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Oriente Medio: guerra, crudo y nuevo orden

La escalada bélica en Oriente Medio redefine equilibrios globales, tensiona el mercado energético y evidencia el declive del orden internacional basado en normas

Nos encontramos frente a la reconfiguración de un nuevo orden mundial incierto, cambiante y en constante evolución. Un nuevo orden que ya no lo es, puesto que el sistema de normas que lo rige es obviado, modificado o adaptado a gusto de sus líderes.

La realpolitik se impone enfrentando a grandes potencias que buscan ampliar sus influencias en regiones estratégicas. Prueba de ello es la reciente escalada bélica en el ya de por sí inestable Golfo Pérsico.

De la escalada localizada a la crisis sistémica global

La decapitación de la teocracia iraní el pasado 28 de febrero ha desencadenado un conflicto a gran escala con muchas aristas. Por un lado, el futuro de la República Islámica, que queda de momento en manos de Mochtabá Jameneí, hijo de su predecesor. Esto implica que, lejos de las predicciones de Donald Trump, el régimen de los ayatolás resiste a sus ataques, alejándose cada vez más de un posible escenario de negociación para un acuerdo nuclear con Estados Unidos.

Por otro lado, la extensión del conflicto en la región, que sacude a los países del Golfo,  amenazando directamente la integridad del sur del Líbano. Israel aprovecha la implicación de Estados Unidos en Irán y la reciente entrada de la milicia libanesa Hezbolá en el conflicto para justificar su intervención en el territorio libanés, del que aspira a controlar el 10%. Asimismo, los ataques directos de Irán sobre sus países vecinos evidencian la gravedad de la situación y complican la posibilidad de una desescalada inmediata.

La crisis energética resultante del cierre temporal del estrecho de Ormuz ya ha empezado a hacer mella en la economía global. A ello se suman los progresivos ataques aéreos a recursos energéticos de la zona. La rápida subida del precio del petróleo es la consecuencia inmediata del recorte del 20% del tránsito petrolífero mundial. Esto anticipa lo que será el principio de una grave situación del mercado energético global.

Lo que inicialmente se planteó como una rápida operación militar se ha convertido en un conflicto cada vez más enquistado. Irán resiste a los ataques estadounidenses a la vez que lanza ofensivas a sus bases y activos militares en la región. Contraria a las expectativas de Trump, la élite teocrática se niega a negociar. 

Racionalidades estratégicas y objetivos en conflicto

Si Irán consigue alargar la guerra en Oriente Medio, pondrá contra las cuerdas a Trump frente a su electorado. Esto le obligaría a sacrificar los intereses israelíes en la región, siendo ambos forzados a aceptar una desescalada bajo sus términos. Cabe mencionar, eso sí, que el cierre del estrecho de Ormuz es una medida que, de perdurar en el tiempo, perjudicará a los propios iraníes. La reducción significativa de sus exportaciones llevaría a la saturación de su capacidad de almacenamiento del crudo.

Estados Unidos, por su parte, sufre las consecuencias de subestimar a su enemigo. Se debate si la intención de Trump fue replicar la intervención en Venezuela, si fue subordinado a las peticiones de su gran aliado en la región y de su lobby sionista en EE.UU., o si buscó imponerse una vez más a China haciéndose con el control de uno de sus principales exportadores de petróleo. Tuviera una estrategia previa o no, lo que es evidente es que Trump ha incumplido con creces su promesa electoral de una política exterior anti-intervencionista. Esto ha generado escisiones en el movimiento MAGA a escasos meses de las elecciones de medio mandato. 

Aunque las encuestas indican que el 90% de sus votantes apoyan la ofensiva contra Irán, un 55% del electorado estadounidense se posiciona contra la guerra. Esta cifra podría aumentar conforme los efectos de la crisis energética y los costes económicos y humanos del conflicto calen en la sociedad americana.

Israel no tiene prisa. Está dispuesto a mantener la ofensiva tanto tiempo como sea necesario para poder emerger como primera potencia y consolidarse como los ojos de Washington en la región. Tras el debilitamiento de Hamás como consecuencia de la masacre en Gaza, el conflicto intermitente contra Hezbolá y los puntuales ataques a los hutíes de Yemen, Israel se ha visto fortalecido frente a su gran amenaza, el Eje de la Resistencia, encabezado por Irán. 

Aviones de combate de la Fuerza Aérea Israelí | Fuente: Wikimedia Commons

Arquitectura geopolítica y lucha por la primacía regional

El escenario de un colapso de la República Islámica convertiría a Israel en única potencia militar y nuclear de Oriente Medio. Esto le concedería el liderazgo del nuevo equilibrio regional y facilitaría su anexión de Cisjordania y la culminación del genocidio en Gaza. Además, la derrota de Irán fortalecería la posición de Arabia Saudí en la región en términos comerciales y de reconfiguración regional. Por esta razón, el príncipe heredero, Mohammed bin Salman, ha animado a Donald Trump a continuar la guerra. Turquía, por su parte, podría extender su influencia en Siria de caer el régimen iraní. 

No es de extrañar que Rusia salga parcialmente victoriosa de la guerra en Oriente Medio. Sin haberse visto involucrado directamente, el país queda como una de las alternativas más accesibles y directas de suministros. Por ello, Estados Unidos ha levantado las sanciones a Rusia y está autorizando la vuelta de la compra del petróleo ruso. Además, la subida del precio del crudo aumenta los ingresos derivados de las exportaciones de petróleo ruso, lo que favorecerá su campaña militar en Ucrania.

Estados Unidos y China: distinto escenario, misma dicotomía

La complejidad de las dinámicas de influencia en la región, la incertidumbre frente a la resistencia iraní y el agravante de la crisis energética evidencian el riesgo al que se somete Estados Unidos al no negociar una salida inminente del conflicto antes de verse arrastrado a un nuevo Iraq. Afianzar su posición en la región a través de sus alianzas con países como Baréin, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait o Israel no es suficiente. Trump busca acabar con el régimen iraní para garantizar un control total y absoluto sobre los recursos del Golfo, a la vez que refuerza la simbología de la supremacía estadounidense en el continente asiático.

China, por su parte, es un actor pragmático en sus relaciones internacionales. El país pretende tener un flujo constante de energía y, por ello, aboga por la estabilidad en Oriente Medio. No obstante, China podría verse perjudicada por la reducción de las exportaciones de crudo iraní, en caso de que Irán no garantice un acceso limitado al estrecho de Ormuz a sus aliados. De hacerse con el control de Irán, Estados Unidos podría bloquear las rutas de recursos de China en la región, lo que podría desembocar en una reacción por parte del gigante asiático.

El imperativo de la desescalada

Donald Trump y Benjamin Netanyahu justifican la ofensiva alegando el severo riesgo que supone el régimen iraní a través de su programa nuclear. Programa que, según declaraciones de Trump en junio de 2025, habría sido totalmente desmantelado gracias a su intervención en la Guerra de los Doce Días librada entre Israel y la República Islámica.

Esto no es sino un reflejo del constante flujo de contradicciones que marcan la política de Donald Trump y que acaba por conseguir no solo el apoyo de sus votantes, sino también de actores externos de gran relevancia. De ello se pueden sacar dos conclusiones: la primera, que Estados Unidos ya no es un aliado fiable para Europa; la segunda, que quien tiene la potestad para interpretar el derecho internacional a su antojo y salir impune no aceptará los límites que otros le impongan.

Y es por eso que hay que reivindicar un «no a la guerra» unánime, sin condiciones y sin letra pequeña, que se yerga firme frente a los matones. La guerra no beneficia a nadie más que al titiritero que mueve los hilos y se cobra las vidas que no le pertenecen. Oponerse a ella no es una cuestión ideológica, sino un deber humano.

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