Después de un mes de prácticas, ¿mis sueños tienen otro destino?
Hace ya más de un mes que empecé mis primeras prácticas en una empresa. Una de mis impresiones durante esta primera toma de contacto con el mundo laboral es que Madrid no se vacía nunca. Al menos no en julio. Aparte de ser “la ciudad que nunca duerme” según un cartel publicitario en la estación de Atocha, Madrid es una ciudad que rebosa de gente.
Por la mañana, la capital se mueve frenética de aquí para allá. Es algo que tal vez no pille por sorpresa a nadie, pero a título personal, es algo que realmente me ha impactado: esa velocidad a la que va todo el mundo, ese estrés que, me atrevería a decir, sale hasta de los aires acondicionados. Me sorprende, no solo porque soy de una ciudad muy diferente, sino porque mis mañanas han dejado de ser slow mornings donde bebía café tranquilamente antes de ir a la universidad para pasar a ser prisas, trenes llenos y autobuses en los que los abanicos cobran gran protagonismo.
Al hilo de esto, otra impresión que tengo de este mes es que he dejado de lado aquello que me hace feliz. Leer, escribir, hacer fotos: todo ha pasado a segundo plano. No solo mis hobbies, sino también la gente que me importa. Mi familia y mis amigos no me ven con la frecuencia de cualquier otro verano y me duele como pocas cosas me han dolido nunca.
Mi 21 cumpleaños lo pasé grabando contenido para el medio donde estoy y durmiéndome a las 10 de la noche. Con eso lo digo todo. Lo que más me molesta es que yo no decido voluntariamente apartar todo lo que me aporta alegría, sino que el trabajo condiciona mi tiempo libre. Sin duda, si esta vida adulta fuera un videojuego, una misión secundaria sería luchar contra el terrorífico “monstruo del trabajo” para que te devolviese el control de tu tiempo.
Pero oye, que no todo ha sido malo. Grabando, editando vídeos y escribiendo titulares es donde me he dado cuenta que estar en una agencia de comunicación es chulísimo. Entre cámaras y notas de prensa me he reafirmado en que es precisamente es esto a lo que me quiero dedicar en el futuro (al periodismo, por si no había quedado claro). Me siento tremendamente afortunado de que mis primeras prácticas no vayan a ser traumáticas, ni por explotación ni por precariedad. Son una gran oportunidad de la que estoy y estaré muy orgulloso.
Sin embargo, mientras escribo estas impresiones no puedo evitar preguntarme: ¿merece la pena pasar mi verano así? ¿es Madrid la ciudad de mis sueños? Me gusta ser optimista con la primera pregunta. Quiero pensar que mi yo del futuro lo agradecerá, que su currículum se verá fortalecido y, sobre todo, su experiencia. Me duele no poder estar con mis padres, no poder visitar a mis abuelos los findes o salir de fiesta a alguna terraza de Chipiona; pero sé que todo va a seguir ahí el verano que viene. Mi familia y la gente a la que quiero no se va a ningún lado, y por eso duermo tan tranquilo por las noches.
A la segunda pregunta no tengo una respuesta tan clara. Podría responder desde la inseguridad y el pesimismo y decir que que el mercado laboral está frito y que el periodismo es un trabajo complejo y precario. Para los que hemos dejado atrás nuestras casas, nuestras costumbres y rutinas es difícil pensar que, después de todo el esfuerzo que hemos hecho y han hecho por nosotros, Madrid no es la ciudad de nuestros sueños.
De cualquier manera, me gusta pensar que si tiene que ser Madrid, será. Y si no, no pasa nada, mi sitio estará en otra parte. Desde luego, no será porque no lo haya intentado. Lo que sí sé es que este verano, tan distinto y difícil, me está enseñando a crecer, tanto laboral como personalmente. Y eso, supongo, también cuenta como cumplir uno de mis sueños.

