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Christine Angot enfrenta a su familia a las consecuencias del incesto

En Una familia, Christine Angot se encara contra los que apartaron la mirada ante los abusos de su padre

Este documental comienza con una película casera, una niña yendo a comprar el pan, sus padres graban desde un balcón, ella les reconoce. La segunda secuencia marca el tono del filme, los silencios, los sonidos ambientes, la seriedad que pesa sobre toda la historia. Christine Angot nos pone sobre aviso, y no es para menos teniendo en cuenta el tema que toca.

El paso del tiempo sobre una mujer que ha vivido lo que nadie debe vivir. La vida de una niña que enfrenta los horrores del mundo en manos de aquellos que debían protegerla. Este es un documental sobre abusos sexuales y es la historia de una familia.

Filmin ha estrenado la primera pieza audiovisual de la autora de Viaje al Este. Angot utiliza el lenguaje del documental para tratar el mismo tema que en su obra literaria, el incesto.

Christine Angot lleva años enfrentando su pasado. No es una extraña descubriendo un evento traumático por primera vez, y este documental lo hace notar. A pesar del esfuerzo por parecer una pieza espontánea, la grabación y el montaje están calculado. Nos hace entender que la autora lleva años viviendo un proceso terrible de introspección y apertura a un mundo que no es amable con las víctimas.

Christine no mira a la cámara, sí que habla con quién está detrás, pero trata ante todo de no mirar a la lente. Se expone de manera consciente, pero parece que le incomoda, hace reflexionar sobre la forma en la que ha escrito sus novelas.

Tampoco están cómodos frente a la cámara aquellos que aparecen, sobre todo la mujer de su padre, Elizabeth, cuya primera aparición es violenta. “No quiero fotos, no vengas con gente” un enfrentamiento en el que finalmente podemos ver su cara.

La violencia

La escritora francesa se planta frente a la mujer que vivió con su padre durante años e impone sus propias normas para tener una conversación sobre lo ocurrido. Cuenta que ya intentó explicarle a ella lo que había pasado antes, pero que no quiso entenderla.

“Has hablado del tema abiertamente” dice Elizabeth. “Hablado no, he escrito”, aclara Christine. Y ahí creo que está la clave detrás de la grabación de este filme. La autora no está haciendo un documental sobre su vida, ni está explicando algo que ya ha escrito. Está buscando la manera de expresarse sin la posibilidad de borrar y reescribir lo que piensa, sin un filtro que cambie sus palabras para que sean más fáciles de comprender.

En 1996, el entonces marido de Christine telefoneó a Elizabeth para contarle los abusos que la escritora había sufrido de manera repetida desde los 13 años. En ese momento el padre de Christine, Pierre, tenía alzheimer. Es imposible no ver la conversación en la que ambas mujeres hablan sobre Pierre sin estremecerse. Cómo la autora permite a Elizabeth contar su razonamiento sin perder la compostura, pero tampoco cediendo terreno, enfrentando a una mujer ante algo que, aunque quiera negarlo, le afecta.

“Cuando dices “no quiero saberlo” eso es violencia también. Sigue siendo violencia al decir que no vas a juzgar. Si pusieras tu mano aquí y sintieras mis latidos, créeme, notarías la violencia que causan tus palabras cuando dices que no quieres saber”.

No entraré en el plano ético de mostrar esta conversación frente a una cámara, ni en lo que supone para la propia autora y su entorno grabar estas entrevistas. Lo que sí puedo afirmar es que observarlo es inquietante y al mismo tiempo consigue mostrar algo importante.

Christine enseña que una víctima puede enfrentarse a sus demonios en su propio terreno y poniendo sus propias normas. Y muestra que para ello es necesario tener a su lado a la gente que la comprende y respalda, para poder equilibrar la balanza de poder en la conversación.

“No me gusta el tono agresivo” dice Elizabeth. “Hago lo que puedo” responde Christine, que se nota que ha tenido esta conversación en su cabeza más veces de las que se podría pensar. Y le explica, con una paciencia infinita, a la mujer que amó a su padre lo que pasó: “Créeme, nunca sentí que tuviera una relación con tu marido como dices. Jamás lo sentí como una relación porque no lo era. Él me violó. ¿Ves la diferencia? Mi padre me violó”.

Unos días después de esta conversación, Christine recibió una denuncia por invasión de la intimidad, allanamiento de morada con amenazas, manipulación y violencia.

El silencio y la vergüenza son compañeros

Después de Elizabeth llega el turno de la madre de Christine, Rachel Schwartz, su exmarido, Claude, su actual pareja, Charly Clovis, y su propia hija, Léonore.

Christine enfrenta a todo el mundo a los hechos, y lo hace porque estos hechos les afectaron y les afectan. Muestra un retrato de todas las reacciones que enfrenta una víctima al contar lo que ha sufrido.

“La gente nunca cuenta exactamente lo ocurrido. Porque así la vergüenza persiste”.

Hay gente en el entorno de la autora que todavía no es capaz de hablar de los abusos con ella, como su madre, que se escuda en una ruptura entre madre e hija. Hay personas que sabían lo que ocurría y habían vivido situaciones similares, y no los pararon al verse paralizados, como su exmarido. También hay alguien con el que encuentra afinidad, Charly Clovis, su actual pareja, que se presenta como “hijo de esclavos” y, por definición, del incesto.

Pero la conversación principal de este documental es la de Christine y su hija, Léonore. Esa niña que al principio del filme saluda a su madre desde la calle. Una mujer que mira a su madre y que fue la primera persona que le dijo “siento mucho lo que te pasó”. Alguien que es perfectamente consciente de que los abusos hacia su madre han sido parte de su vida también.

Christine Angot y su hija Léonore Chastagner durante la grabación de 'Una familia'. Están de espaldas al mar, mirando hacia la derecha, Christine lleva unas gafas de sol y señala algo que hay fuera de plano.
Christine Angot y su hija Léonore Chastagner durante la grabación de ‘Una familia’ | Filmin

Estas conversaciones no buscan la fructuosidad, Christine no quiere hacer entender nada a nadie, está explorando. Y nos hace el regalo de poder ser testigos de ese trayecto. Al igual que nos permite observar cómo escribe su historia.

Los abusos no desaparecen

Debo confesar que he tenido que ver este documental por partes, no he sido capaz de verlo del tirón. Las historias de abusos son puestas en una pantalla tan a menudo que uno podría preguntarse si nos hemos insensibilizado ante ellas. Se ficcionan, se interpretan y se cuentan, pero en el caso de Una familia vemos como la víctima controla cada plano, conversación y detalle del filme.

Este no es un documental de true crime, aunque en efecto hubo un crimen, tampoco es autobiográfico, aunque trate sobre la vida de Angot, es una historia sobre un viaje. Un camino que la autora ha recorrido millones de veces, en entrevistas, en sus propios libros y en su mente. Y ahora nos lo pone delante con una crudeza que asusta y sobrecoge. Y yo me encuentro pensando en cuántas víctimas de abusos podrán ver esto y sentirse acompañadas por Christine.

Christine Angot con su hija en los 90. Christine mira a la cámara mientras da el biberón a Léonore.
Christine Angot con su hija en los 90 | Filmin

Entre secuencias del presente vemos vídeos de una Christine Angot que se planta frente a la cámara en 1993 y reflexiona sobre vivir en el pasado a través de los vídeos, sobre enfrentar su conciencia. Vemos cómo juega con su hija, la observa dormir, cómo lee y cómo vive. En 1999 la autora publicaba El incesto.

A mi la trayectoria de Angot no hace sino recordarme que una víctima es víctima siempre y que un acto aberrante como es una violación deja una marca permanente de por vida. Ella lo recuerda cada vez que publica y cada vez que habla sobre el tema. Algo que ocurrió tres décadas atrás sigue persiguiéndola, y aunque hubiera decidido no contarlo nunca, lo habría recordado igual. Este documental no es para nosotros, es para ella.

“Estoy harta de hablar del incesto. Estoy harta de que el tema domine mi trabajo. Estoy harta de dormirme pensando en ello y de despertarme pensando qué puedo escribir”.

Los abusos no desaparecen cuando el perpetrador muere, o los olvida, como ocurrió con Pierre Angot. La violencia no desaparece si no se cuenta o si se oculta. Los abusos permanecen en las víctimas y ellas son las que deciden cómo contar lo ocurrido.

Como un abogado dice a la autora, su historia ahora pertenece a todo el mundo, al igual que aquellos que formaron parte de ella. Tal vez en lo legal eso sea cierto, mi opinión es otra. Christine habla del incesto en crudo, yo le aplaudo, a otros les parecerá exhibicionismo, pero en realidad poco importa lo que opinemos nosotros porque la historia es suya y suya es la decisión de contarla.

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