Para resucitar la leyenda de Sálvame se debe hacer con libertad, no amputando la creatividad y los códigos existentes
El último programa de La familia de la tele dicen algunos que ha sido una catarsis. Sin embargo, desde la perspectiva de un servidor, ha sido en realidad una manera sublime de poner las cartas sobre la mesa. Y es que, si llega el punto en el que Belén Esteban se pone a llorar en pleno directo, es evidente que se ha llegado a un punto de inflexión. Han saltado todas y cada una de las alarmas.
Lloraba la gran Esteban, la Patrona. Que «no se reconocía», dijo. Esa que —sin pretenderlo siquiera— acabó haciendo historia de la televisión. Una televisión que, aunque no quieran asumirlo algunos directivos ataviados con corbatas, maletines y las ideas muy claras, es la que anhela la gente. La que se esperaba que daría el salto a la pequeña pantalla pero por la puerta grande. Sin coartar libertades, sin imposiciones morales o éticas, sin los protagonistas hechos añicos. La que fue tantas veces paradigma de la contracultura pop en nuestro país.
Lloraba Belén y lloraba Patiño, otra que tampoco se reconocía. Se ve que ese himno que tomó como suyo, el de «no dejar de soñar» está viéndose truncado poco a poco. Parece que este formato no está siendo un buen reflejo de lo que fue Sálvame —porque Sálvame fue historia— sino más bien todo lo contrario. Está siendo un ejemplo de lo que ocurre cuando no se respeta la historia, cuando se omite y se reinterpreta erróneamente.
No es descabellado pensar que apostar por un formato tan extremista, uno que solo puede ser amado u odiado, resultó ser una decisión que, en realidad, se tomó contando con algunos salvavidas en la recámara. Y no digo que semejante precaución sea reprochable —eso lo dejo a juicio de cada quien—, pero lo que no se puede hacer es convertir a la propia apuesta como un daño colateral, porque así la decisión deja de ser valiente.
Quienes conocían Sálvame y Ni que fuéramos saben que cada programa era una nueva aventura sin filtros, libre y continua. Y no se puede pretender repetir la misma historia queriendo cambiar la fórmula. Las adaptaciones así no funcionan, porque se deja de contar la misma historia que se pretendía en un principio. En mundos como este, el orden de los factores sí que altera el producto. Lo altera demasiado, de hecho. Si se quiere volver a hacer historia —y sobre todo, respetar el mito— se debe hacer siguiendo la misma fórmula. Nada de medias tintas, de franjas horarias en las que el formato pasa a un segundo plano y, ni mucho menos, se puede pretender esculpir el carácter de los colaboradores. En la mitología la libertad y la creatividad no tienen límites, y las cortapisas tampoco tienen cabida.
Lo bueno de las obras maestras es que, por tanto éxito —intencionado u orgánico— la repetición, la réplica o el calco son difíciles de conseguir. ¿Fue Sálvame realmente un mito, una obra suprema? Depende de a quién se le pregunte. Desde luego, para mí sí que lo fue, porque son pocos los programas que se consiguen implantar en la memoria colectiva de una sociedad con semejante fuerza y trascendencia. Y el potencial en La familia de la tele sigue estando ahí. Latente, lleno de ganas de brillar al máximo. Pero si se le pisan los talones, si se duda y se hace desde el miedo, mejor sería dejarlo morir por una cuestión de pura dignidad. Porque para morir de manera lenta y vergonzosa, mejor que ni siquiera se hubiera vuelto a intentar resucitar.

