‘Las Niñas’, el cine de secano y el que está por venir

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Celia en el confesionario | Fuente: Las Niñas

Nuestro cine de secano

Solo las actrices más grandes y las directoras más sabias son capaces de contar más con su silencio que con su voz. Esto es lo que ha quedado patente para los espectadores de Las Niñas, que al estrenarse el 4 de Septiembre de 2020 remendaba tímidamente el tejido de unas salas de cine heridas por una pandemia que había intensificado enormemente la necesidad de ficción de calidad.

De Aragón, hacia Aragón

El campo español es un escenario de pobreza secular, donde las casas pequeñas se disponen en aldeas, plegadas sobre sí mismas en calles retorcidas buscando el frescor y la sombra en herencia de las medinas árabes. El campanario de la iglesia es el centro ceremonial en torno al que se apiñan y abrazan todas las moradas, escapando de la llanura, como si la temieran. Pero en estos lugares donde parece que el tiempo no pasa es también donde nace el arte agrario, el cultivo: la hazaña de roturar la tierra. Pilar Palomero nació en uno de ellos, donde las montañas color ocre se erigen secas al no ser regadas por las nubes del norte, que están atrapadas en la cumbre de los Pirineos.

La cineasta había dirigido ya varios cortometrajes en el momento de estrenar su primera película, Las Niñas. Tras su paso por el notable Festival de Berlín de 2020, le llegó el turno al viaje por su hogar: nuestro país, en el Festival de Málaga, Filmin y la gran pantalla. La última parada de su recorrido ha tenido lugar hace una semana en la ceremonia de los Goya, donde unos solemnes Antonio Banderas y María Casado condecoraron a la cinta con los premios a la mejor dirección novel, mejor fotografía y mejor película. El reparto también ha gozado de reconocimiento, contando con nominaciones a los premios Feroz y a los CEC.

Pilar Palomero recibe el Goya a Mejor Guion Original por Las Niñas | Fuente: Miguel Córdoba (EFE)

La trayectoria, como la del cine español, es centrípeta

La cinta evoca con agria mezcolanza la España de 1992 y enrosca su contenido en la tradición más clásica de nuestro séptimo arte mientras por fuera, desde la preproducción hasta su estreno, traza una simpática línea que puede darnos pistas sobre el futuro del cine emergente. 

Brisa llega a la escuela | Fuente: Las Niñas

En Las Niñas se mira hacia la infancia a través de un cristal ceniciento y cubierto de polvo. Una infancia reflejada en los sentimientos y las experiencias sensoriales de la protagonista, Celia (Andrea Fandos), y sus vivencias en el entorno de su hogar y colegio religioso. Pero esta sábana de inocencia se rasga con las inevitables aspiraciones de la pequeña; las de acercarse al seductor mundo adulto: el querer para ella lo lejano, lo que hay más allá de la inmovilidad de su vida. Este tierno deseo muestra con verosimilitud el tópico literario de la infancia y su dramático abandono, encuadrándolo en un contexto generacional convulso donde Felipe González, Francisco Umbral, Raffaella Carrá, la Exposición Universal de Sevilla y los Juegos Olímpicos eran los satélites de una realidad social estancada en la sangre y el sudor de todo un país. 

El cine que está por venir

Parece entonces que la ópera prima de Pilar Palomero recupera la orfebrería onírica y poética de aquellas producciones de Elías Querejeta: de una tradición cinematográfica honrosa tanto en su contenido como en el respeto al espectador y a la realidad social, aunque ésta se presente bañada en un simbolismo sereno y sutil. Pero por el desarrollo de su producción y trayecto por los diferentes Festivales podemos saber a vuelapluma cuál es la siguiente etapa en la que están entrando los cineastas emergentes, y no es otra que el cambio de marcha mirando hacia Europa del este: Pilar Palomero ha lanzado su carrera creativa tras haber pasado por escuelas de cine especializadas y habiendo ejercido de profesora en ellas.

Esto significa que el capital cultural académico, los másteres y la figura de la escuela de cine, ahora sí, son herramientas para impulsar proyectos audiovisuales llamados a cierto prestigio. Así lo ha demostrado el palmarés de los Goya, que en un acto de nobleza han otorgado los galardones a proyectos juveniles y de poco presupuesto como Las Niñas. Esto es necesario, puesto que hasta que se venza la situación del mercado cinematográfico donde el nicho está dividido entre proyectos de éxito comercial y proyectos de renombre autoral, el equilibrio solo está en favorecer desde la academia un canon alejado de las grandes producciones.

Por aquí pasa a su vez un detalle no menos importante: la posibilidad de recambio del modelo transnacional. El cine que se está haciendo tanto en Europa como en Latinoamérica había encontrado su futuro en el modelo de co-producción internacional, diluyendo las fronteras comerciales y lingüísticas. Las Niñas se convierte ahora en la última adición a la línea de películas del nuevo cine de autor español donde es posible salir a flote con subvención íntegramente nacional (Verano 1993 (2017), Entre dos aguas (2018), etc.) aunque esto esté aparejado a una dificultad adicional a la hora de decodificar el texto fílmico para los espectadores de otros países.

 

Natalia de Molina y Andrea Fandos | Fuente: Las Niñas

 

«Frutas de clara miel, lunas de papel»

Así reza la canción que las estudiantes entonan a lo largo de la película. Celia es una niña atrapada en un espacio luminal. Su curiosidad infantil le lleva a inquietarse sobre su futuro, al que intenta llegar a través de las vivencias con sus amigas, donde los juegos infantiles se mezclan con la inocencia a flor de piel y a preguntarse sobre su pasado, presente en la figura de su madre (Natalia de Molina) con su empeño en vetar y censurar la cuestión familiar y de la propia orfandad de su hija, privando a la pequeña de un mundo que poco a poco irá reclamando.

Siempre bajo la atenta mirada de las monjas que intentan atar en corto su madurez, es en el colegio religioso (escenario principal de la película) donde las niñas hacen frente a sus primeras dudas y confrontan por primera vez su curiosidad con respecto a los preceptos que se han asumido y dado por hecho, como la obligación de asistir a las clases, lo que se esconde bajo las puertas prohibidas del colegio, por qué es pecado tener hijos fuera del matrimonio…

La lejanía de aquel mundo oculto, ese horizonte hacia el que camina Celia, esboza un paralelismo con la actitud de una España ortopédica entre dos tiempos, con cuestiones no resueltas sobre su pasado, entonces (y ahora) cubierto con un tupido velo, y también con el recelo del presente. El esfuerzo inútil, las idas y venidas con un ardor febril entre puentes y escaleras interpuestos de una generación que hace un valiente funambulismo sobre la brecha histórica que separa las orillas de sus mayores y de lo que viene de la mano del futuro.

Al sur de los Pirineos

Como pasa en El Espíritu de la Colmena, de Víctor Erice, el crecimiento del mundo interior de las protagonistas sucede a pesar de la entropía inmunodeprimida del mundo externo. En ambas películas, separadas por más de 50 años, los rostros luminosos de Andrea Fandos y Ana Torrent resplandece en un mundo que tiende a la erosión y a la ruina, donde el monstruo es el que sufre: el que sufre es porque quiere saber, el que quiere saber merece el infierno y el infierno es siempre la alteridad.

Ana Torrent e Isabel Tellería | Fuente: El Espíritu de la Colmena

Las inigualables interpretaciones de Andrea Fandos y Natalia de Molina nos acompañan en una proyección desdoblada de la infancia y sus vicisitudes en medio de la extrañeza del mundo y sus promesas. Las Niñas ha logrado devolver un tímido candor a unas salas de cine frías y somnolientas. Hoy necesitamos y agradecemos películas así, y por ello es muy buena noticia que haya logrado sus merecidos reconocimientos.

El cine también es un arte agrario, donde hay que sembrar, regar y roturar la tierra. Es admirable que persista y se supere constantemente en un entorno de secano como el nuestro. No levantemos montañas que impidan el paso de las nubes que lo riegue, porque lo verde no empieza solo en el otro lado de los Pirineos.

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