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Un alegato a favor de la escritura desde el intimismo

La escritura como resistencia frente a la prisa del mundo, escribir despacio para mirar el mundo con otros ojos

Los columnistas son personas que, por definición, saben sacar lo hermoso de cualquier nimiedad. Hasta pueden cambiar el mundo. Son ellos quienes, a través de la palabra, consiguen que un evento cotidiano —como la luz que entra a través de la ventana por la mañana, mientras esperamos con la mirada perdida a que el café rompa a hervir— resulte ser algo único e irrepetible, algo aspiracional. Convierten cualquier suceso en algo que pasa a ser la envidia y la inspiración de muchos otros. 

Toman la palabra como herramienta para la ornamentación. Una manera de decorar la vida. Podrían contar cualquier historia, entretejer un mundo con el que contar algo, explicar cómo un ave gigante apareció en el cielo, y conseguirían que la gente lo creyera y lo sintiera como propio. Pienso en Luis Antonio de Villena y su escritura sobre la percepción de la belleza como un acto de resistencia, algo íntimo e individual que pasó a ser apreciado por los demás.

Toda esta realización es explicada por teoría de la literatura a través de un concepto llamado «escrituras del yo», que se entiende como el conjunto de prácticas textuales en las que el autor construye, expresa o examina su identidad personal a través del lenguaje.

Sin embargo, como sociedad estamos acostumbrados a que constantemente tengamos algo nuevo que descubrir. Nuestros dispositivos —teléfonos, tabletas, ordenadores y hasta neveras, en caso de aquellos a los que el dinero les salga por las orejas— emanan de manera incesante nuevo contenido, nuevo material que debe ser digerido a la mayor celeridad posible. Pero esto es un error, porque el mundo no funciona así.

La vida circula a una velocidad más humilde, más responsable. Hay días en los que el mayor hito es únicamente haber visto a nuestros seres queridos un día más. Haberles podido mirar a los ojos con toda la complicidad del mundo —porque el mundo es precisamente eso, una complicidad cotidiana— y escribir sobre ello requiere tiempo, requiere que tanto el alma como el cerebro estén conectados. Y eso no es fácil. Pretender que la escritura funcione al mismo ritmo que las redes sociales es un despropósito, y ya estamos viviendo las consecuencias.

Decía que los articulistas se encargan de compartir su visión íntima del mundo a través de la belleza, de darle un sentido literario a la información y a la realidad. Pero si vivimos únicamente esperando contenido fácil y en absoluto reflexionado ¿seguirán teniendo cabida las columnas que se encargan de traer esa belleza al mundo actual?

Y no quiero que parezca que con este alegato por la literariedad de la vida reniego de la información contada desde un prisma más objetivo y realista, en absoluto. Lo que sí me preocupa es que solo nos quedemos con esta única manera de informar. Porque si solo queda la divulgación más absoluta, ¿cómo vamos a entender la vida únicamente, desde la perspectiva de la objetividad? ¿Dónde quedará la función estética del lenguaje y el ver y entender el mundo a través de los ojos de otros? ¿Cómo conseguiremos inspirarnos y crecer?

Escribir desde la perspectiva íntima del yo no es un acto narcisista, es una vía para extender una mano a los demás. Cuando alguien se atreve a escribir desde la persona, nos permite reconocernos. Y semejante acto, en los tiempos que vivimos, caracterizados por el ajetreo constante, es una proeza. Un acto de valentía sin equiparable.

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