como nuestra. No nos avergonzamos más de existir con plenitud, de ocupar espacio, de no pedir permiso. Sabemos que no hemos sido nosotras las equivocadas, sino un sistema que necesita que dudemos de nosotras mismas para perpetuarse.

Mathilde Forget, en Por voluntad propia (Tránsito, 2025), responde con un testimonio descarnado sobre el peso de la culpa impuesta. Su protagonista se enfrenta a un sistema que, en lugar de acoger su dolor, lo convierte en sospecha. La vergüenza de la víctima se traduce en preguntas inquisitivas que buscan deslegitimarnos: «¿Pero le dijo que parara?», «¿No será que usted quería algo con ese señor?». La cultura patriarcal se sostiene en esta dinámica perversa donde la carga emocional de la agresión no la soporta el perpetrador, sino quienes la sufrimos. No solo debemos procesar el trauma, sino también enfrentarnos a un juicio social que mide nuestra credibilidad en función de nuestro comportamiento, nuestra vestimenta, nuestra reacción posterior. La duda no recae sobre el agresor, sino sobre nosotras, y la violencia se perpetúa en forma de silencios impuestos, de preguntas capciosas, de una impunidad que desalienta la denuncia. Así, la vergüenza se convierte en un arma más del patriarcado, un mecanismo de control que busca domesticar nuestro dolor para que no se transforme en rabia, en resistencia, en lucha.

Hay textos, sin embargo, que gritan a viva voz. Es la advertencia que hace Ovidie en La carne es triste (Por qué dejé de follar con hombres) (Altamarea, 2025) al principio del libro: «Si acaso (este libro), es una rabieta, un grito liberador cuyo aluvión de palabras se dirige a la catarsis. Un aullido de rabia que aspira a hacerte reflexionar». Ovidie narra su decisión de dejar de acostarse con hombres tras años de experiencias sexuales marcadas por la decepción, el dolor y la constante sensación de estar ofreciendo algo que no se nos retribuía.

No se queda ahí. En La carne es triste, Ovidie revela cómo nuestro deseo ha sido históricamente moldeado por las expectativas masculinas, hasta el punto de que muchas de nosotras asumimos como natural una sexualidad basada en la entrega y el sacrificio. «Hablo de una vida entera orientada por completo al placer de los hombres, del ansia por conseguir su mirada aprobadora», explica ella, y después, con un tono satírico, expone: «¿Quién en su sano juicio se iba a depilar ‘por gusto’ la línea perianal?». Ovidie, absolutamente nadie, pero ni siquiera podemos decir que nuestras decisiones propias son verdaderamente nuestras.

Ovidie también admite sin tapujos que ha sido violada en múltiples ocasiones, y sin embargo, su psicóloga se sorprende de la frialdad con la que lo menciona. “Lo que más descoloca a mi psicóloga es esta disociación entre mi mente y mi cuerpo. La frialdad de mi discurso, la ausencia de lloriqueos a la hora de contarle cómo me violaron (y no solo una vez) la deja sin palabras.» Esta reacción es sintomática de un sistema que espera que quienes hemos sido violentadas respondamos con angustia visible, con lágrimas, con desesperación, como si la credibilidad de nuestro testimonio dependiera de nuestro sufrimiento externo. Ovidie lo desafía: “Si algo se espera de una mujer violada, es que se sienta sucia y llore desconsolada. En caso contrario, huele a chamusquina”​. Y es que la huelga de Ovidie es una reivindicación del derecho a desear o a no desear, a priorizar nuestro propio placer o a rechazarlo sin que ello implique renunciar a una vida plena. El sexo malo harta, cansa, desespera y destruye. Suele ser malo por el mero límite patriarcal que sigue separándolo todo: incluido el placer.

Este cansancio no es nuevo. La literatura, testimonio de los malestares de cada época, ha recogido este desgaste y lo ha transformado en palabras, permitiendo que lo personal se vuelva político. Nuestro agotamiento no es solo físico, sino también mental y emocional. En Una habitación propia, Virginia Woolf expone cómo la falta de espacios y recursos para la creación intelectual ha generado un desgaste silencioso pero constante en nosotras. «Una mujer debe tener dinero y una habitación propia si va a escribir ficción»​, señala en su frase más icónica, dejando en evidencia que, sin independencia económica ni un lugar propio, la posibilidad de escribir—y, por extensión, de pensar con libertad—se vuelve inalcanzable. Woolf no solo denuncia la ausencia de mujeres en la historia de la literatura, sino que subraya el agotamiento que implica para nosotras la lucha por hacernos escuchar en un mundo que sistemáticamente nos relega a los márgenes.

El desgaste no es solo intelectual. Woolf describe cómo la exclusión de las mujeres de la educación y la cultura ha derivado en una constante sensación de inadecuación y autoexigencia. “El mundo no le decía a la mujer: escribe si quieres, sino que le decía con una risa burlona: escribe si te atreves”. Duele mucho que Una habitación propia sea atemporal: casi un siglo después de su publicación, seguimos enfrentando las mismas barreras que Virginia Woolf denunció en 1929.

Rebecca Solnit, en Los hombres me explican cosas, pone de manifiesto el desgaste que implica que nuestra voz sea constantemente puesta en duda. No se trata solo de la incomodidad de ser interrumpidas en una conversación o de la arrogancia de quienes creen saber más que nosotras sobre nuestras propias experiencias. Es el agotamiento acumulado de vivir en un mundo donde debemos justificar cada palabra, donde nuestra credibilidad nunca es un punto de partida, sino un terreno que hay que defender con esfuerzo.

Este agotamiento no es menor. Nos obliga a pensar con extremo cuidado cada intervención, a medir el tono, a anticipar la desconfianza. Nos lleva a estructurar cada argumento con pruebas adicionales, a reforzar lo obvio para que no se nos acuse de exagerar, a suavizar nuestras palabras para no parecer «demasiado emocionales» o «demasiado agresivas». Solnit relata el ahora emblemático episodio en el que un hombre insistía en explicarle un libro «importantísimo» sobre la fotografía de Eadweard Muybridge, sin darse cuenta de que ella era la autora de ese libro. Aunque sus amigas intentaban señalarlo, él seguía sin escuchar. Y nosotras entendemos bien esa dinámica: cuando un hombre asume que sabe más que nosotras, ni siquiera nos concede la posibilidad de ser escuchadas.

Este cuestionamiento constante cansa. Cansa que nuestra voz no sea suficiente. Cansa que se nos exija una precisión que a otros no se les demanda. Cansa que incluso cuando nos defendemos de una agresión tengamos que probar, con detalles minuciosos, que efectivamente fuimos víctimas y que, aun así, nuestra palabra siga siendo puesta en duda. Este agotamiento no es solo emocional; tiene consecuencias en cómo nos movemos en el mundo. Nos obliga a estar en guardia, a pensar dos veces antes de hablar, a dudar de nosotras mismas incluso cuando sabemos que tenemos razón.

Pero quizás lo más extenuante es que no basta con explicarlo. Incluso cuando denunciamos este desgaste (o cuando denunciamos, se podría quedar ahí: según el Ministerio de Igualdad, solo el 8% de las mujeres que han sufrido violencia sexual fuera de la pareja lo ha denunciado a la Policía, la Guardia Civil o el Juzgado) cuando señalamos la carga adicional que supone que nuestra voz siempre tenga que demostrar su legitimidad, volvemos a encontrarnos con la misma incredulidad de siempre. Como si estuviéramos condenadas a tener que argumentarlo todo desde cero.

No estamos rotas, aunque nos hayan querido quebrar. No somos demasiado, aunque nos lo hayan repetido hasta el cansancio. Somos la voz que se niega a callar, la rabia que no se domestica, la fuerza colectiva que convierte el hartazgo en lucha. Nos dijeron que la vergüenza era nuestra, pero hoy la devolvemos a su verdadero dueño. Porque existir sin pedir permiso es resistencia, y este 8M seguimos gritando: no nos avergonzamos de ser, de desear, de ocupar espacio. No nos callamos más.

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