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Mercado, ruido y versos: un alegato en el Día de la Poesía

Hoy, 21 de marzo, celebramos el Día Internacional de la Poesía y la importancia de mantener vivo el género lírico

La literatura resiste férreamente al paso del tiempo. Podría parecer descabellado que no fuera así; sin embargo, hay quienes vaticinaron su declive por la irrupción de nuevas formas de ocio como los videojuegos o las redes sociales. Nada más lejos de la realidad; la lectura permanece entre las principales actividades de tiempo libre. También entre los más jóvenes, aunque muchos no quieran creerlo. Aun así, siempre hay un margen de mejora: encauzar el rumbo actual de la poesía.

Esa asignatura pendiente no impide valorar los logros actuales, al contrario. ¡Cómo no vamos a celebrar que los escritores sigan llenando auditorios con sus presentaciones! ¡Por supuesto que nos alegra la irrupción de fenómenos literarios como La península de las casas vacías de David Uclés! El problema radica en que entre las lecturas más vendidas cuesta encontrar poesía. La novela, los libros de autoayuda, el ensayo —en menor grado— y los cómics y mangas dominan las listas de ventas. Concretamente, según una encuesta de 40db, un 72% de los lectores españoles leen novelas, frente a un escaso 25% en el caso de la poesía. Claro que estas cifras no son fruto de la casualidad, como tampoco lo son sus consecuencias.

Versos manchados de ruido

El ganador del Premio Princesa de Asturias, Byung-Chul Han, escribe en Sobre Dios acerca de la importancia del silencio en el plano creativo, especialmente en el poético. En este sentido, el problema no es la falta de versos, pues en la inmediatez de las redes sociales encontramos cientos de instapoetas. La verdadera escasez es de profundidad.

En un mundo atiborrado de ruido físico y emocional, no existe el espacio requerido para la introspección que propicie la producción poética de calado. En palabras del surcoreano «la poesía de verdad nace del silencio contemplativo», aquel que la hipercomunicación digital destruye. El estruendo informativo que sacude el alma no frena la escritura; sin embargo, sí entorpece trágicamente la creación de obras capaces de conmover y perdurar.

La poesía «no vende»

La diferencia de lectores de la lírica con respecto a la prosa se explica, entre otras razones, porque tiene un flujo de ventas desmesuradamente más lento. El mundo de las editoriales esconde tras de sí una cara mercantil que en todo momento busca maximizar la rentabilidad. No es que fuera algo desconocido; pero despoja de todo romanticismo a la creación literaria, que termina convertida en un simple producto de consumo. Y en lo que a beneficios se refiere, las obras más provechosas son las novelas.

¿Y por qué cuesta tanto encontrar superventas poéticos que rivalicen con la narrativa? La respuesta une los intereses de las editoriales con el miedo del público: la poesía incomoda. En la lírica, el gozo y el dolor se condicionan mutuamente. En una sociedad donde, gobernados por la algofobia, intentamos huir de lo que nos molesta y nos duele —en lugar de afrontarlo—, no hay hueco para el brotar poético. Y de eso trata precisamente la poesía: de conjugar todos los sentimientos del poeta, negativos y positivos. Tal vez por ello, no esté destinada a un público de masas que se limite a consumir su contenido; la poesía tiene como fin en sí mismo la autorrealización del autor, quien desdeña la apatía y valientemente se enfrenta ante la inconmensurabilidad de la vida.

El papel del lector

Esa rebelión del poeta es difícil de comprender. Los poemas exigen una lectura atenta, pausada, empática, características que el ritmo frenético actual nos empuja a perder. Simone Weil decía que «la poesía es la esencia de la patria universal», mientras que «la prosa limita esa patria hasta reducirla a una nación». La poesía logra hacer partícipe al lector del sentir del poeta y consigue una comunión fraternal que traspasa cualquier tipo de frontera. A veces, la vorágine del mercado nos espolea a consumir la literatura como un mero sedante. Es la poesía la que nos ofrece un rol protagonista dentro de la lectura; es una flecha directa al corazón del autor, con quien compartimos su vulnerabilidad.

¿Y ahora qué?

Ya en 1931, Antonio Machado, en su discurso —no pronunciado— de entrada a la RAE, avisaba de las consecuencias del abandono de la lírica. Hablaba de «una civilización fría, puramente intelectual y técnica, en la que no hay raíz emotiva más que un fin solamente práctico». El propio Machado calificaba tal distopía de «afirmación temeraria». Sin embargo, tan solo un siglo después, el mal augurio del sevillano parece haberse cumplido.

Con todo, persiste la esperanza de devolver a la poesía el lugar que merece. Y más sabiendo que en el estudio de 40dB, la Gen Z figuraba como la generación que más poesía consumía. Paradójicamente, los instapoetas son una puerta de acceso al género lírico para los más jóvenes. Y es que, aunque esos versos digitales se encuentren difusos entre el ruido, suponen el salto previo a la trascendencia de los clásicos o la poesía contemporánea de calidad.

Por eso no sorprende el triunfo de obras que se cimentan en las emociones propiamente humanas como la melancolía, el amor, el miedo; obras no salpicadas de un sentimentalismo melodramático, sino de un humanismo que nos pone los pies en la tierra. A lo mejor a ello se debe la necesidad de impregnar la propia novela con una prosa poética desgarradora, como en Hamnet; por ello la vigencia de los romances de Lorca, o incluso de los aforismos de Robe. Este último, en los versos de la canción El poder del arte, cantaba:

Que el poder del arteBien nos pudiera salvarDe una vida inerteDe una vida tristeDe una mala muerteBien nos pudiera salvar

Y ojalá así sea. Hoy más que nunca: ¡Feliz Día Internacional de la Poesía!

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