La historia del (no)amor más grande de la historia del cine cumple 25 años de dolor y pasión a partes iguales
La magnitud de In the mood for love se entiende desde el recuerdo porque no deja de ser una reminiscencia del anhelo infinito del amor ante la imposibilidad de su existencia. En el momento en el que se estrenó la película, el 20 de mayo del 2000 en el Festival de Cannes, Wong Kar-Wai ya atesoraba varias obras maestras en su haber. Desde la enigmática, intrépida y siempre fabulosa Chungking Express (1994) hasta la fugaz y eterna Happy Together (1997) pasando por la cálida carretera que toman los personajes de Fallen Angels (1995).
La Señora Chan (Maggie Cheung), apoyada en la pared, se dirige con el té en la mano a la ventana. Posa su mirada perdida en el horizonte mientras se lleva el vaso a los labios, pero ni siquiera se mojan. No vemos lo que hay detrás de la cámara. Aunque lo intuimos, poco importa pues la Señora Chan no está observando nada. No puede dejar de pensar ni un solo segundo en ese pensamiento que conquista su mente. Que tanto la atemora. Para este pasaje de la película ya era demasiado tarde porque estamos más cerca del final que del principio, aunque el amor jamás haya empezado. Pero es que In the mood for love es eso: un escape constante, una fuga de sentimientos de los que nunca se pueden huir ya que ni queremos ni lo contemplamos.

Imposible, imposible,… pero cierto
Sin embargo, en el primer momento en el que uno ve la cinta, la impresión es de confusión total. Es imposible lo que se acaba de visionar. Pasamos de la pasión a la catarsis. Del deseo a la hecatombe. Del reflejo del amor al fin de los tiempos. Indescriptible la sensación de quedar atrapado en el Hong Kong de 1962. Y, por supuesto, en ese templo que guarda el secreto más bello, la verdad que únicamente es revelada ante su eternidad para que el olvido no se apodere de ella. A pesar de que en la memoria, tanto de la Señora Chan como del Señor Chow, esa evocación saldrá a la luz siempre que acudan al pensamiento más triste de todos. Un recuerdo imborrable, para toda la vida.
« No seremos como ellos »
Pero es que la segunda vez que las imágenes de Christopher Doyle, la pareja de baile favorita del hongkonés, penetran en nuestra retina, el cese de la confusión solo es una mentira, pues esta no hace otra cosa que abrazarnos hasta la incredulidad más absoluta. Llega un punto en el que los cuadros que dibuja la cámara te sobrepasan, te arrasan, apisonan tu cuerpo. El juego de espejos en el que siempre están sumergidos los personajes solo elude la mirada porque estos sienten tanto que evitan a toda costa el contacto. La culpa surgió antes que el amor. Bastante tienen con tratar de interiorizar su cruda realidad.
Un milagro llamado cine
Cuando se dice que In the mood for love es un milagro, la duda no existe. Y es que Kar-Wai es un director que fundamenta su concepción respecto al cine en vivir el instante. Sus películas nacen, se desarrollan y finalizan en la sala de montaje. El rodaje simplemente es una lluvia de ideas, de sensaciones. Porque, para quien no lo sepa, el maestro Kar-Wai rueda sin ningún guion preconcebido con el único motor de la fugacidad y la espontaneidad. De hecho, la leyenda cuenta que el cineasta estaba filmando la secuencia final del filme y editando la misma una semana antes de su debut en Cannes. Lo que decía, un auténtico e incontestable milagro. Algo que solo lo explica la magia del cine que es capaz incluso de traspasar la gran pantalla y lo demuestra en gestos como este.

El amor que nunca existió por miedo a perder
Antes de que el Señor Chan y la Señora Chow, dos entes que carecen de rostro y de emociones que viven más en la mente de los protagonistas en la realidad, comenzaran una relación en secreto, sus respectivas parejas ya conocían la desgracia que les acontecía. Para combatirla deciden sopesar su pena en pareja ante el engaño flagrante de sus amores. Hasta el amor es traicionado, aquí nadie se salva. Y es que el pensamiento intrusivo de los personajes, que mantienen durante toda la obra, sobre seguir el destino de sus prometidos se rodea de tal incertidumbre que la duda parece ser la última salida. Qué podemos hacer cuando el tiempo nos da la espalda pero sin apretar del todo la soga.
« Pensaba que no seríamos como ellos »
Las cuestiones del corazón son una incógnita a los veinte, a los treinta y a los cuarenta. Sobre todo si a esta última edad no has encontrado todavía la libertad que te concede un amor incondicional, a pesar de que pensaras por un momento que si lo tenías. Es en esta disyuntiva donde transcurre In the mood for love, pero sobre todo donde se desarrolla la vida, porque este momento nos acompañará para el resto de la misma. A ver si te crees que vas a poder dejar de pensar en el romance que nunca existió entre los personajes de Maggie Cheung y Tony Leung que con su mirada tan abrasiva hablan más que dicen. Así que, de ahora en adelante, nuestra travesía pasará por tratar de escapar de ese pasadizo en el que se cruzan, se miran y se aman.
Hong Kong Mon Amour
Hablar de In the mood for love sin mencionar en ningún momento la eterna obra de Alain Resnais es todo un insulto, tanto al cine como al propio Resnais. Porque solo el supo encuadrar la eternidad con tal sutileza. Hiroshima Mon Amour (1959) no solo encarcela sobre las cuatro paredes a Elle (Emmanuelle Riva) y Lui (Eiji Okada) a un futuro en soledad que abandona el amor en tierra ajena. Sino que, además, también haría lo propio con la Señora Chow y la Señora Chan, cuarenta años después. La libertad de ambas parejas no logra escapar de la celda en la que reside, visitada a modo de restaurante, donde los recuerdos subyacen en lagrimas o en silencios, en susurros y miradas.
Por favor, si alguien que me esté leyendo desconoce la cinta del francés, y quiero volver a sufrir Deseando amor como la primera vez, desde el más puro sentimiento, acudan a su obra. Y no solo por sus múltiples referencias estéticas, ya que, la trascendencia de la obra de Resnais es un espejo en el que todas las películas del cine europeo moderno contemplan su razón de ser. Es un sentimiento inmortal, constante. Hong Kong Mon Amour, una batalla entre las llamas de la pasión y los golpes del destino.


