No, el Papa Francisco no es Pedro Zerolo
Con la reciente hospitalización del Papa Francisco, el pasado 14 de febrero, en el Policlínico Agostino Gemelli de Roma debido a unas complicaciones respiratorias, se han llenado tertulias y artículos reflexionando acerca de su posible legado y el profundo cambio ideológico que ha ocasionado en el seno de la Iglesia Católica.
Salen a relucir sus posturas con respecto al colectivo LGBTIQ+ y, si bien es cierto que ha habido un cambio de narrativa con respecto a sus antecesores -comparado con Ratzinger no era muy difícil-, no es conveniente ser tan papista como para endiosarle y colocarle en el pedestal de los derechos civiles junto a Pedro Zerolo, Judith Butler, Pedro Lemebel o James Baldwin. A algunos se les olvida que, aunque puede que sea un Papa bueno, Francisco no deja de ser un Papa.
Esperanza
El pasado mes de enero, Jorge Mario Bergoglio -el nombre secular del Papa- publicaba su autobiografía, Esperanza. Y es precisamente eso, la esperanza, lo que se despertó en muchos sectores, digamos aperturistas o progresistas, dentro de la Iglesia desde el inicio de su pontificado en 2013. El primer Papa latinoamericano, el primero argentino, un Papa que siente y piensa en español, un Papa jesuita. Todo parecía indicar que estábamos ante una revolución sin precedentes, que íbamos a empezar a estampar camisetas con su cara como si fuese el mismísimo Che Guevara, pero no.
El Papa Francisco ha hecho avanzar mucho a la Iglesia Católica, eso es innegable. Ha creado la Comisión Pontificia para la Protección de Menores y eliminado el secreto pontificio en casos de abuso sexual para poder cooperar con las autoridades en su investigación. Ha vuelto a abrir el debate sobre la posibilidad que una mujer pueda ser diaconisa. De hecho, el pasado 1 de marzo Sor Raffaella Petrini se convirtió en la primera mujer en liderar la Gobernación del Estado de la Ciudad del Vaticano. Han cambiado muchas cosas y ese mérito no puede negársele, pero eso: que no se nos olvide que es un Papa.
«¿Quién soy yo para juzgar?»
Es cierto que hay frases capaces de reparar mucho daño, sentencias que alivian de alguna manera los sufrimientos causados. Es importante que un Sumo Pontífice diga: «Si una persona es gay y busca al Señor y tiene buena voluntad, ¿quién soy yo para juzgarla?». Francisco ha venido para recordarnos lo que ya sabíamos: que ser homosexual no es un pecado -aunque afirma que las relaciones homosexuales sí lo son-. Libera de toda culpa a cualquier homosexual por el hecho de serlo, pero le responsabiliza de ejercer con pleno derecho su amor, tratándolo -como cualquiera puede inferir lógicamente- como una enfermedad, una inclinación hacia el pecado.
Francisco nos demuestra que Dios es capaz de perdonar a una persona por ser homosexual. De nuevo, por si alguno no lo sabía ya. Pero, hablando de perdón, ¿será una declaración como esa suficiente para valerle a la Iglesia el perdón de todas las personas que, formando parte de la religión católica, han sido maltratadas y perseguidas por sus familiares, amigos y párrocos por el hecho de ser homosexuales? ¿Es no excomulgarnos, perseguirnos o señalarnos públicamente suficiente como para que los miembros del colectivo LGBTIQ+ pronunciemos el ego te absolvo, para que olvidemos tanto daño?

«Son hijos de Dios»
En el documental Francesco (2020), afirmaba que «Las personas homosexuales tienen derecho a estar en una familia. Son hijos de Dios». Nuevamente, es necesario y, de alguna manera, revolucionario que un Papa diga algo así, pero, francamente, a cambio del respeto que cualquiera merece y la fe católica predica no se dan las gracias. Ya lo dice San Juan en las Sagradas escrituras: «Quien no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor». Y hay muchos dentro de la Iglesia que no conocen a Dios.
El propio Francisco, en mayo de 2024, expresó su postura contraria al ingreso de homosexuales en el seminario porque «ya hay demasiado mariconeo». Él mismo se disculpó. Pero, Francisco, ¿no decías que no era un pecado? Y, además, si el sacerdocio implica celibato: ¿qué más da la orientación sexual? Si no mantienen relaciones sexuales, ¿verdad? Como le sucede a mucha gente, este Papa es de los que dice respetarnos, pero, en cuanto nota nuestra presencia, procede a taparse la nariz, vaya a ser que lo del «mariconeo» sea contagioso.
Zerolo en Chueca, en Roma: Francisco
Como decía al inicio, pese a que puedan reconocérsele ciertos méritos con respecto a la comunidad LGBTIQ+, no vamos a nombrar a Francisco ídolo máximo y a sacar su estampa en las próximas fiestas del Orgullo. He aquí una de sus polémicas más fuertes para con sus correligionarios: las bendiciones. Al fin y al cabo, ¿a qué se dedica un Papa? Pues a bendecir y a trasladar un mensaje de fe, esperanza y comunidad, ¿no? Si un Papa bendice y ser homosexual no es un pecado, ¿por qué no nos iba a bendecir?
Es evidente que todos sabemos que el matrimonio igualitario no se va a decretar en la Ciudad del Vaticano, pero hombre, negarle la bendición a un cristiano por amar es un poco fuerte, ¿no? «Las bendiciones pueden ofrecerse a todas las personas, incluso a aquellas en situaciones irregulares desde el punto de vista de la Iglesia», dice Francisco. No le pedimos que nos case en la Basílica de San Pedro, pero, si me has dicho que no soy un pecador, trátame como a cualquier otro. Al fin y al cabo, otra vez en palabras del Pontífice: «pecado es faltar a la caridad con el prójimo». Por cierto, Caritas, en latín, tiene mucho que ver con el amor, conviene investigarlo.

Al César lo que es del César y al Papa lo que es del Papa
Hay que reconocer que, por muy simple y tardío que sea todo lo que Francisco ha hecho por las personas LGBTIQ+ con respecto a la Iglesia, no puede quitársele el mérito de haber sido un pionero. Lo grave es que a algunos sectores del catolicismo se les hayan olvidado los conceptos más básicos de su religión. Dice el Papa que «En la Iglesia cabemos todos. El Señor no rechaza a nadie» y es algo que cualquiera que haya ido a una sola lección de catequesis sabe, pero a algunos, insisto, se les ha olvidado. Esa es la base de la fe que predicó Cristo: el amor y la caridad, lo de odiar a los maricones se lo inventaron más tarde.
Para los sectores conservadores, incluido un jefe de estado, Francisco es, por opiniones como estas, el «representante del maligno en la Tierra». Para los más reformistas, en cambio, es tibio y no avanza lo suficiente. Lo cierto es que, siendo justos, este Papa no ha cambiado nada más que el discurso, que ya es un avance. Con sus palabras, consigue entreabrir ciertas puertas para que se pueda entrar a limpiar en esas estancias mohosas cerradas durante siglos, pero sería necesario hacer algo además de hablar. Ha pronunciado discursos insólitos y abierto en cierta medida la mentalidad eclesiástica, pero no estamos ante un ídolo del avance social: no seamos más papistas que el Papa.

