Una reflexión entre la fe y la ironía a propósito de Los Domingos, de Alauda Ruiz de Azúa
Los domingos (2025) trata de lo que pasa cuando no pasa nada, cuando pasa la vida misma, las decisiones, las voluntades, los caminos, las elecciones. Con un retrato familiar como telón de fondo del conflicto espiritual, la película no deja que uno se posicione así como así. No reconforta, sino que plantea, interroga. Me sentí interpelada, salí inquieta y usé el humor fácil para poder darme alguna respuesta.
Nunca pensé que la religión cristiana iba a ser un tema del que escribir. El jugo necesario, el hilo conductor, la excusa para hablar de un poco de actualidad, el primer interrogante al salir del cine. Y es que el otro día fui a ver Los Domingos, la nueva película de Alauda Ruiz de Azúa. Ojalá hubiese sido domingo, para poder decir que los domingos son día de cine, como de misa. Ritual. Pero no, era martes. Día de cine sénior.
Aún considerando que puede no ser el tema principal, conecté con aquello que un día me planteé y que no quise rascar más. La religión y otras maneras de vivir la espiritualidad. Mi madre no me enseñó a ser cristiana, pero estoy bautizada. Luego tomé la comunión; reunión de coleguitas del cole, un mago me regaló un pez y había una tarta chulísima. Ahí acabó mi camino hacia la vida cristiana como creyente. Que no sé si he llegado a serlo alguna vez.
Supongo que desde que salí del colegio de curas impulsada, por una rabia tremenda, rompí lazos con todo aquello, la fe solo tenía forma de iglesia y cara de cura. La convertí en un completo sinsentido. Empecé a entenderla como algo nocivo, corrosivo, limitante, sin entender más allá, solamente la concebía como algo que le servía a los que querían seguir siendo súbditos, un refugio para pobres de espíritu, para los cobardes, pues la vida es para valientes.
Y la vida, en ese momento, no era tan difícil como para tener que ser valiente. Inicios de una adolescente. Iba con todo, no me dejaba a nadie, cabezas cortadas y el ego a mano. Me daba urticaria cada vez que mi abuelita bendecía la mesa. Con la misma inercia, costumbre y tradición que había llegado hasta allí, me marché, apartándolo como algo que le pertenecía a otros, y no a mí.
En el instituto público no había crucifijos, lo raro era saberse el padrenuestro y había gente atea. Si lo guay entonces era atreverse a ser ateo. Yo andaba por ahí, intentando entender algo y encubriendo mi angustia existencial entre tanta alma perdida en busca de esencia y convicción.
Lo último que quería era pertenecer a un grupo basado en cualquier sistema de creencias. Con el tiempo —sagrado— acabé perdonando esa oscuridad infantil e ingenua. Pude pronunciar la palabra Dios sin que me abrasaran las encías. Empecé a preguntarme qué lugar ocupaba la fe en mi vida y empecé por buscar su significado. Estaba fuera de cualquier roce con ese saber.
El prestigioso periodista y crítico estadounidense H. L. Mencken definió la fe como “la propensión a creer, contra toda lógica, que sucederá lo improbable”. Lo de “contra toda lógica” me echó para atrás porque si de algo podemos fardar es de lógica, razón o prudencia. Aunque están las cosas para dudar. La fe como salvación, guía, espera, camino, filosofía, necesidad, oportunidad, elección, vocación.
No crucé ningún puente, ni recibí la llamada de nadie. Sin embargo, resolví mucha aversión enquistada e incluso tonteé con la idea. A la par, me quedé ciertamente desconcertada leyendo las críticas sobre el largomentraje. La niña tiene diecisiete años y es normal que esté experimentando, el ruido y la falta de certeza la llevan a un lugar de puro adoctrinamiento, como es un convento. Su decisión es fruto de la locura y la edad.
Me daba la sensación de que quienes se encontraban detrás de esas críticas estaban dándose a sí mismos una explicación coherente, asentando seguros y asustados nunca verse en ese jaleo, autoconvenciéndose de tal disparate, dando por hecho que lo es y que hay algo que lo excusa, como puede ser la inexperiencia o “la incertidumbre en este mundo tan dividido en el que vivimos”. Lo leí tal cual. Efectivamente. No voy a ser yo quien lo contradiga, ni que esto resuene a grito de auxilio, no me querría ver yo entregando mi vida al Señor.
«La vida está para creer, todo el rato creemos en cosas», me dije. Sin algo de confianza y seguridad no se puede apostar por nada. Pero no me gusta la idea de que tenga que asentir a algo por la autoridad de quien lo dice y predica. La rendición es absolutamente humana, hay veces que no tiene que ver con nadie.
Perder el control y ejecutar igual. Saldrá bien, digo yo. Nos encanta hacernos responsables de todo y echarnos la culpa cuando algo de lo que hemos confeccionado se deshace. Somos súper sabidillos. Y es verdad, lo somos, pero no lo somos menos si dejamos ese cargo de inspector. Además, en ocasiones, ojalá ser un títere. «Te da un respiro» escribo pensando en alto.
Y reconozco que, por momentos, me vi igual de angustiada que la tía de la criatura, Maite (interpretada por la genial Patricia López Arnaiz). Ella no cree en Dios como tampoco cree en su matrimonio, así le esperan ambos, padre e hijo, al otro lado del paso de cebra. Ojalá se hubiese dado media vuelta, mandándolo todo a freír espárragos y casándose con Dios.

