Las nuevas comunidades energéticas convierten los tejados en soluciones locales frente a la crisis climática y económica
En un momento de incertidumbre climática y precios eléctricos cada vez más volátiles, un movimiento ciudadano crece en silencio por toda España: las Comunidades Energéticas Locales (CEL), iniciativas en las que vecinos, comercios y administraciones producen y comparten su propia energía renovable. Lo que hace solo unos años parecía una quimera hoy está transformando la manera en que se consume electricidad en barrios, pueblos y ciudades.
Un modelo que se expande desde abajo
Las comunidades energéticas permiten que varios usuarios cercanos geográficamente generen electricidad —normalmente mediante placas solares fotovoltaicas— y la consuman de forma compartida. No dependen de grandes compañías ni de grandes infraestructuras. Son, esencialmente, un proyecto vecinal con un radio de acción limitado, que actualmente se ha ampliado hasta los 2 km entre la instalación de generación y los consumidores asociados, facilitando así el autoconsumo compartido.
En ellas, cada socio aporta una cuota o una inversión inicial y obtiene a cambio acceso a energía de kilómetro cero, precios estables y participación directa en la toma de decisiones. Las cooperativas y comunidades energéticas funcionan sin ánimo de lucro o con un objetivo principal no financiero, sino centrado en aportar beneficios medioambientales, económicos o sociales a sus miembros o a las zonas donde operan. Cualquier beneficio se reinvierte en nuevas instalaciones o en mejorar la eficiencia del barrio.
Organizaciones como Som Energia y Goiener son ejemplos de cooperativas de comercialización y generación de energía renovable a nivel estatal, que han demostrado la viabilidad del modelo. Estas, junto a las más recientes Comunidades de Energías Renovables (CER) y Comunidades Ciudadanas de Energía (CCE), han probado que el modelo no solo funciona, sino que reduce emisiones, abarata la factura y fortalece el tejido social.
Por qué ocurre ahora
La expansión de estas iniciativas responde a una combinación de factores:
- Preocupación ambiental creciente, en un país cada vez más expuesto a sequías, inundaciones y olas de calor.
- Inestabilidad del mercado eléctrico, que ha empujado a muchos hogares a buscar alternativas más previsibles.
- Nuevas normativas europeas y españolas, que facilitan el autoconsumo compartido y ofrecen ayudas económicas para su puesta en marcha. El marco legal se basa en las directivas europeas (Directiva de Energías Renovables II y Directiva de Mercado Interior de la Electricidad) y se ha traspuesto a la legislación española, permitiendo la figura de las CEL.
- Avances tecnológicos, que han abaratado notablemente las instalaciones solares fotovoltaicas.
El resultado es un escenario donde la ciudadanía pasa de ser consumidora pasiva a convertirse en agente activo del sistema energético.
El potencial en la Comunidad Valenciana
Aunque el fenómeno de las cooperativas energéticas se inició con fuerza en regiones como Cataluña y País Vasco, la Comunidad Valenciana está viviendo un despegue significativo en la creación de Comunidades Energéticas Locales (CEL). Municipios medianos y pequeños estudian instalar plantas solares compartidas en tejados de edificios municipales, polideportivos o colegios.
El clima benigno y la alta radiación solar anual favorecen la implantación de proyectos energéticos locales. La densidad de barrios compactos también convierte a la región en un terreno especialmente fértil. Además, las ayudas autonómicas y europeas han despertado el interés de muchas comunidades de vecinos. Hasta hace poco, muchos veían la energía solar como una inversión inaccesible.
Luces y sombras: los retos que quedan
A pesar del avance, todavía existen barreras que frenan la implantación masiva:
- Financiación inicial elevada para comunidades con pocos recursos.
- Desinformación: muchos vecinos desconocen cómo funciona el modelo o qué ventajas aporta realmente.
- Complejidad administrativa: aunque la normativa ha mejorado (especialmente con la ampliación del radio de acción), el proceso sigue siendo lento para quienes no tienen experiencia técnica.
- Desigualdad territorial: hay municipios muy avanzados y otros en los que el concepto ni siquiera ha llegado.
Expertos del sector coinciden en que el reto más profundo no es tecnológico, sino cultural: lograr que la ciudadanía se vea como productora de energía y no solo como usuaria.
Un cambio que empieza en la azotea
La revolución energética que vive España no depende de macrocentrales ni de reformas monumentales. Depende de decisiones pequeñas tomadas por la ciudadanía. Ejemplos de ello son la azotea de un colegio o la cubierta de un polideportivo. También lo es el acuerdo entre diez vecinos que deciden compartir placas solares. En un país donde más del 80% de los tejados están infrautilizados, el potencial es enorme. Las comunidades energéticas son mucho más que autoconsumo. Representan un modelo en el que la energía se democratiza y se acerca al ciudadano. Se convierten en una herramienta para fortalecer barrios. Además, ayudan a reducir la huella climática.
El futuro eléctrico de España podría no venir de grandes torres de alta tensión, sino de los tejados que ya tenemos sobre nuestras cabezas.
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