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A la IA y a la ciencia les falta erotismo

Para Byung-Chul Han, en ausencia de Eros, no hay pensamiento

El filósofo Byung-Chul Han señala en La agonía del Eros los problemas de la ciencia actual. El positivismo y la acumulación de datos en la que la IA y la ciencia han caído resultan incompatibles con el conocimiento. Para volver ahí, el pensador propone la única alternativa viable para escapar del ego y la productividad contemporánea: el Eros. Con su fuerza de descubrimiento, esta deidad griega es, junto a la calma, el motor del pensamiento y la reflexión. Dos cosas que, en estos tiempos, Han echa en falta.

La esencia del método científico es descubrir, probar, dar un paso más allá. En muchas ocasiones, la ciencia ha ido de la mano de la improvisación o del golpe de suerte; sin el descuido de Alexander Flemming, no tendríamos penicilina y los científicos de Pfizer se encontraron casualmente con la Viagra buscando una solución para la angina de pecho. Para inventar algo, para teorizar, para pensar, hace falta un afán de creación, de descubrimiento, de lanzarse a lo desconocido. He aquí la clave: para la ciencia hace falta adentrarse en lo desconocido, en lo misterioso. Según Byung-Chul Han, «Lo erótico nunca está libre de misterio». Más aún, atendiendo a Platón, se comprende a Eros como una fuerza cósmica que, no solo atrae hacia algo, sino que abre el alma a lo desconocido, invita a lanzarse hacia lo otro.

La ciencia Google

A día de hoy, según el filósofo alemán, la ciencia -y con ella la IA- peca de positivismo, igual que la sociedad. Sus principios son el rendimiento y la producción, su único fin es la adición. Dice: «La ciencia positiva, basada en los datos (la ciencia Google), que se agota con la igualación y la comparación de datos, pone fin a la teoría en sentido amplio». Para Han, las teorías tienen una fuerte carga subjetiva, moldean nuestra manera de pensar y con ella nuestras vidas, pero en una ciencia basada en la acumulación de datos y no en el análisis, es imposible transformar la realidad, nada se propone, solo se exhibe la información. La teoría tiene un componente narrativo, se basa en el diálogo, en el monólogo, en el Logos en su mayor parte. Sin proposición, debate o reflexión no hay ciencia. Dice Byung-Chul Han que:

«Esa ciencia [la actual] es aditiva o detectiva, y no narrativa o hermenéutica. Le falta la constante tensión narrativa. Así se descompone en informaciones. Ante la proliferante masa de información y datos, hoy las teorías son más necesarias que nunca».

Exceso de informaciones

Una de las mayores críticas del filósofo (y en la que, además de las ciencias naturales o exactas, podemos incluir las humanísticas) es que una ciencia exclusivamente positiva y dedicada a la acumulación de datos no tiene capacidad de producir conocimientos. «De las informaciones nos damos por enterados» afirma, «pero enterarse de las cosas todavía no es ningún conocimiento». La ciencia, tanto como la IA, se basa en el cálculo, en la pura aritmética, puede obrar y presentar datos, transmitir informaciones, pero es, en esencia, un ejercicio sumatorio y no analítico. La ciencia debe ser análisis y reflexión, refutación y argumentación, no sumas y restas. Para Han: «Las informaciones como positividades no cambian ni anuncian nada. Carecen por completo de consecuencias. En cambio, el conocimiento es una negatividad. Es exclusivo, exquisito y realizador».

Ilustración para Marvel de Harl Vincent. | Fuente: Wikimedia Commons.

Demasiados datos, falta silencio

La hiperestimulación y el bombardeo de datos son incompatibles con la ciencia. Para ella, dice Han, hace falta calma, reflexión, no por casualidad los mayores genios de nuestra Historia fueron sumamente solitarios e introspectivos. La IA y las bases de datos podrán ser una gran herramienta para las investigaciones científicas, pero (para regocijo de químicos, médicos, demógrafos o filósofos) nunca podrá sustituir la capacidad de síntesis del ser humano. Reflexionar (del latín reflectio) significa flexionarse hacia atrás, volverse una y otra vez sobre una misma cosa, precisa de cuidado y dedicación. Es precisamente eso lo que la máquina no puede hacer. La IA es desbordamiento, significa infinitos dígitos y fuentes, el humano, en cambio, es flexión, reflexión, balanza y contraste. Dice Han que «el pensamiento tiene necesidad de silencio. Es una expedición al silencio».

La derogación de la atopía y la dictadura del ego

En esto, como en el amor, advierte que hemos perdido la atopía, que tratamos de derogarla. Todo debe estar convenientemente clasificado, etiquetado, enfrascado en pequeñas probetas, pero, de estar todo categorizado, ¿para qué seguir investigando? En ausencia del deseo, de algo que nos invite a ir más allá, a descubrir y lanzarnos a lo desconocido, sin Eros la ciencia carece de sentido, es puro síndrome de Diógenes, pura acumulación. Dice Byung-Chul Han que «es necesario haber sido un amigo, un amante, para poder pensar». Es el influjo del Eros lo que hace de la ciencia algo progresivo, que va conquistando nuevas cotas, porque lanza al individuo hacia ese «no-saber», hacia la atopía. En una época que, según el filósofo, está enferma de narcisismo neoliberal, el Eros es la manera de escapar del ego y lanzarse hacia lo otro, que es donde reside el conocimiento. Proclama:

«Sin Eros el pensamiento pierde toda vitalidad, toda inquietud, y se hace represivo y reactivo. Eros da nervio al pensamiento con la aspiración al otro atópico».

En este sentido, Byung-Chul Han nos manda fundamentalmente dos mensajes: uno, para que haya conocimiento debe haber Eros, ergo, humanidad, pues este dios solo influye sobre los seres; y, dos, solo puede conquistarse el conocimiento desembarazándose del ego y de la acumulación, en un movimiento que lleva hacia lo otro, la atopía y lo desconocido, es decir, nuevamente, bajo el influjo de Eros. Todas las ciencias deben buscar el conocimiento, encontrar una teoría, perseguir un bien y esta es otra de las definiciones que Platón le daba al erotismo. En un contexto de desarrollo de la IA y la ciencia positivista que busca la cantidad, debe hacerse un ejercicio de negatividad, una vuelta a la reflexión y a la calma, a encontrar esa síntesis de la que hablaba Hegel.

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