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Las monjas en el cine: fe, comedia, terror y devoción

La monja es una figura sagrada que la historia del cine ha vuelto terrenal

No hay figura más reconocible en el imaginario religioso que una monja: hábito impecable, expresión serena y una vida entregada a Dios. Durante siglos, ha simbolizado la devoción, el sacrificio y el retiro del mundo terrenal. Su imagen, austera y disciplinada, ha habitado tanto los altares como las fantasías culturales. Y el cine, siempre atento a los arquetipos, ha encontrado en ella un personaje fascinante, lleno de contrastes y posibilidades narrativas.

A lo largo de las décadas, las monjas han transitado en la pantalla desde la comedia costumbrista al drama místico, del musical edulcorado al cine de explotación más provocador. Han sido santas y pecadoras, rebeldes y mártires, líderes y fugitivas. En el cine, como en la vida, el hábito no hace al personaje.

Por la fascinación hacia la figura del hombre religioso que ha surgido a partir de Cónclave, veo conveniente darle un lugar de honor a Isabella Rosellini. Realizamos un recorrido por algunas de las representaciones de monjas más emblemáticas del cine para revisitar cómo el séptimo arte ha explorado, con mayor o menor respeto, pero siempre con interés, las múltiples caras de lo sagrado femenino.

Las monjas también ríen

La comedia convierte a las religiosas en heroínas cercanas y modernas. Hay muchas maneras de llevar el hábito en el cine. Lejos de una representación única, la pantalla ha multiplicado sus rostros: algunas oran, otras cantan, unas huyen del convento y otras, incluso, conducen un Citroën.

Un buen ejemplo es Sor Citroën (1967), comedia española dirigida por Pedro Lazaga y protagonizada por Gracita Morales. En plena dictadura franquista, esta monja moderna y motorizada rompía con la imagen estática del convento, acercándose al espectador con simpatía y humanidad. En su pequeño coche recorría las calles de Madrid, demostrando que también las religiosas podían formar parte del progreso.

Gracita Morales y Rafael Alonso en Sor Citroën (1967). Él lleva un traje y ella va vestida con el hábito de monja. Los dos están dentro de un citroen color rojo.
Gracita Morales y Rafael Alonso en Sor Citroën (1967) | Fuente: Mercury Films

Años después, en otro registro pero con igual éxito, Sister Act (1992) convertía a Whoopi Goldberg en Deloris, una cantante de cabaret que se esconde en un convento para evitar a unos mafiosos. Lo que parece un refugio se convierte en una aventura transformadora. Deloris enseña canto a las monjas y, de paso, rejuvenece la vida espiritual del lugar. La película, además de un fenómeno comercial, ofrecía una visión esperanzada y actualizada del papel de las religiosas en la comunidad.

Estas películas buscaban romper con la seriedad que rodea a la figura de la monja. Esa seriedad, muchas veces asociada al silencio, la obediencia y el retiro del mundo, se ve aquí desarmada con humor y cercanía. Lejos de ser figuras inaccesibles, las religiosas se convierten en protagonistas activas, con carácter, emociones y sentido del humor. El hábito no impide la humanidad, al contrario, la revela con más nitidez.

Vocación, dudas y canciones

No todas las monjas del cine han vivido en clave de humor. Algunas han sido protagonistas de conflictos internos profundos, atrapadas entre la llamada divina y los deseos humanos. El cine ha retratado la lucha interior entre fe y libertad, un dilema espiritual que ha dado grandes historias.

Uno de los casos más icónicos es Sonrisas y lágrimas (The Sound of Music, 1965). Basada en hechos reales, narra la historia de María, una joven novicia austriaca que abandona el convento para ser institutriz de siete niños. En el proceso, descubre que su vocación no está en la clausura, sino en la familia y el amor. María no renuncia a su fe, sino que la reorienta hacia una forma distinta de entrega. El musical, cargado de optimismo y valores cristianos, se convirtió en un clásico universal y mostró una imagen cálida y comprensiva del mundo religioso.

Este enfoque presenta a las religiosas no como mártires del deber, sino como mujeres en busca de sentido. En muchos casos, el convento aparece como una etapa, una prueba o incluso un refugio temporal, más que como un destino final.

El lado oscuro del convento

Pero si hay un aspecto fascinante en la figura de la monja cinematográfica, es su capacidad para ser símbolo de lo reprimido. Entre el éxtasis espiritual y la transgresión sexual, nacen los conflictos. En muchas películas, la clausura se convierte en metáfora de los impulsos silenciados, el deseo contenido y la lucha entre cuerpo y espíritu.

En Narciso negro (1947), dirigida por Michael Powell y Emeric Pressburger, un grupo de monjas se instala en un convento en las montañas del Himalaya. Lo que comienza como una misión espiritual se convierte en un descenso a la locura. El entorno exótico, el aislamiento y la presencia masculina provocan en las hermanas un desmoronamiento emocional y espiritual. El filme, con una atmósfera intensa y sugerente, retrata cómo la vocación puede entrar en conflicto con la naturaleza humana más profunda.

Más explícita y polémica es Los demonios (The Devils, 1971), de Ken Russell. Inspirada en hechos reales, narra los sucesos de Loudun, donde un grupo de monjas fue poseído por supuestos demonios tras la llegada de un sacerdote carismático. La película combina crítica al poder eclesiástico, erotismo y violencia con una puesta en escena provocadora. Su tratamiento de la histeria colectiva y el fanatismo religioso le valió censura y controversia, pero también un lugar de culto en la historia del cine.

Un grupo de monjas rezan en una sala completamente blanca. Una de ellas está de frente a la cámara con un crucifijo detrás.
Fotograma de Los Demonios (1971) | Fuente: Filmin

Estas representaciones no buscan únicamente escandalizar. Muchas veces funcionan como crítica velada a instituciones que limitan la libertad femenina o reprimen el deseo bajo la excusa de la fe.

‘Nunsploitation’: cuando el hábito ya no oculta nada

El cine erótico tampoco ha pasado por alto la vida religiosa, plasmándola con crítica y provocación. Durante los años 70, el cine de serie B descubrió que pocas cosas escandalizaban tanto como una monja en situaciones poco santas. Así nació el subgénero del nunsploitation, especialmente popular en Europa y Japón. Estas películas explotaban el morbo de ver a religiosas en situaciones sexuales o violentas, a menudo con toques góticos o sobrenaturales.

Títulos como La Comunidad de San Valentín (1974) o Convent of the Holy Beast (1974) mezclaban erotismo, torturas inquisitoriales, conspiraciones eclesiásticas y lesbianismo en clave sensacionalista. Si bien su objetivo era el impacto visual y comercial, muchas de estas obras escondían críticas políticas o feministas, denunciando el patriarcado, la represión y los abusos de poder.

Bruna Beani y Jenny Tamburi en la Comunidad de San Valentín.
Fotograma de La Comunidad de San Valentín (1974) | Fuente: MUBI

Lejos de la solemnidad religiosa, estas monjas luchaban, pecaban y se rebelaban. El hábito ya no era un símbolo de santidad, sino un disfraz tras el que se ocultaban historias de sufrimiento, deseo y resistencia. Para muchos críticos, el nunsploitation reveló más sobre los miedos sociales y las hipocresías morales que sobre la religión misma.

El cine y las monjas, una relación llena de fe e interrogantes

La monja en el cine es mucho más que una figura de fe, es una metáfora poderosa sobre el deber, la identidad, el deseo y la libertad. Puede ser heroína, mártir, rebelde o comediante. Desde la tierna Gracita Morales hasta las visiones perturbadoras de Ken Russell, el cine ha sabido explorar todas las capas bajo el hábito.

Y es que, al final, la clausura no siempre es un encierro, también puede ser un escenario perfecto para hablar de todo lo que el mundo no se atreve a mostrar a plena luz.

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