El maltrato psicológico ocurre en relaciones cercanas, desde adolescentes hasta matrimonios, dejando cicatrices que no se ven pero requieren años de sanación
Como cada 25 de noviembre, Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, volvemos a mirar de frente una realidad insoportable: la violencia machista y el maltrato psicológico. Esta forma de violencia persiste, se transforma y se cuela en los rincones más íntimos de la vida. Arrebata energía, autoestima, sueños e ilusiones, muchas veces sin que nadie pueda verlo.
Chico conoce a chica. Chica conoce a chico. Comparten sueños, se confiesan miedos y fluyen sin darse cuenta de cuántas hojas del calendario se van. «Al principio todo era perfecto», confiesa con la boca pequeña. Siempre intenta cubrirle, incluso sabiendo que no lleva razón. En el fondo, siente vergüenza de que el amor propio llame a su puerta pero no pueda abrirle. Cada día sufre un maltrato psicológico que no estalla, sino que gotea silenciosamente.
Nunca le ha puesto una mano encima, pero cualquier grito se siente como un golpe al alma. En público, muchas veces no sabe reaccionar. La ansiedad anticipada le provoca pinchazos en el pecho. Le da miedo cometer cualquier «fallo» y recibir silencios calculados o chantajes emocionales. Las humillaciones erosionan su autoestima como quien apaga una vela tras varios intentos. Poco a poco, esa luz desaparece sin que nadie lo note. Esta invisibilidad convierte al maltrato psicológico en una de las formas de violencia más peligrosas. Opera en lo cotidiano y llega a normalizarse porque es parte de la rutina diaria.
Cuando consigue reunirse con amigas, su brillo vuelve por un momento, pero sigue sintiéndose alejada de su entorno afectivo. No tendrá moretones, pero sí cicatrices profundas y una pérdida total de autonomía emocional. Está atrapada en una red de manipulación. No hay escape fácil. Los daños acumulados suelen requerir años de terapia para recuperar la autoestima, la confianza y la autonomía perdida.
El maltrato psicológico no respeta edades ni contextos. Lo vemos en celos disfrazados de amor, en parejas donde la dependencia emocional se disfraza de compromiso, e incluso en matrimonios que aparentan ser la «familia ideal». Detrás de esa fachada hay un patrón sistemático de control que destruye lentamente la personalidad y los proyectos de la víctima.
El problema es doble: primero, la violencia ocurre en lo más íntimo y cercano, donde la víctima creía tener su lugar seguro; segundo, la sociedad sigue normalizando comportamientos dañinos: sumisión como virtud, celos como prueba de afecto, silencio para «no pelear» como madurez. La identidad de la víctima se erosiona sin que nadie lo note. Es una trampa emocional que deja cicatrices difíciles de sanar.
Este 25N nos llama a mirar nuestro entorno, a escuchar señales, a creer a quienes dicen sentirse anuladas aunque no haya heridas visibles. Es urgente educar sobre estos maltratos desde edades tempranas, formar a la justicia, acompañar desde la salud mental y visibilizar lo invisible.
La violencia psicológica y el maltrato psicológico matan proyectos, erosionan relaciones, destruyen la confianza en una misma y dejan huellas que duran años. Si queremos erradicar la violencia machista, debemos intervenir no solo cuando el daño se ve: debemos iluminar lo que ocurre en la sombra y actuar en lo cercano. Lo que no se ve también hiere, y lo que no se nombra no podrá nunca comenzar a sanar.

