De la mano de Blackie Books, aterriza en España «el mejor libro del año» del The New York Times… y cumple las expectativas que promete
“Las cosas no son lo que parecen. Nunca confíes en las cosas”.
El primer libro de la trilogía Iremonger comienza con esta premisa. Advierte al lector que las “cosas” poseen una doble identidad de la que hay que desconfiar, pero el espectro de las “cosas” es tan amplio que uno se ve obligado a desconfiar de todo.
Los Iremonger son una familia única, peculiar, que ha vivido durante generaciones en Heap House, una mansión alejada de todo y rodeada de escombros que casi puede ser un pueblo en sí misma. Aunque hay más de una anomalía en la familia, la tradición que se ha respetado durante años es que todos los que tengan sangre Iremonger deben tener un objeto de nacimiento que deben proteger con su vida.
La historia acompaña, en primera instancia, las desventuras que vive Clod Iremonger dentro de Heap House, enfrentándose a su propia familia (descubrimos que cada miembro es más perverso que el anterior) en una lucha continua por vivir en tranquilidad.
Clod comienza contando su problema al escuchar de más. En una narrativa en primera persona, nuestro protagonista alega escuchar nombres propios (sí, sí, nombres propios) por todos los rincones de Heap House. Odia escucharlos, por supuesto. Suponen más un dolor de cabeza que una ayuda. Ante este mal inesperado, muchos miembros de su familia creen que Clod, inevitablemente, ha debido perder la cabeza.
Pero no es así. Clod escucha nombres, y vienen de todos los rincones de Heap House, aunque más que de los rincones… vienen de las cosas. De aquellas de las que se ha intentado advertir al lector que no debe confiar.

¿Puede ser el mejor libro del año?
Cuando se lee ese titular describiendo una novela, es inevitable llegar con cierta expectativa a la narración. Además, de nuevo las clasificaciones por edad crean una controversia enorme al clasificarlo como lectura juvenil-infantil (+12 años), pues claramente esta historia puede leerla también un adulto… pero me hubiese gustado leerla cuando tenía menos edad.
Siguiendo con eso, esta historia evoca un aire de nostalgia hacia ciertas producciones de años anteriores que coinciden con una infancia u adolescencia para ciertos adultos, tales como Coraline, Una serie de catastróficas desdichas, La familia Addams, y una clara influencia gótica rasposa que envuelve a toda la historia.
Sorprende que aún con esa descripción tan cercana a lo que es una historia de terror, se cree una sensación de nostalgia, ¿no es así? Y es que este tipo de terror, en ciertas ocasiones e historias, desprende la sensación de comodidad que tiene el primer libro de la trilogía Iremonger. Además, la atmósfera de la novela no es ni desoladora, ni depresiva, todo lo contrario; es, como he dicho, cómoda. Es bizarro, pero es brillante leer cosas brillantes… ¿acaso no es “el libro del año” por algo?

“Yo no soy una Iremonger… soy Lucy Pennant”
La co-protagonista de la historia toma el poder de la narración cuando ya hemos leído mucho acerca de la historia de Clod. Lucy Pennant se trata de una sirvienta de Heap House, una de las muchas que hay en la mansión, tantas, que pierden su nombre, porque no tiene la más mínima importancia en ese lugar.
La cuestión del nombre es la base de la identidad de alguien. Cuando todos los habitantes de Heap House que no son Iremongers renuncian a él, renuncian también a esa parte vital de sí mismos para transformarse en la masa que hay en las profundidades del lugar, forman parte del cúmulo.
El nombre es fundamental para absolutamente todo, pero en nuestro caso, en el humano, está profundamente vinculado a nuestra historia, cultura, familia y sentido de pertenencia. En una sociedad pequeña como es Heap House, donde las cosas tienen mucho más valor de lo que imaginamos y donde Clod Iremonger escucha nombres propios por doquier, el hecho de renunciar a un nombre tiene incluso más valor que en un contexto normal. Es un sinsentido pensar que la renuncia al nombre no ha sido intencional.
Lo que son y lo que parecen las cosas
Es difícil apostar por una idea así, pero ya apenas hay novelas creativas, historias que apuesten por una mecánica, un concepto, o un propósito que se salga de los límites de lo normativamente establecido. Es por eso que, cuando el lector lee por primera vez el término “objeto de nacimiento” puede impactarle de sobremanera.
Esta historia torna los objetos más mundanos (los que pasan incluso desapercibido, como es el caso del tapón de bañera de Clod) en algo totalmente preciado, con gran valor, no solo como gag literario, sino con relevancia en la trama y que plantea un nuevo pensamiento al lector: ¿Cuidas tanto de las cosas como merecen? Incluso resulta irónico que el escenario principal (Heap House) en una historia en la que remarcan tanto lo que son “las cosas”, el valor de las mismas y cómo de cuidadosos tenemos que ser con ellas, esté lleno de basura (¡La cual en un futuro tendrá mucho más sentido que en el inicio!).

El abuso de la descripción no es un punto negativo en la historia, sino que es inevitable. Hay muchas opiniones al respecto de este asunto, pero… ¿no es acaso lo más apropiado que en una historia donde las cosas tienen tanta importancia como reiteran en tantas ocasiones, haya descripciones largas, tediosas y detalladas sobre ellas? Y no solo sobre las cosas, sino sobre absolutamente todo. Es una narración en primera persona donde por la propia forma de escribir se nota la diferencia entre los personajes principales.
¿Qué secretos tiene la familia Iremonger?
El sentido de la privacidad y el secretismo también se aborda en la novela, y es que las familias grandes suelen tener más secretos debido a la complejidad de las relaciones y las dinámicas internas. Aunque todos los Iremongers estén envueltos en una personalidad algo incómoda y enrevesada, se ve con claridad quién es de confiar en ese ambiente.
Sin embargo, no creo que nadie consiga descifrar en sus primeras hipótesis qué es lo que tanto ocultan en la mansión, y eso, para los lectores que quieren adivinar todo desde el principio porque les supone un reto intelectual… es una maravilla.
Si volvemos al tema de la clasificación de edad, mayores de 12. Conectándolo con la complejidad de la novela, la extraña sensación de confort que desprenden determinados productos de horror y el saber que la casa oculta algo… hace pensar que esta novela tiene que ser leída compulsivamente por los ratones de biblioteca de doce años. Y eso no quiere decir, ni de lejos, que un adulto no pueda leerlo, pues reconectaría por completo con ese niño interior con el que hace falta charlar de vez en cuando.
Con esto, Blackie Books ha traído a España no solo al libro del año, sino a uno de los libros de la década. Este libro logra una mezcla única de originalidad y este horror cómodo, además de ver sus maravillosas ilustraciones con estilo de daguerrotipo. Hace, incluso, que se abra un debate interno: ¿Queremos más libros así, o estamos bien con esta cantidad tan limitada, tan selecta, que brilla cada vez que salen a la luz?
Sobre el autor
Edward Carey nació en Inglaterra, durante una tormenta de nieve. Como su padre y su abuelo, ambos oficiales de la Marina, asistió al Pangbourne Nautical College, donde lo más cerca que estuvo de seguir la vocación de su familia fue interpretar a un capitán de barco en un musical de la escuela. Quizá fue en ese escenario donde descubrió su pasión por el teatro, que encontraría su desarrollo natural en sus estudios posteriores en la Hull University. Pero sus grandes vocaciones son sin duda la escritura y la ilustración. Según el propio autor siempre dibuja los personajes sobre los que escribe, aunque a menudo sus ilustraciones contradicen la escritura, y viceversa.
También es extremadamente exhaustivo a la hora de documentarse para sus obras. Little, su biografía novelada de Madame Tussaud, fue escrita solo tras trabajar en el museo de cera. Durante el confinamiento por la Covid19 puso en marcha el proyecto Una ilustración diaria, que terminó alargándose casi dos años. Nadie pone en duda la incombustible paciencia de Carey. La Trilogía Iremonger, su obra cumbre, le llevó cerca de una década. Esta nació de la nostalgia que sentía viviendo en Texas, y que le llevó a establecer su historia en la Inglaterra victoriana. En ella ofrece a sus lectores una crítica agudísima al sistema de clases, una mirada ecologista y un entramado lleno de misterios.


