La mexicana Natalia Lafourcade extendió su raíz y Madrid la sintió en cada hueso
Luces tenues, una lámpara encendida y una silla solitaria sobre el escenario del Teatro Real lleno hasta el último rincón. Así comenzaba la noche mágica de Natalia Lafourcade en su esperado concierto en Madrid. Todo estaba dispuesto para un viaje musical profundo, emotivo y cargado de vida.

La velada inició con Cancionera, canción que abre también su último álbum del mismo nombre, una declaración de principios, una lealtad con la voz interior. La seguía Mascaritas de cristal, una oda a la lealtad propia, de esas que surgen cuando te miras frente al espejo. Este concierto sería un canto a la identidad y al poder sanador de la canción.
Natalia hizo una breve pausa para saludar al público con total gratitud. Luego llegaría uno de los momentos más sentidos de la noche con De todas las flores, tema que marcó una transición hacia planos como el duelo, la pérdida y la sanación.

La canción como maestra y compañera
Las siguientes canciones Pajarito colibrí y Curandera conectaron con la tradición espiritual latinoamericana, cargadas de misticismo y dedicadas, como diría Natalia, «al curarse desde dentro». Luego, con voz nostálgica, presentó La soledad y el mar, un homenaje a la introspección y a esa amiga que nos acompaña y nos da tanto, llamada soledad.
En uno de los momentos más especiales del concierto, presentó a sus invitados Israel Fernández y Diego del Morao, quienes la acompañaron en una interpretación conmovedora de Amor clandestino, un bolero que nació entre México y España. Le siguió una versión acapella de La Llorona, interpretada por este trío.
Natalia hizo una pausa para hablar de su amor por México, recordando su visita al Museo del Prado y la exposición sobre la Virgen de Guadalupe. Conmovida, dedicó Mexicana Hermosa a todas las mexicanas y las Marías presentes. Le siguieron Cómo quisiera quererte, Tierra Veracruzana y Lugar correcto, un bloque lleno de raíz y devoción.

Con Tú sabes quererme y Nunca es suficiente, Los Macorinos sonaron en espíritu, a ese amor del bueno y del que quieres quedarte anclada para curarte. Agradecida por tener la casa llena y con corazones tan bondadosos, regaló una intensa versión de Cucurrucucú Paloma, recordando nuevamente a su tierra mexicana.
En el cierre, Natalia habló de la canción como semilla y oración, como trinchera frente al olvido. Interpretó Derecho de nacimiento como un canto de lucha y esperanza para aquellos que lo han perdido todo o llegan a este mundo sin saber porqué tanto dolor. Cerró con La Raíz, dejando al público de pie, entre aplausos y lágrimas, impregnados de un show que solo reivindicaría el amor por la vida y la lucha constante de apreciar la calma de estar.

